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"Emigraciones en una visión de paz"
Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial del Emigrante
y del Refugiado 2004
(5 de setiembre)
1. La Jornada mundial del emigrante y el refugiado, que tiene
por tema: "Emigraciones en una visión de paz", ofrece este año la
oportunidad de reflexionar en un tema muy importante. En efecto,
este tema atrae, por contraste, la atención de la opinión pública
hacia la movilidad humana forzada, centrándose en algunos aspectos
problemáticos de gran actualidad a causa de la guerra y la
violencia, el terrorismo y la opresión, la discriminación y la
injusticia, por desgracia siempre presentes en la crónica diaria.
Los medios de comunicación social introducen en las casas imágenes
de sufrimiento, de violencia y de conflictos armados. Son tragedias
que trastornan países y continentes; y con frecuencia las zonas más
afectadas son también las más pobres. De este modo, a un drama se
suman otros.
Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a ver el
peregrinar desconsolado de los desplazados, la fuga desesperada de los
refugiados, la llegada -con todo tipo de medios- de inmigrantes a los
países más ricos en busca de soluciones para sus numerosas exigencias
personales y familiares. Surge entonces la pregunta: ¿Cómo hablar de
paz cuando se producen constantemente situaciones de tensión en no
pocas regiones de la tierra? ¿Cómo puede el fenómeno de las
migraciones contribuir a construir la paz entre los hombres?
2. Nadie puede negar que la aspiración a la paz
se encuentra arraigada en el corazón de gran parte de la humanidad.
Precisamente ese es el deseo ardiente que impulsa a buscar todo tipo
de medios a fin de alcanzar un futuro mejor para todos. Cada vez se
afianza más la convicción de que es preciso combatir el mal de la
guerra en su raíz, porque la paz no es únicamente ausencia de
conflictos, sino un proceso dinámico y participativo a largo plazo, en
el que se debe implicar a todos los estamentos sociales, desde la
familia hasta la escuela, pasando por las diversas instituciones y
organismos nacionales e internacionales. Juntos se puede y se debe
construir una cultura de paz, que permita prevenir el recurso a las
armas y cualquier forma de violencia. Por eso, hay que apoyar los
gestos y los esfuerzos concretos de perdón y reconciliación; es
preciso superar contiendas y divisiones, que de otra manera se
perpetuarían sin perspectivas de solución.
Asimismo, conviene reafirmar con vigor que no puede
haber auténtica paz sin justicia y sin respeto de los derechos
humanos. En efecto, existe un vínculo muy estrecho entre la justicia y
la paz, como ya puso de relieve el profeta en el Antiguo Testamento:
"Opus iustitiae pax" (La paz es obra de la justicia)
(Is 32, 17).
3. Crear condiciones concretas de paz, por lo
que atañe a los emigrantes y refugiados, significa comprometerse
seriamente a defender ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a
vivir en paz y dignidad en la propia patria. Gracias a una atenta
administración local o nacional, a un comercio más equitativo y a una
cooperación internacional solidaria, cada país debe poder asegurar a
sus propios habitantes no sólo la libertad de expresión y de
movimiento, sino también la posibilidad de colmar necesidades
fundamentales, como el alimento, la salud, el trabajo, la vivienda, la
educación, cuya frustración pone a mucha gente en condiciones de tener
que emigrar a la fuerza.
Ciertamente, existe también el derecho a emigrar. En
la base de este derecho, como recuerda el beato Juan XXIII en su
encíclica Mater et Magistra, se encuentra el destino universal de los
bienes de este mundo (cf. nn. 30 y 33). Desde luego, corresponde a los
Gobiernos regular los flujos migratorios, respetando plenamente la
dignidad de las personas y las necesidades de sus familias, y teniendo
en cuenta las exigencias de las sociedades que acogen a los
inmigrantes. A este respecto, ya existen acuerdos internacionales en
defensa de los emigrantes, así como de cuantos buscan en otro país
refugio o asilo político. Son acuerdos que siempre se pueden seguir
perfeccionando.
4. Nadie debe quedar insensible ante las
condiciones en que se encuentran multitud de emigrantes. Se trata de
personas que están a merced de los acontecimientos y que a menudo han
vivido situaciones dramáticas. Los medios de comunicación social
transmiten imágenes impresionantes, y en ocasiones escalofriantes, de
esas personas. Se trata de niños, jóvenes, adultos y ancianos con
rostros macilentos y ojos llenos de tristeza y soledad. En los campos
de acogida sufren a veces graves privaciones. Sin embargo, a este
respecto, es necesario reconocer el laudable esfuerzo realizado por no
pocas organizaciones públicas y privadas para aliviar las preocupantes
situaciones que se han producido en diversas regiones del mundo.
Tampoco se puede dejar de denunciar el tráfico
practicado por explotadores sin escrúpulos que abandonan en el mar, en
embarcaciones precarias, a personas que buscan desesperadamente un
futuro menos incierto. Los que se hallan en condiciones críticas
necesitan intervenciones solícitas y concretas.
5. A pesar de los problemas a los que he
aludido, el mundo de los emigrantes puede contribuir en gran medida a
la consolidación de la paz. En efecto, las emigraciones pueden
facilitar el encuentro y la comprensión entre las personas y las
comunidades, e incluso entre las civilizaciones. Este diálogo
intercultural enriquecedor constituye, como escribí en el Mensaje para
la Jornada mundial de la paz de 2001, un "camino necesario para la
construcción de un mundo reconciliado".
Eso sucede cuando los inmigrantes son tratados con el
respeto debido a la dignidad de cada persona; cuando con todos los
medios se favorece la cultura de la acogida y la cultura de la paz,
que armoniza las diferencias y busca el diálogo, aun sin caer en
formas de indiferentismo cuando están en juego los valores. Esta
apertura solidaria se transforma en ofrecimiento y condición de paz.
Si se fomenta una integración gradual entre todos los
inmigrantes, respetando su identidad y, al mismo tiempo,
salvaguardando el patrimonio cultural de las poblaciones que los
acogen, se corre menos riesgo de que los inmigrantes se concentren
formando auténticos "guetos", aislándose del contexto social y
acabando a veces por alimentar incluso el deseo de conquistar
gradualmente el territorio.
Cuando las "diversidades" se encuentran, integrándose,
dan vida a una "convivencia de las diferencias". Se redescubren los
valores comunes a toda cultura, capaces de unir y no de separar;
valores que hunden sus raíces en el idéntico humus humano. Eso ayuda a
entablar un diálogo fecundo para construir un camino de tolerancia
recíproca, realista y respetuosa de las peculiaridades de cada uno. En
estas condiciones, el fenómeno de las migraciones contribuye a
cultivar el "sueño" de un futuro de paz para la humanidad entera.
6. ¡Bienaventurados los constructores de paz! (cf.
Mt 5, 9), así dice el Señor. Para los cristianos, la búsqueda de una
comunión fraterna entre los hombres tiene su fuente y su modelo en
Dios, uno en la naturaleza y trino en las Personas. Deseo de corazón
que todas las comunidades eclesiales compuestas por emigrantes y
refugiados y por los que los acogen, encontrando estímulos en las
fuentes de la gracia, se esfuercen incansablemente por construir la
paz. Nadie debe resignarse a la injusticia, ni dejarse abatir por las
dificultades y las molestias.
Si son muchos los que comparten el "sueño" de un mundo
en paz, y si se valora la aportación de los inmigrantes y los
refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia
de todos, y nuestra tierra verdaderamente en "casa común".
7. Con su vida, y sobre todo con su muerte en
la cruz, Jesús nos mostró cuál es el camino que debemos recorrer. Con
su resurrección nos aseguró que el bien siempre triunfa sobre el mal y
que todos nuestros esfuerzos y nuestras penas, ofrecidos al Padre
celestial en comunión con su Pasión, contribuyen a la realización del
plan universal de salvación.
Con esta certeza, invito a los que están comprometidos
en el vasto sector de las migraciones a ser constructores de paz. Para
esto aseguro un recuerdo especial en mi oración y, a la vez que invoco
la maternal intercesión de María, Madre del Hijo unigénito de Dios
hecho hombre, envío a todos y cada uno mi bendición.
Vaticano, 15 de diciembre de 2003
Juan Pablo II
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2480 del 30 de junio de 2004 |