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MENSAJE DE JUAN PABLO II
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES
17 de octubre de 2004 en todo
el mundo
10 de octubre de 2004 en la Argentina
"Eucaristía y
Misión"
Queridos Hermanos y Hermanas:
1. El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en
este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones
he querido recordar. La misión, como he recordado en la Encíclica
Redemptoris Missio, está aún lejos de cumplirse y por eso debemos
comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. n.1).
Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la
historia, está llamado a compartir la "sed" del Redentor (cfr Jn
19, 28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de
almas que hay que salvar: baste pensar, por ejemplo, a santa Teresa de
Lisieux, patrona de las misiones, y a monseñor Comboni, gran apóstol
de África, que he tenido la alegría de elevar recientemente al honor
de los altares.
Los desafíos
sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos
tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor
misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión "ad
gentes", partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada
criatura humana. El Congreso Eucarístico internacional, que será
celebrado en Guadalajara, en México, el próximo mes de octubre, mes
misionero, será una ocasión extraordinaria para esta unánime toma de
conciencia misionera alrededor de la Mesa del Cuerpo y de la Sangre de
Cristo. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su
origen y su mandato misionero. "Eucaristía y Misión", como bien
subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un
binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre
el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año
una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración
del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción
(1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María.
Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo,
pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le
acojan como único salvador.
2. Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado,
precisamente el Jueves Santo, he firmado la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia, de la
que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden ayudar, queridos
Hermanos y Hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la próxima
Jornada Misionera Mundial.
«La Eucaristía
edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (n. 26): así
escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en
continuidad con la de Cristo (Cfr Jn 20, 21), y obtiene fuerza
espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la
Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y,
en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo» (Ecclesia
de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio
Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y
consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo
programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y
transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la
Jerusalén celeste» (Ibíd., 60).
Alrededor de Cristo
eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios:
una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su
carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible
jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna
comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración
de la sagrada Eucaristía» (Ibíd., 33; cfr Presbyterorum
Ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante
despide la asamblea con las palabras "Ite, misa est", todos
deben sentirse enviados como "misioneros de la Eucaristía" a difundir
en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra
a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor
misericordioso del Redentor.
3. Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse
largo tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que
yo mismo hago cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr
Ecclesia de Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el
Concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen
gentium, 11), «fuente y culminación de toda la predicación
evangélica» (Presbyterorum Ordinis, 5).
El pan y el vino,
fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza del Espíritu
Santo en el cuerpo y sangre de Cristo, son la prueba de "un nuevo
cielo y una nueva tierra" (Ap 21, 1), que la Iglesia anuncia en
su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio
eucarístico, el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el
hombre y sobre su historia.
¿Podría realizar la
Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la
Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse
sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para
evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la
celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.
4. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la
Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las
palabras de la consagración: "mi cuerpo que es entregado por
vosotros... mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc
22, 19-20). Cristo ha muerto por todos; el don de la salvación es para
todos, don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo
de la historia: "haced esto en recuerdo mío" (Lc 22,
19). Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el
sacramento del Orden. A este banquete y sacrificio están invitados
todos los hombres, para poder, así, participar de la misma vida de
Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y
yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por
el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6,
56-57). Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea
misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada
por el Espíritu Santo" (Rm 15, 16), para formar cada vez
más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32) y ser
así testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.
La Iglesia, Pueblo
de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el
sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto
proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida
alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del
encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su
designio de salvación universal.
El Espíritu Santo,
con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en
este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de
dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el
consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra
el mal y el pecado; es el "pan de vida" que sostiene a todos cuantos,
a su vez, se hacen "pan partido" para los hermanos, pagando a veces
incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.
5. Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario
de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue
"redimida" de modo eminente en previsión de los méritos de su Hijo" (Lumen
gentium, 53). Consideraba en la Carta encíclica Ecclesia de
Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora
que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor»
(n. 62).
María, «el primer
tabernáculo de la historia» (Ibíd., 55), nos muestra y nos
ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 6).
«Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se
puede decir del binomio María y Eucaristía» (Ecclesia de
Eucharistia, 57).
Es mi deseo que la
feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150
aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a
las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de
afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada
comunidad «una verdadera hambre de la Eucaristía» (Ibíd., n.
33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución
que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción
apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy
las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen
a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Invito a
apoyarlas espiritual y materialmente, para que también gracias a su
aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de
la tierra.
Con tales
sentimientos, invocando la materna intercesión de María, "Mujer
eucarística", os bendigo de corazón a todos.
En el Vaticano, 19 de abril de 2004
Juan Pablo II
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2485 del 4 de agosto de 2004 |