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DISCURSO
DEL SANTO PADRE A LOS OBISPOS
QUE PARTICIPAN DE LA VISITA AD LÍMINA
12 de febrero de 2002
1.
Os recibo complacido, amados Obispos de la República Argentina que
realizáis esta visita ad Limina con la cual fortalecéis los
lazos de amor y comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia
de Roma, "en unión con la cual siempre por los fieles de
todo el mundo se ha conservado la apostólica Tradición"
(San Ireneo, Adv. Haeres, III, 3). Os doy la bienvenida con
las palabras del apóstol Pablo, deseando que os acompañen siempre
"la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios
Padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor" (1Tm 1,2).
Quiero que mi saludo llegue a todos los sacerdotes, religiosos,
religiosas y fieles de vuestras diócesis, a los que idealmente
abrazo y a los que renuevo mi afecto en el Señor.
Agradezco
de corazón las amables palabras que en nombre de todos me ha
dirigido Mons. Eduardo Vicente Mirás, Arzobispo de Rosario,
reafirmando vuestros sentimientos de adhesión al Papa y
presentándome el camino que recorréis para el anuncio gozoso del
Evangelio de Jesucristo, aún en medio de las dificultades.
Correspondo expresándoos mi gratitud por el trabajo incansable que
lleváis a cabo en todos los ámbitos y alentándoos a no sucumbir
ante los desafíos de la hora presente, confiando y enseñando a
confiar en la Providencia amorosa de Dios.
2.
Siendo Sucesores de los Apóstoles, estáis al frente de vuestras
Iglesias particulares como Pastores para actuar in persona
Christi Capitis y haciendo las veces del mismo Cristo, Maestro,
Pastor y Sacerdote (cf. Lumen gentium, 21). Consagráis
vuestra existencia y actividad al servicio apostólico de transmitir
la fe y fomentar la vida de caridad en el Pueblo de Dios. Como
ministros del Evangelio, haciendo presente de manera visible y
eminente al Señor, estáis llamados a ser testigos y servidores de
la esperanza evangélica en el ejercicio del triple munus de
santificar, enseñar y gobernar (cf. Ibíd. 21). Os invito,
pues, a seguir prestando a vuestros fieles y a todo el pueblo el
hermoso servicio de mantener la esperanza auténtica que es
Jesucristo resucitado, en un momento tan apremiante, sea a escala
mundial como en la situación particular de la querida Nación
Argentina.
3.
Vuestro País atraviesa en estos momentos una profunda crisis social
y económica que afecta a toda la sociedad y, además, pone en
peligro la estabilidad democrática y la solidez de las
instituciones públicas, con consecuencias que van más allá de las
propias fronteras patrias. En muchos hogares falta hasta lo más
básico e indispensable, poniendo a tantas personas ante un futuro
lleno de riesgos e incertidumbres. La preocupación del momento
presente debe llevar a un serio examen de conciencia sobre las
responsabilidades de cada uno y las trágicas consecuencias del
egoísmo insolidario, de las conductas corruptas que muchos
denuncian, de la imprevisión y mala administración de los bienes
de la Nación. Sobre todo ello habéis ofrecido a los fieles y a las
personas de buena voluntad documentos de alerta y realismo, desde
una marcada óptica evangélica. Ya en vuestra última visita ad
Limina, en el año 1995, me refería a ello señalando cómo
"la corrupción y su impunidad corren el riesgo de
generalizarse, con las lamentables secuelas de indiferencia social y
escepticismo" (Discurso, 11.XI.1995, 4). En la raíz de
esa penosa situación hay una profunda crisis moral y por ello, como
habéis señalado, el primer paso ha de ser "el cultivo de
los valores morales. En especial: la austeridad, el sentido de la
equidad y de la justicia, la cultura del trabajo, el respeto de la
ley y de la palabra dada" (Mensaje de la Comisión
Permanente de la CEA, 8.I.2002).
En
este momento se requieren ciertamente oportunas medidas técnicas
que levanten la economía y favorezcan que a cada argentino no le
falten los bienes necesarios para desarrollarse como persona y como
ciudadano. No le corresponde a la Iglesia en cuanto institución
señalar cuáles son las más adecuadas, pues eso es tarea de los
gobernantes y de los especialistas en las diversas ciencias
sociales. Sin embargo, aun cuando la misión de la Iglesia es de
orden puramente religioso, ello no impide que ofrezca su
colaboración para favorecer un diálogo nacional entre todos los
responsables a fin de que cada uno pueda cooperar activamente para
la superación de la crisis. El diálogo excluye la violencia en sus
diversas expresiones, como son muertes y saqueos, y ayuda a
construir un futuro más humano con la colaboración de todos,
evitando de ese modo un radical empobrecimiento de la sociedad. Es
oportuno recordar que la situación social no mejora tan sólo
aplicando medidas técnicas, sino también, y sobre todo,
promoviendo reformas con una base humana y moral, que tengan
presente una consideración ética de la persona, de la familia y de
la sociedad.
Por
ello, sólo una nueva propuesta de los valores morales
fundamentales, como son la honestidad, la austeridad, la
responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el espíritu de
sacrificio y la cultura del trabajo, en una tierra como la vuestra
que la Providencia ha creado fértil y fecunda, puede asegurar un
mejor desarrollo integral para todos los miembros de la comunidad
nacional.
4.
La situación que se vive en Argentina puede ser también causa de
división y fomentar odios y rencores entre quienes están llamados
a ser los constructores cotidianos del País. Por ello, os invito a
seguir acompañando a vuestro pueblo como ministros de la
reconciliación, para que la grey que os ha sido encomendada,
superando las dificultades del presente, avance por los caminos de
la concordia y el amor sincero entre todos, sin excepción. Sabéis
bien que el futuro del País se debe basar en la paz, que es fruto
de la justicia (cf. St 3,18). ¡Seguid esa senda, ayudad a
construir una sociedad que favorezca la concordia, la armonía y el
respeto por la persona y cada uno de sus derechos fundamentales! Con
vuestra palabra valiente y oportuna, y teniendo siempre presentes
las exigencias del bien común, debéis animar a todos, empezando
por los responsables de la vida política, parlamentaria,
administrativa y judicial de la Nación, a promover condiciones más
justas de vida, de trabajo y de vivienda.
Si
bien es cierto que la magnitud del fenómeno tiene también
componentes externos y es necesario buscar apoyos fuera de las
propias fronteras, se ha de tener presente que los argentinos
mismos, con las ricas cualidades que les distinguen, han de ser los
protagonistas y artífices principales de la reconstrucción del
País, comprometiéndose, con su esfuerzo y su tesón a superar esa
situación tan difícil.
5.
Mientras se espera que las soluciones adoptadas den resultados
positivos, es menester fomentar la acción caritativa y asistencial,
tarea que la Iglesia siempre ha llevado a cabo, para hacer más
llevaderas las condiciones de los menos favorecidos. Os preocupa,
queridos Hermanos, la situación de aquellas personas que sufren y
carecen de lo necesario. Pienso particularmente en los jubilados, en
los desempleados, en los que lo han perdido todo en las revueltas. A
este respecto, son consoladoras las diversas iniciativas tomadas en
cada diócesis para responder adecuadamente a las necesidades de los
pobres. Son de alabar las actividades de Cáritas, las de numerosas
parroquias y congregaciones religiosas, así como la iniciativa ya
consolidada de la Colecta "Más por menos" y otras
similares. Con ellas se invita a los cristianos a privarse de algo
necesario, y no sólo de lo superfluo, fomentando la actitud de
compartir con los hermanos.
Esta
preocupación "forma parte de la misión evangelizadora de la
Iglesia" (Sollicitudo rei socialis, 41), en la que debe
ocupar un lugar predominante la promoción humana. Por tanto, los
Pastores deben orientar a sus fieles en este campo y todos ellos
están llamados a colaborar activamente en este servicio de la
caridad, impulsando y favoreciendo en esta hora crucial de la
historia argentina convenientes iniciativas encaminadas a superar
situaciones de pobreza y marginación, que afectan a tantos hermanos
necesitados. La coordinación con las diversas instituciones,
estatales y no gubernamentales propiciará una ayuda más eficaz al
prójimo, ayudándole a que no se deje llevar por los espejismos del
lucro o del consumismo, sino que se apoye en las mejores tradiciones
de sobriedad, solidaridad y generosidad que anidan en el corazón de
vuestro pueblo.
6.
El examen de las Relaciones quinquenales y el coloquio personal con
cada uno de vosotros ponen de relieve la vitalidad de la Iglesia en
Argentina, con sus logros y avances, sus proyectos y esfuerzos, así
como los límites humanos con los que inevitablemente hay que
contar, en el marco del empeño constante de fidelidad a la misión
que Cristo el Señor confió a su Iglesia de ser instrumento de
salvación para todos, capaz de inspirar una acción de
transformación de la sociedad.
En
el ejercicio de vuestra misión de Pastores es necesario mantener
siempre la comunión afectiva y efectiva con esta Sede de Pedro y
entre vosotros mismos. El esmero por seguir conservando este
espíritu, manifestado en vuestras asambleas o en otros tipos de
encuentros para ofreceros ayuda mutua y complementar la visión
sobre los variados aspectos de la realidad pastoral, es una gozosa
experiencia eclesial y, a la vez, ha de ser un valioso ejemplo para
los sacerdotes, para las comunidades y hasta para la sociedad civil
misma, enfrentada a veces por diversos puntos de vista o por
conflictos de intereses.
7.
Para poder llevar adelante la tarea de la Iglesia en Argentina os
invito a prestar atención a la exigencia de contar con
evangelizadores suficientes, tanto en cantidad y calidad, ya sean
sacerdotes y religiosos, religiosas y personas consagradas que hagan
presente el anuncio del Evangelio a todas las gentes.
Ello
implica una atención permanente al problema de las vocaciones de
especial consagración. En este sentido es fundamental contar con
familias sanas, estables, fundadas en los verdaderos valores
domésticos en cuyo seno puedan brotar y crecer en un clima
conveniente las semillas de la vocación; así mismo son importantes
las organizaciones, de tipo parroquial, escolar o vinculadas a los
nuevos movimientos apostólicos, como ambiente propicio para la
inserción en un estilo de vida que muestre interés por los demás
y ofrezcan una educación basada en la fe. La experiencia enseña
que con frecuencia las vocaciones al sacerdocio y a la vida de
especial consagración han surgido en esos ambientes y en los
centros educativos de orientación cristiana, donde al objetivo de
procurar la madurez humana y técnica se le añade el compromiso
evangelizador.
Los
jóvenes, y a veces personas ya maduras y formadas, deben ser
recibidos, sentirse amados y ser convenientemente atendidos en los
seminarios y casas de formación mediante un proceso que ayude a
desarrollar la vocación y puedan ser un día servidores de Dios en
beneficio de los fieles y de tantos hermanos necesitados en el mundo
entero. Para colaborar en esta tarea importantísima no hay que
dudar en elegir a las personas más capaces y de vida más íntegra,
porque de ello depende en buena parte un futuro prometedor para la
Iglesia.
Conozco
la previsión de vuestra Conferencia Episcopal, donde se ha llevado
a cabo un reciente estudio sobre la tendencia de las vocaciones en
Argentina. Es consolador constatar que, en determinados aspectos,
hay un incremento, pero el dato de que disminuyan en proporción al
aumento de la población os debe estimular a redoblar los esfuerzos
para preparar el porvenir eclesial de cada diócesis.
8.
Queridos Hermanos: termino este encuentro esperando que os llevéis
el aliento y el apoyo del Papa para continuar en la sacrificada y, a
la vez, gozosa entrega a la Iglesia y a la sociedad donde ejercéis
vuestro ministerio. Conozco las dificultades que vosotros y vuestros
colaboradores afrontáis cada día. Pero Cristo Jesús, modelo
perfecto del Pastor, os dará la fuerza para el servicio fiel y la
paz de la conciencia en la perseverancia, "expectantes
beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi"
(Ordinario de la misa, preparación a la comunión).
Os
pido que llevéis a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a
los seminaristas, a los miembros de los movimientos eclesiales y
laicos comprometidos en la misión de la Iglesia, así como a todo
el pueblo fiel, el saludo del Papa y la seguridad de su oración por
ellos, para que cada uno persevere en la fe y se afiance en el
camino de la vida cristiana y en el propósito del amor solidario
universal.
A
todos vosotros, a todo el querido pueblo argentino, especialmente a
quienes más sufren en este momento de dolorosa prueba, imparto con
afecto la Bendición Apostólica.
Este documento fue
publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2357,
del 20 de febrero de 2002 |
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