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PROMOVER
A CULTURA DE LA PAZ
Discurso
del Santo Padre a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado
ante la Santa Sede, en la sala Regia del Palacio Apostólico
vaticano
Lunes 11 de enero de 1999
Excelencias; señoras y señores:
La
gratitud del Papa
1.
Les estoy muy agradecido por los buenos deseos que, por medio de su
decano, el embajador de la República de San Marino, Giovanni
Galassi, me han presentado en los comienzos de este año, el último
antes del 2000. Estos deseos se suman a las numerosas muestras de
afectuosa adhesión que me han llegado de parte de las autoridades
de sus países y de sus compatriotas con ocasión del vigésimo
aniversario de mi pontificado y del nuevo año. Quiero reiterar a
todos mi profundo agradecimiento.
Esta
ceremonia anual reviste un carácter de encuentro familiar y, por
eso mismo, me es particularmente agradable. En primer lugar, porque,
por medio de sus personas están representadas casi todas las
naciones de la tierra, con sus realidades, sus esperanzas y también
con sus interrogantes. Además, porque este encuentro me ofrece la
grata oportunidad de expresarles los mejores deseos, que concreto en
la oración por sus personas, por sus familias y sus conciudadanos.
Pido a Dios que conceda a cada uno salud, prosperidad y paz. Ustedes
saben que pueden contar con el Papa y sus colaboradores siempre que
se trate de apoyar lo que emprende cada país, con sus mejores
energías, para la elevación espiritual, moral y cultural de los
ciudadanos, o el desarrollo de todo lo que contribuye al buen
entendimiento entre los pueblos, en la justicia y la paz.
Los pueblos: familias de naciones
2.
La familia de las naciones, que recientemente ha compartido la
alegría propia de la Navidad y que unánimemente ha saludado la
llegada del Año nuevo, tiene, sin lugar a dudas, diversos motivos
para alegrarse.
En
Europa, pienso especialmente en Irlanda, donde el acuerdo firmado el
pasado Viernes Santo ha puesto las bases de la tan esperada paz, que
deberá fundarse sobre una vida social estable, cimentada en la
confianza recíproca y en el principio de la equidad del derecho
para todos.
Otro
motivo de satisfacción para todos nosotros es el proceso de paz
que, en España, permite por primera vez a las poblaciones del
territorio vasco ver cómo se aleja el espectro de la violencia
ciega y pensar seriamente en un proceso de normalización.
El
paso a la moneda única y la apertura hacia el Este, van a ofrecer
sin duda a Europa -éste es, en todo caso, nuestro más vivo deseo-
la posibilidad de llegar a ser cada vez más una comunidad de
destino, una verdadera «comunidad europea». Evidentemente esto
requiere que las naciones que la componen sepan conciliar su
historia con un proyecto compartido, permitiendo que todos se
consideren socios igualitarios, deseosos únicamente del bien
común. Las familias espirituales que han aportado tanto a la
civilización de este continente -pienso ciertamente en el
cristianismo- tienen un papel que me parece cada vez más decisivo.
Ante los problemas sociales que mantienen a grandes sectores de la
población en la pobreza, ante las desigualdades sociales que son un
fermento de inestabilidad crónica, o ante las nuevas generaciones
que buscan puntos de referencia en un mundo a menudo incoherente, es
importante que las Iglesias puedan proclamar el amor de Dios y la
llamada a la fraternidad que la reciente fiesta de la Navidad ha
hecho brillar una vez más para toda la humanidad.
América Latina
Un
ulterior motivo de satisfacción sobre el que quisiera llamar su
atención, señoras y señores, se refiere al continente americano.
Se trata del Acuerdo logrado entre el Ecuador y el Perú, en
Brasilia, el pasado 26 de octubre. Gracias a la acción perseverante
de la comunidad internacional -y particularmente de los países
garantes-, dos pueblos hermanos han tenido el valor de renunciar a
la violencia y aceptar un compromiso para resolver pacíficamente
sus controversias. Es un ejemplo que se ha de proponer a otras
naciones aún enfrentadas en sus divisiones y en sus discordias.
Tengo la firme convicción de que estos dos pueblos, gracias
especialmente a la fe cristiana que los une, sabrán aceptar el gran
desafío de la fraternidad y de la paz y pasar así una página
dolorosa de su historia que, por otro lado, tiene sus raíces en los
inicios de su existencia como Estados independientes. Dirijo mi
llamado, apremiante y paterno, a los católicos ecuatorianos y
peruanos para que, con la oración y la acción, sean artífices
convencidos de la reconciliación y contribuyan de este modo a que
la paz pase de los tratados al corazón de cada uno.
El pueblo chino
Nos
debemos alegrar igualmente por los esfuerzos realizados por el gran
pueblo de China, comprometido con determinación en un diálogo en
el que participen las poblaciones de las dos riberas del estrecho.
La comunidad internacional, y la Santa Sede en particular, sigue con
gran interés este feliz desarrollo, con la esperanza de progresos
significativos que serán, sin duda, beneficiosos para todo el
mundo.
Focos de conflictos
3.
Sin embargo, la cultura de la paz está lejos de estar extendida
universalmente, como lo atestiguan los focos de persistentes
conflictos.
No
lejos de nosotros, la región de los Balcanes continúa viviendo un
período de gran inestabilidad. No se puede hablar aún de
normalización en Bosnia-Herzegovina, donde las secuelas de la
guerra subsisten todavía en las relaciones entre las diversas
etnias, donde la mitad de la población vive desplazada y donde las
tensiones sociales se mantienen de manera peligrosa. El Kosovo ha
sido, incluso recientemente, escenario de enfrentamientos
sangrientos por motivos étnicos y políticos que han impedido tanto
un diálogo sereno entre las partes como el desarrollo económico
mismo. Debe hacerse todo lo posible para ayudar a los kosovares y a
los serbios a reunirse en torno a una mesa, a fin de resolver sin
dilación la amenaza armada que paraliza y mata. Albania y Macedonia
serían las primeras en beneficiarse pues es sabido que en el
territorio de los Balcanes todo está relacionado. También otros
varios países de Europa central y oriental, pequeños y grandes,
son víctimas de la inestabilidad política y social recorren con
dificultad el camino de la democratización y no consiguen aún
vivir en una economía de mercado capaz de ofrecer a cada uno su
legítima parte de bienestar y desarrollo.
Medio Oriente
El
proceso de paz relativo al Oriente Medio sigue teniendo un recorrido
accidentado y no ha ofrecido a las poblaciones la esperanza y el
bienestar que tienen derecho a gozar. No se las puede mantener
indefinidamente entre la guerra y la paz sin correr el riesgo de
acrecentar peligrosamente las tensiones y violencias. No se puede
razonablemente aplazar más la cuestión del estatuto de la Ciudad
Santa de Jerusalén, hacia la cual los creyentes de las tres
religiones monoteístas dirigen su mirada. Las partes interesadas
deben afrontar estos problemas con una conciencia clara de sus
responsabilidades. La reciente crisis acaecida en Irak ha mostrado,
una vez más, que la guerra no resuelve los problemas. Más bien los
complica y hace recaer sus consecuencias dramáticas sobre las
poblaciones civiles. El diálogo leal, el deseo efectivo del bien de
las personas y el respeto del orden internacional, son los únicos
que pueden conducir a soluciones dignas de una región en la que se
arraigan nuestras tradiciones religiosas. Si la violencia es a
menudo contagiosa, también puede serlo la paz, y estoy seguro de
que un Oriente Medio estable contribuirá eficazmente a devolver la
esperanza a muchos pueblos.
El diálogo: único camino
Pienso,
por ejemplo, en las martirizadas poblaciones de Argelia y de la isla
de Chipre, donde la situación continúa estancada.
Sri
Lanka celebró hace algunos meses el 50º aniversario de su
independencia, pero todavía hoy se encuentra desgarrado por luchas
étnicas que han retrasado la apertura de negociaciones serenas, las
únicas que pueden llevar a la paz.
La tragedia africana
África
sigue siendo un continente en peligro. De los cincuenta y tres
Estados que la forman, diecisiete tienen conflictos armados,
internos o entre Estados. Pienso, de modo especial, en Sudán donde
a los crueles combates se añade un terrible drama humano; en
Eritrea y Etiopía, de nuevo antagonistas; y en Sierra Leona, cuya
población es víctima, una vez más, de luchas despiadadas. En este
gran continente hay ocho millones de refugiados y desplazados,
prácticamente abandonados a su suerte. Los países de la región de
los Grandes Lagos no han superado aún las plagas de los excesos del
etnocentrismo y se debaten entre la pobreza y la inseguridad; así
sucede en Ruanda y Burundi, donde un embargo agrava aún más la
situación. La República Democrática del Congo está aún lejos de
haber completado su transición y de conocer la estabilidad a la que
sus gentes legítimamente aspiran, como lo demuestran las matanzas
ocurridas recientemente, al inicio del año, cerca de la ciudad de
Uvira. Angola sigue en busca de una paz no lograda, y en estos días
se ha producido un preocupante desarrollo de los acontecimientos,
del que no se ha librado la Iglesia católica. Las noticias que me
llegan regularmente de esas zonas atormentadas me confirman la
convicción de que la guerra implica siempre inhumanidad y que la
paz es sin duda alguna la primera condición para los derechos del
hombre. A todas estas poblaciones, que a menudo me dirigen llamadas
de auxilio, quisiera decirles que estoy a su lado. Han de saber
también que la Santa Sede no escatima esfuerzo alguno para que se
alivien sus sufrimientos y se encuentren, tanto en el ámbito
político como humanitario, soluciones equitativas a los graves
problemas existentes.
Es urgente la cultura de la paz
Esta
cultura de la paz se ve contrarrestada una vez más por la
legitimación y la utilización de armas con fines políticos. Las
pruebas nucleares recientemente realizadas en Asia y los intentos de
otros países que trabajan en secreto para poner a punto su
potencial atómico, podrían conducir poco a poco a una
banalización de la fuerza nuclear y, en consecuencia, a un rearme
que debilitaría notablemente los esfuerzos loables en favor de la
paz, haciendo así inútil la política de prevención de los
conflictos. A esto se añade la producción de armas fabricadas a
bajo costo, como las minas antipersonales, afortunadamente
prohibidas por la Convención de Ottawa del mes de diciembre de 1997
(que la Santa Sede se apresuró a ratificar el año pasado), y las
armas ligeras, que, a mi parecer, exigen una mayor atención por
parte de los responsables políticos, con el fin de controlar sus
perniciosos efectos. Los conflictos regionales, donde a menudo se
recluta a niños para el combate, adoctrinándolos e incitándolos a
matar, requieren un serio examen de conciencia y un verdadero
acuerdo entre todos.
En
fin, no se debe subestimar el riesgo que suponen para la paz las
desigualdades sociales y un crecimiento económico artificial. La
crisis financiera que ha azotado a Asia puso de manifiesto la gran
semejanza que existe entre la seguridad económica y la seguridad
política y militar, pues también ella exige transparencia,
acuerdos y respeto de ciertos límites éticos.
El derecho no puede ser el del más fuerte
4.
Ante estos problemas, que les son familiares, señoras y señores,
quiero hacerles partícipes de una íntima convicción mía: en este
último año antes del 2000 es necesario un despertar de la
conciencia.
Los
protagonistas de la comunidad internacional nunca han tenido en sus
manos un conjunto de normas y convenciones tan precisas y completas
como las de hoy. Lo que falta es la voluntad de respetarlas y
aplicarlas. Ya lo decía en mi mensaje para el 1º de enero,
refiriéndome a los derechos del hombre: "Cuando se acepta sin
reaccionar la violación de uno cualquiera de los derechos humanos
fundamentales, todos los demás están en peligro» (n. 12). Me
parece que este principio debe aplicarse a todas las normas
jurídicas. El derecho internacional no puede ser el del más
fuerte, ni el de una simple mayoría de Estados, ni siquiera el de
una organización internacional, sino el que sea conforme a los
principios del derecho natural y de la ley moral, que se imponen
siempre a las partes en causa y en las diferentes cuestiones en
litigio.
La Iglesia defiende el derecho
La
Iglesia católica, así como las comunidades de creyentes en
general, estará siempre al lado de quienes se esfuerzan por hacer
prevalecer el bien supremo del derecho sobre cualquier otra
consideración. También es preciso que los creyentes puedan hacerse
oír y participen en el diálogo público en las sociedades de las
cuales son miembros de pleno derecho. Esto me lleva a compartir con
ustedes, representantes cualificados de los Estados, mi dolorosa
preocupación ante las demasiadas violaciones de la libertad de
religión en el mundo actual.
La realidad en Asia
Muy
recientemente, por ejemplo, en Asia, la comunidad católica ha sido
probada dramáticamente por episodios de violencia: iglesias
destruidas y el personal religioso maltratado e incluso asesinado.
Otros hechos lamentables se podrían señalar igualmente en varios
países de África. En diversas regiones, donde el Islam es
mayoritario, se deben deplorar graves discriminaciones de las cuales
son víctimas los creyentes de otras religiones. Hay incluso un
país donde el culto cristiano está totalmente prohibido y donde
poseer una Biblia es un crimen castigado por la ley. Esto es aún
más doloroso cuando se tiene en cuenta que, en muchos casos, los
cristianos han contribuido en gran medida al desarrollo de esos
países, especialmente en los campos de la educación y de la salud.
En ciertos países de Europa occidental se percibe una evolución
igualmente inquietante que, bajo la influencia de una falsa
concepción del principio de separación entre el Estado y las
Iglesias o de un pertinaz agnosticismo, se tiende a confinar a
éstas últimas únicamente al ámbito del culto, aceptando
difícilmente que puedan decir una palabra en público. En fin,
algunos países de Europa central y oriental tienen mucha dificultad
en reconocer el pluralismo religioso propio de las sociedades
democráticas y se empeñan en restringir, a través de una práctica
administrativa limitativa y cicatera, la libertad de conciencia y de
religión que sus Constituciones proclaman solemnemente.
La libertad de conciencia y de religión
Al
recordar las persecuciones religiosas, antiguas o recientes, creo
que ha llegado el momento, en este final de siglo, de intentar
asegurar por doquier en el mundo las condiciones idóneas para una
efectiva libertad de religión. Esto exige, por una parte, que cada
creyente sepa reconocer en el otro algo del amor universal que Dios
siente por sus criaturas, y que, por otra parte, también las
autoridades públicas, llamadas por vocación a pensar en lo
universal, sepan aceptar la dimensión religiosa de sus
conciudadanos, con su inevitable expresión comunitaria. Para lograr
esto, tenemos ante nosotros no sólo las lecciones de la historia,
sino también valiosos instrumentos jurídicos, que no requieren
sino ser aplicados. En cierto sentido, de esta relación ineluctable
entre Dios y la Ciudad depende el futuro de las sociedades, pues,
como afirmé con ocasión de mi visita a la sede del Parlamento
europeo el 11 de octubre de 1988, «allí donde el hombre no se
apoya ya sobre una grandeza que lo trasciende, corre el riesgo de
entregarse al poder sin freno de lo arbitrario y de los
seudoabsolutos que lo destruyen» (n. 10: L’Osservatore Romano,
edición en lengua española, 27 de noviembre de 1988, p. 20).
El gran amor de Dios hacia todos los hombres
5.
Estos son algunos de los pensamientos que me vienen a la mente y al
corazón al contemplar el mundo de este siglo que está a punto de
finalizar. Si Dios, al enviarnos a su Hijo, se ha interesado tanto
por los hombres, hemos de corresponder a un amor tan grande. Él, el
Padre universal, ha establecido con cada uno de nosotros una alianza
que nada podrá romper. Al decirnos y demostrarnos que nos ama nos
da al mismo tiempo la esperanza de que podemos vivir en paz; y es
verdad que sólo el que es amado puede a su vez amar. Es bueno que
todos los hombres descubran este Amor que los precede y los espera.
Este es mi mejor deseo para cada uno de ustedes, así como para
todos los pueblos de la tierra.
Juan Pablo II
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2198, del 3 de febrero de 1999
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