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El
misterio que simboliza el templo catedral
Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II, con motivo de
la inauguración de las obras terminadas de la catedral de La Plata.
A Mons. Carlos Galán, arzobispo de La
Plata, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles
1.
Es para mí
motivo de gran alegría dirigiros un afectuoso saludo al culminarse las obras de
construcción de la Iglesia Catedral de esa amada Arquidiócesis de La Plata. En esta
feliz oportunidad, deseo unirme espiritualmente a la solemne celebración que, en acción
de gracias a Dios, realizaréis el próximo 19 de noviembre, fiesta de San Ponciano,
patrón de La Plata, en coincidencia con el 117º aniversario de la fundación de vuestra
querida ciudad, capital de la provincia de Buenos Aires.
Ese monumental templo de estilo neogótico, cuya primera
piedra fue colocada en el año 1884, se levanta justo en el centro geográfico de La Plata
como queriendo atraer hacia sí las miradas y los anhelos de todos los platenses para
elevarlos hacia el cielo con el movimiento ascendente de sus torres y agujas.
Después de la inauguración en 1932, los trabajos para
concluir el templo se han prolongado durante varias décadas, siendo testigos de las luces
y sombras de la sociedad y la Iglesia argentinas, hasta su culminación este año de 1999,
a las puertas del Gran Jubileo del Tercer milenio cristiano.
Me
es grato compartir ahora el gozo de los obispos de la arquidiócesis, del clero, las
comunidades religiosas y los fieles, así como de las autoridades civiles y de cuantos han
colaborado generosamente, con notables sacrificios de todo orden, para poder ver terminada
esta Catedral, la mayor de las iglesias de la Argentina. Así mismo, me complace vivamente
que el Señor Cardenal Raúl Francisco Primatesta presida, como Delegado mío, la magna
celebración, acompañado en tan significativa ocasión por otros hermanos en el
episcopado.
2.
El acto que os disponéis a
celebrar tiene un profundo significado eclesial, puesto que la visión del templo material
lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia.
En efecto, el edificio nos revela, con la belleza de sus
símbolos, el misterio de Cristo y de su Iglesia.
En la cátedra del Obispo, descubrimos a Cristo
maestro, que, gracias a la sucesión apostólica, nos enseña a través de los tiempos.
En el altar, vemos a Cristo mismo en el acto
supremo de redención.
En la pila bautismal, encontramos el seno de la
Iglesia, virgen y madre, que alumbra la vida de Dios en el corazón de sus hijos.
Finalmente, en la base del edificio hallamos
como garantía de estabilidad y perennidad la «piedra angular, escogida y preciosa» (1 Pedro
2, 5.6), cuyo nombre es Jesucristo.
Este
es el misterio que simboliza el templo catedral, dedicado a dar gloria y alabanza a Dios y
a servir al bien de los hombres.
3.
Con la terminación de la Catedral
de La Plata, obra en la que se han empleado tantas energías, se da un paso importante en
la vida de esa arquidiócesis platense. Como primer templo de la diócesis, la Iglesia
Catedral es el símbolo y el lugar visible de la comunidad diocesana presidida por el
Obispo. Es también expresión de la fe de un pueblo que ha querido levantar esa casa de
encuentro con Dios como muestra tangible de su esperanza y de su amor a Él. Por ello, la
conclusión de la Catedral debe ser para toda la comunidad diocesana un apremiante llamado
a comprometerse en las tareas de la nueva evangelización.
La Iglesia en la Argentina, fiel a la riqueza espiritual que
ha caracterizado su historia, sabe bien que no es posible esperar un florecimiento de la
vida cristiana en un contexto de fe vivida en el anonimato, reducida a la subjetividad y a
la dimensión privada de la existencia. En el momento presente, próximos a cruzar el
umbral el año 2000, el camino de la nueva evangelización pasa por el anuncio explícito
de Jesucristo y por el testimonio cristiano en las realidades temporales. No hay nueva
evangelización sin conversión interior de los corazones, que lleva a la reforma
auténtica de las estructuras e instituciones, y sin comunión entre los hombres, que
favorece una nueva solidaridad entre los pueblos.
Con estos fervientes deseos invoco sobre la Comunidad eclesial
de La Plata la constante protección de la Virgen María, Templo del Espíritu Santo y
Madre de la Iglesia, para que ella os ayude a ser fieles discípulos de Cristo y a estar
siempre unidos por el vínculo de la caridad, mientras os imparto con todo afecto la
Bendición Apostólica, extensiva a los participantes en tan solemne celebración.
Vaticano, 2 de octubre de 1999.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2241, del 1 de diciembre de 1999
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