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Mensaje de Juan Pablo II
Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II, leído por
su enviado especial al Congreso Misionero, cardenal Jozef Tomko. Martes 28 de setiembre de
1999.
A Mons.
Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná, presidente del VI Congreso Misionero
Latinoamericano y del I Congreso Americano Misionero.
1.
Con ocasión del VI Congreso
Misionero Latinoamericano y del I Congreso Misionero Americano, que tiene lugar en la
ciudad argentina de Paraná, deseo enviar un cordial saludo a los Hermanos en el
Episcopado que asisten, así como a todos los participantes procedentes de América del
Norte y del Sur, del Centro y de la región del Caribe, unidos por el deseo común de
fomentar el espíritu evangelizador y misionero en las comunidades eclesiales de todo el
Continente Americano, para que en consonancia con su vida de fe, participen en el
cumplimiento del mandato de Cristo a sus discípulos de ir por todo el mundo y proclamar
la Buena Nueva a toda la creación (cf. Mc. 16, 15).
En
efecto, anunciar a Cristo es una misión «que incumbe a toda la Iglesia, pero que se hace
especialmente urgente hoy en América, después de haber celebrado los 500 años de la
primera evangelización y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2.000 años
de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo» (Ecclesia in America, 68), sobre todo
cuando se constata que su nombre «es desconocido todavía en gran parte de la humanidad y
en muchos ambientes de la sociedad americana» (ibid. 74).
2. Al hacer llegar este mensaje de
aliento y cercanía espiritual a ese importante acontecimiento de la Iglesia que peregrina
en América, tengo muy presentes las inolvidables experiencias vividas durante mis visitas
a las diversas naciones del continente y los innumerables rostros que reflejan un corazón
abierto a Cristo y al afán casi incontenible de comunicar el gozo de la propia fe, la
cual, habiendo hundido sus raíces en los diversos pueblos y culturas americanos y marcado
indeleblemente su historia a lo largo de cinco siglos, representa hoy una fuente
indispensable de energía espiritual ante los grandes retos a que se enfrentan.
En esos
rostros, ilusionados a pesar de todas las dificultades, capaces de transmitir y, casi se
diría, de contagiar la propia vitalidad creyente, se manifiesta con elocuencia el
auténtico espíritu de América que, también por el empuje misionero y evangelizador
dentro y fuera de sus confines, está llamado a ser el Continente de la Esperanza.
En esta
apasionante tarea de la Evangelización se fomenta de modo particular la cultura de la
hermandad, el diálogo y la colaboración. Como recordaba el Concilio Vaticano II,
«Cristo y la Iglesia, que da testimonio de él mediante la predicación del Evangelio,
trascienden todo particularismo de raza o nación» (Ad gentes, 8). Por eso es
significativo que en este Congreso, además de los representantes latinoamericanos y
caribeños, participen también delegaciones de los Estados Unidos y Canadá, en
consonancia con la experiencia de encuentro y comunión vivida durante la reciente
Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América. En efecto, en ella se puso de
relieve el «deber ineludible de unir espiritualmente aún más a todos los pueblos que
forman este gran Continente» (Ecclesia in America, 5) y de acrecentar los vínculos de
cooperación y solidaridad entre sus Iglesias particulares, hermanas y cercanas entre sí,
«para prolongar y hacer más viva la obra salvadora de Cristo en la historia de
América» (Ibid. 8).
3. La Iglesia es bien consciente de
que la dimensión misionera propia de toda comunidad cristiana proviene ante todo de la fe
en Cristo, cuya novedad y riqueza no se puede esconder ni conservar para sí (cf.
Redemptoris missio, 11). Es como la gran profecía que presenta a los hombres y mujeres de
hoy la esperanza de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apoc 21, 1) y el anuncio a
todas las gentes del Reino de Dios, del cual la misma Iglesia es germen e inicio de esta
tierra (cf. Lumen gentium,5). Una proclamación que no se expresa solamente con palabras,
sino también dando testimonio inequívoco de que Cristo colma realmente las aspiraciones
más profundas del ser humano y llena de gozo su corazón.
Por eso,
el llamado a evangelizar incluye necesariamente una invitación al fortalecimiento de la
fe y a la conversión del corazón, en sintonía con la espiritualidad del Gran Jubileo
que toda la Iglesia se prepara a vivir intensamente. También las comunidades cristianas
de América y sus misioneros, han de afianzarse en aquellas actitudes que Jesús exigía a
sus discípulos cuando los enviaba a anunciar de su parte la venida del Reino de Dios,
dando gratis todo lo que gratis habían recibido y desembarazándose de todo aquello que
pudiera entorpecer su misión genuinamente evangelizadora (cf. Mt.10, 8ss). Su única
pretensión ha de ser seguir los pasos del Maestro, que no vino "a ser servido sino a
servir" (Mt 20, 28), adoptando sus mismas opciones de vida y prolongando su misión
en la tierra para que todo ser humano tenga vida y la tenga en abundancia (cf. Jn 10, 10).
4. En este rico contexto, teológico
y existencial a la vez, en el que la fe en Cristo y la misión de anunciar el Evangelio se
encuentran íntimamente enlazadas, a América se le aplica la palabra de Dios dirigida a
Abraham, nuestro padre en la fe (cf. Rm 4, 11), que lleva a salir de la propia tierra para
encaminarse, con la fuerza de la promesa divina, hacia un nuevo horizonte que el ser
humano, desde lo más profundo de su ser, reconoce finalmente como su patria verdadera.
Las palabras bíblicas «sal de tu tierra», son como una invitación a las Iglesias del
Continente a que, en este momento crucial de la historia, emprendan con decisión un
itinerario de fe, más allá de sus preocupaciones locales, abriéndose creativamente al
mundo y a tantos hermanos como, en una parte u otra, esperan que la luz de Cristo ilumine
su existencia.
Deseo
vivamente que esta invitación llegue a todas las comunidades eclesiales de América para
que, haciendo honor a la herencia de innumerables misioneros ejemplares que en esa tierra
dedicaron su vida al Evangelio, fortalezcan su fe y acrecienten su vigor apostólico. De
este modo, y mediante los oportunos programas de pastoral misionera, podrán surgir de
ellas numerosas personas, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, dispuestos a
dedicarse con abnegación, constancia y generosidad a llevar por doquier el mensaje de
Cristo, el más preciado tesoro que América puede ofrecer al mundo.
5.
Mientras confío los trabajos de
ese Congreso a la Virgen María, que supo indicar mejor que nadie el camino que lleva
hacia su divino Hijo, y la imploro para que proteja a cuantos hoy, en América y en el
mundo, están comprometidos en llevar la luz de Cristo a todas las gentes, imparto de
corazón a todos los congresistas la Bendición Apostólica.
Castelgandolfo, 15 de agosto,
solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos, del año 1999.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2236, del 27 de octubre de 1999 |