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Natural de Toscana,
el monje Hildebrando recibió el hábito monacal en la célebre
abadía de Cluny, de la que dependían unos 2.000 monasterios. Al
morir Alejandro II, fue elegido papa por unanimidad y tomó el
nombre de Gregorio VII. Fue uno de los más grandes pontífices que
ocuparon la silla de Pedro. Luchó contra los príncipes que
disponían a su antojo de los cargos eclesiásticos y contra el
lamentable relajamiento del clero. En esta lucha, Gregorio tuvo que
enfrentarse también con el emperador Enrique IV, que no tuvo más
remedio que humillar su cabeza ante el Papa en la fortaleza de
Canossa. San Gregorio murió en Salerno en 1085. |