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En la ciudad de
Tingis (hoy Tánger), en la época del gobernador Fortunato, finales
del siglo III, cuando todo el mundo celebraba el cumpleaños del
Emperador, uno de los centuriones, llamado Marcelo, que consideraba
los banquetes como una práctica pagana, se despojó del cinturón
militar ante los estandartes de su legión y dio testimonio en voz
alta, diciendo: “Yo sirvo al Rey Eterno, Jesucristo, y no seguiré al
servicio del Emperador. Desprecio a los dioses de madera y de
piedra, que no son más que ídolos sordos y mudos”. Inmediatamente
fue detenido y el gobernador lo condenó a morir por la espada, lo
que ocurrió el año 298. |