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de Septiembre del 2010
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CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL

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Mensaje de monseñor Oscar Sarlinga en la clausura del Año Sacerdotal (Monasterio de la Visitación, Pilar, 6 de junio de 2010, solemnidad del Corpus Christi)

 

Queridos sacerdotes:

          Cuánta paz nos da el saber que no somos nosotros los que nos hemos puesto a elegir a Jesús; no somos nosotros los que “conseguimos” este ministerio; es Él, nuestro Buen Pastor quien nos eligió y consagró. Los invito a exclamar, con el corazón lleno de alegría: ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que en Cristo nos ha elegido antes de la constitución del mundo par ser santos y consagrados en su presencia por el amor! (Cfr Ef 1,3ss). Más que extenderme en este mensaje, y dado que la carta de Pentecostés tenía una especial referencia a ustedes, quiero hablarles como hermano y como obispo. Sé que saben, como dijo san Pablo, que el obispo, todo obispo, lleva a los sacerdotes en el corazón, partícipes todos de la gracia del Señor (cf Fl 1, 7).

 

          Respecto de este Año Sacerdotal, convocado por S.S. Benedicto XVI con ocasión del 150mo. aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, podemos decir que hemos recibido una infinitud de gracias, como por ejemplo la del envío de vocaciones sacerdotales a nuestra Iglesia particular, y especiales dones de reafirmación de su elección para los sacerdotes, y de los carismas recibidos. Ya una gracia muy grande es que los sacerdotes reaprecien el promover en los jóvenes la valoración del llamado al sacerdocio. Este es un gran tesoro. San Juan María Vianney, a quien el Papa proclama patrono de todos los sacerdotes, ponía de manifiesto el ser indispensable de éstos, al decir: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, este es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los más precioso dones de la misericordia divina” (1). Nuestro ser, por el sacramento del orden, ha sido configurado por la eternidad con Cristo Sacerdote, quien nos “santificado en la verdad” (Jn 17, 19).

 

          ¿Para qué?. Para ninguna tristeza o amargura. Esta santificación nos es dada para ser sembradores de confianza y de esperanza. Pese a todas las dificultades, pese a las infidelidades o defecciones de algunos de nuestros hermanos en nuestro mundo contemporáneo, ¿cómo olvidar que el Papa nos ha llamado a percibir en el Año sacerdotal “una nueva primavera?, cuando nos dijo: “(…) me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia Una nueva primavera para la Iglesia” (2).

 

          Habrá una nueva primavera si somos fieles al Señor Jesús, que nos ha elegido, si nos abrimos a su Espíritu, si somos fieles a la Iglesia, que verdaderamente es el Cuerpo de Cristo y el Pueblo de Dios, si estamos unidos, en la oración, en el afecto fraterno, dentro de la multiformidad de los dones que hemos recibido, en el único Don del sacerdocio ministerial (3), si nos confiamos enteramente a la intercesión materna de la Virgen y si nos ponemos enteramente al servicio de aquéllos que nos han sido encomendados, con nuestra predicación, para que ésta que suscite la fe, a ejemplo de San Pablo (Cf. Hch 18,1-8), sabiendo que quienes son de verdad evangelizados se tornan a su vez evangelizadores, como nos enseñaba el Papa Pablo VI: “(…) es impensable que un hombre haya acogido la palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (4). Pidamos la gracia de renovar nuestra alegría apostólica, para hacer como los Apóstoles, quienes “salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con todos ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Mc 16,20).

 

          Necesitamos la alegría, que es elemento esencial en la vida del sacerdote, debe un principio y una fuerza vital, fruto de la vida del Espíritu Santo en él. En la alegría, especialmente la alegría compartida, la del espacio de verdadera fraternidad, hacen su ingreso la fe, la esperanza y la caridad; las tres virtudes teologales, para vivir y experimentar siempre y en todo momento, para transmitir en el apacentar al pueblo que nos ha sido confiado. Es signo de salud del alma; pidámosle al Señor que arranque de nosotros toda tristeza, que es fruto de la acedia y nos impulsa a la duda, a la amargura, a la impaciencia y al enojo. También nos lo ha dicho el Papa, mencionándonos que este tema es “uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo”, pues “(…) el sacerdote, hombre de la Palabra divina y de las cosas sagradas, debe ser hoy más que nunca un hombre de alegría y de esperanza” (5).

 

          Como hombres de la Eucaristía, de la Reconciliación, como hombres de Iglesia, el Año sacerdotal nos lega el don de  redescubrir la pastoral vocacional. También lo hemos pedido en el Año Paulino Jubilar, que nos trajo muchos frutos de gracia y bendición, y en especial ésa, que fue mencionada también por Benedicto XVI: “Este es el mensaje que nos deja el Año paulino recién concluido. San Pablo, conquistado por Cristo, fue un promotor y formador de vocaciones (…) Este es también el mensaje del Año sacerdotal recién iniciado: el santo cura de Ars, Juan María Vianney -que constituye el "faro" de este nuevo itinerario espiritual (…) Por tanto, el Año sacerdotal brinda una magnífica oportunidad para volver a encontrar el sentido profundo de la pastoral vocacional, así como sus opciones fundamentales de método: el testimonio, sencillo y creíble; la comunión, con itinerarios concertados y compartidos en la Iglesia particular (…)” (6). ¿Nos dispondremos a ponernos a trabajar en ello?. Así lo creo.

 

          Profundicemos, entonces, en la comprensión del sacerdocio ministerial, el cual, tal como lo expresa el Concilio Vaticano II (7) es esencialmente distinto del sacerdocio de los fieles, y no con diferencia sólo de grado (aunque, como es lógico, todo el Pueblo Sacerdotal, que es la Iglesia, recibe su condición de tal del Único sacerdocio de Cristo). Hemos sido llamados y consagrados para servir al Pueblo de Dios, lo cual incluye promover la misión y los carismas de los laicos. Pedimos al Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que todos los fieles tengan un alma en la que vibre el espíritu del Sacerdocio común, y que aprecien y valoren las vocaciones sacerdotales, para lo cual insto a las parroquias a reinaugurar las “Obras de las vocaciones sacerdotales y religiosas” allí donde todavía no estuvieren en vigor.

 

          La Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, nos guíe y acompañe como Reina de los Apóstoles y Estrella de la Evangelización.

 

Mons. Oscar Sarlinga, obispo de Zárate-Campana
En la Solemnidad del Corpus Christi, 6 de junio de 2010

 

Notas:

(1)  "Le Sacerdoce, c'est l'amour du coeur de Jésus", “El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (in B. NODET, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son Coeur. Présentés par l'Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98). La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 1589.

(2)  BENEDICTO XVI, Carta del Papa a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Ciudad del Vaticano, jueves, 18 junio 2009

(3)  Cf Id., Homilía en la celebración de las primeras vísperas en la vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006 ("El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”)

(4)  PABLO VI, Exh. apost. Evangelii nuntiandi, 24.

(5)  BENEDICTO XVI, Videomensaje del Papa al Retiro Internacional Sacerdotal en Ars, Ciudad del Vaticano, martes 29 de septiembre de 2009.

(6)  Id., Discurso del Santo Padre a los participantes en el congreso europeo de pastoral vocacional:"Quien siembra en el corazón del hombre es siempre y sólo el Señor", Ciudad del Vaticano, 4 de julio de 2009

(7)  CONC. ECUM. VAT. II, Const. Lumen gentium, 10.




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