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Conferencia Episcopal Argentina. Visita ad límina. Tercer grupo
Misa y encuentro con el papa Francisco
Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Argentina, ante la tumba de San Pedro (16 de mayo de 2019)

Queridos hermanos es para nosotros motivo de gran consuelo y esperanza poder celebrar en este lugar tan significativo. Estamos desarrollando esta visita y cada paso que damos juntos advertimos la importancia de la comunión que nos alcanza, no solo doctrinalmente, teológicamente sino también en los vínculos y en la capacidad de conocernos y trabajar juntos.

Hoy venimos a la tumba de Pedro. Venimos ante Pedro que es la roca. La roca elegida por Jesús. La roca que es frágil, débil, primaria y sin embargo en una respuesta de amor, de confianza y misericordia de parte de Jesús a la profesión de Fé de Pedro le encomienda la Fe de la Iglesia, su Iglesia, la Iglesia del Señor. Le da el poder de atar y desatar, le da también la misión de unir y de extrechar en torno a Él a los hermanos.

Hoy venimos a esta tumba, venimos a esta Iglesia particular de Roma pero donde también reside la misión pastoral del Santo Padre de precidir nuestra caridad y fortalecer nuestra comunión; nos encontramos llamados a advertir los nuevos desafíos con los que hoy Pedro une, ata, desata y constituye el fundamento de la Iglesia. Los consensos, los puentes, las nuevas formas de diálogo, el alcanzar esas periferias insospechadas de la humanidad son los nuevos modos en que Pedro une, ata. También hoy Pedro desata, nos ayuda a encontrar nuevas perspectivas para solucionar los grandes problemas de la Iglesia, nos da claves para comprender las dificultades del mundo que nos abarca y nos llama a estrecharnos fuertemente entorno a Jesús, que a todos quiere incluir y a todos llama.

Venimos a la tumba de Pedro; Pedro que confirma a sus hermanos. Jesús le dice: “Pedro, Satanás te quiere triturar como el trigo pero he regado para que no defallescas, para que seas fuerte. Cuando vuelvas confirma a tus hermanos”. Me parece que nos lo esta diciendo a nosotros ahora. Cuando volvamos confirmemos a nuestras comunidades, fortalezcamos sus búsquedas, sus deseos de anunciarlo a Jesús, llamemos a nuestra gente a evangelizar y sostengamos en la perseverancia, en la vacilación, en los titubeos, a los frágiles, a los indefensos; confirmar en la Fe a estos apóstoles que se disputaban puestos y cargos era también un desafío. Para nosotros la llamada a unir a nuestros presbíteros, a nuestros agentes de pastoral, a alentarlos en el servicio del Evangelio es también un gran desafío; poniendo siempre a Jesús en el centro y buscando alcanzarlos a todos y venimos a la tumba de Pedro, que es el Pastor. No nos resulta dificíl encontrar ese Evangelio de la triple pregunta de Jesús, casi machaconamente volviendo sobre la triple negación. Esa respuesta de amor, ese ¿me amas? con el que Jesús le pregunta y la contestación de Jesús a Pedro que respondía afirmativamente 'apacienta mis ovejas', no las ovejas nuestras, no las ovejas de Pedro sino las ovejas de Jesús. Un encargo, un servicio, una misión. También nosotros tenemos las ovejas de Jesús. También nosotros estamos llamados a apacentar comunidades, nuevas realidad, nuevas situaciones, aún las que nos parecían que no estaban en nuestro rebaño y sin embargo hoy más que nunca la Iglesia a través de Pedro nos propone acompañar, sostener y esperanzar.

Como les decía, entonces, venimos a profesar nuestra Fe, nuestra esperanza y a dejarnos estrechar en la caridad de Cristo, en la presidencia de Pedro.

Para terminar me gustaría compartir brevemente, no en totalidad, una poesía que cuarenta y cinco años atrás en este mismo lugar compuso Monseñor Angelelli agradeciendo sus veinticinco años de sacerdocio, era en ocación de la visita Ad Limina de mil novecientos setenta y cuatro y tenía la particularidad de un contexto de país profundamente agrietado:

“Siento que mi tierra dolorida y esperanzada reza y canta con su historia, vida y mensaje. Peregrina conmigo en mi carne y mi sangre. Me parece escucharla con su chaya en esta Roma pecadora y fiel un día floreció en mi una unción; sacerdote para siempre me dijiste entonces Señor.

Veinticinco años vividos por esos caminos de Dios, con mañanas de Pascua y tardes de dolor. Con fidelidades y debilidades de pecador. Con las manos metidas en la tierra del hombre de este pueblo tuyo que me entregaste Señor.

Mi vida fue como el arroyo; anunciar el aleluya a los pobres y pulircer en el interior. Canto rodado con el pueblo y silencios de encuentros contigo sólo Señor.

Mi vida fue como el sausal, pegadita junto al río para dar sombra nomás.

Mi vida fue el camino, pegadita al arenal para que la transite la gente pensando; hay que seguir andando nomás.

Mi vida fue como el cardón sacudida por los vientos y agarrada a tí Señor. Vigia en cada noches de estrellas para susurrarle a cada hombre; cuando la vida se esconde entre espinas, simpre florece una flor.

Mi vida canta hoy dichosa Señor, el misterio que se hizo camino; ya he andado un buen trecho Señor. Mesa que acoje y celebra los racimos ya maduros que tu sangre fecundó. Todo esto soy Yo Señor; un poco de tierra y un tabor. Veinticinco años de carne urgida con un cayado, un pueblo y una misión.

Hoy la tumba de Pedro es la mesa de esta Eucaristía Señor. En mis manos renace como entonces la nueva carne del amor.

Pablo, Francisco, tu vicario; me salen a encuentro como un hermano mayor. Me dice al oído 'Hermano confirmo tu Fe y tu misión. Recibe el ósculo de la paz y lleva a tu pueblo mi bendición'. Y mientras se encienden las estrellas, allá lejos sigue floreciendo el amor por este sacerdocio tuyo que es mio y de tu pueblo, muchas gracias Señor.

Es hora que me despida de esta Roma que me ungió con un credo agradecido a la Iglesia que me engendró y con la esperanza de María. La Patria esta gestando un hijo con sangre y con dolor. Lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y con amor. Mi tierra esta preñeada de vida en esta noche de dolor esperando que despunte el alma con hombre nuevo Señor”.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza
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