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Misa en memoria de monseñor León Kalenga Badikebele
Homilía de monseñor Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la misa en memoria de monseñor León Kalenga Badikebele (Catedral de Buenos Aires, 19 de junio de 2019)

El texto del Evangelio que acabamos de escuchar está tomado del discurso de la última cena, el Señor Jesús con una infinita ternura quiere consolar a sus amigos de la tristeza que provoca en sus corazones la partida inminente que Él les había anunciado. Entonces les dice que Él se va por un tiempo, que se va para prepararles un lugar y que luego volverá para llevarlos consigo y compartir juntos la vida en el corazón del Padre donde hay lugar para tantos.

En este marco queremos celebrar desde la fe la partida de nuestro hermano León, nos hemos separado por un tiempo pero volveremos a encontrarnos.

En el breve lapso que estuvo con nosotros, el Nuncio León supo ganarse el afecto y el cariño de sus hermanos Obispos, de sus colegas en el cuerpo diplomático y de gran parte del pueblo de Dios que lo pudo conocer.

Tenía la calidez propia del africano nutrida en una experiencia honda de vida familiar y comunitaria y al mismo tiempo su formación diplomática en la Santa Sede que había capitalizado con una inteligencia muy aguda. Poseía además un verdadero corazón de pastor, se quedaba largamente después de las ceremonias con la gente sacándose fotos y por supuesto era el último en terminar.

En la celebración de Luján del 8 de julio pasado, me confió que disfrutaba de veras el largo tiempo que dedicaba a sus hermanos al concluir la misa. Se lo veía muy feliz con su destino en la Argentina. Sentía que el Santo Padre lo había distinguido y quería devolver esa confianza. Pensando en esta alegría que compartía, parece más misteriosa la voluntad de Dios al haberlo llevado tan rápidamente.

Para los cristianos la muerte es un misterio de amor, nuestro Dios es un Dios celoso, como nos enseña la Sagrada Escritura y a veces nos saca muy pronto de la presencia de los seres queridos para llevarnos totalmente con Él. En la muerte somos definitivamente suyos.

Hace unos días el Santo Padre, hablándoles a los Nuncios les entregó una suerte de Decálogo que sintetiza el perfil que debe tener el representante del Papa y yo querría destacar de Monseñor Kalenga junto con todas las otras virtudes de ese Decálogo el punto quinto, “el Nuncio es un hombre del Papa”. Dice allí el Santo Padre, “como representante pontificio el Nuncio no se representa a sí mismo sino al sucesor de Pedro y actúa en su nombre ante la Iglesia y los gobiernos. Es decir, concreta, implementa y simboliza la presencia del Papa entre los fieles y los pueblos. Es hermoso que en varios países la Nunciatura se llame Casa del Papa”.

Hablando con Monseñor Kalenga específicamente de su función, me hizo una distinción entre obediencia y acatamiento y decía, “una cosa es acatar externamente el magisterio pontificio, otra cosa es tener una auténtica docilidad interior al Espíritu Santo que en este momento está hablando a través de las enseñanzas del Papa Francisco. Yo siento que mi misión en la Argentina es provocar un amor muy grande al Santo Padre y a su magisterio y trabajar para que se lo conozca y se lo quiera cada día más”.

Su última presencia pública entre nosotros fue en La Rioja, en la beatificación de Monseñor Angelelli. Recuerdo el estupor que le habían causado algunas declaraciones cuestionando la beatificación y me decía “cuando la Iglesia proclama un Beato, lo que los creyentes debemos hacer es orar y pedirle que interceda por nosotros agradeciéndole al Señor que tenemos un amigo más a quien confiarle nuestras cosas”.

Volviendo al texto del Evangelio que hemos escuchado, pidámosle al Señor que nuestro hermano esté junto a Jesús haciéndonos lugar en la Casa del Padre para volver a encontrarnos juntos en el abrazo definitivo del Reino.

Junto a Maria, la Madre de Jesús, y con todos los santos.

Mons. Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
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