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Toma de posesión de la parroquia de San Jerónimo
Homilía del cardenal Héctor Luis Villalba, arzobispo emérito de Tucumán, al tomar posesión de de la parroquia de San Jerónimo, ubicada en el distrito romano de Corviale, que le fue confiada por el papa Francisco al elevarlo a la dignidad cardenalicia (9 de mayo de 2015)

Queridos hermanos y hermanas

1. Con inmenso gozo presido la Eucaristía en esta parroquia de San Gerónimo en Cordiale que el papa Francisco me ha asignado al crearme cardenal.

En este momento recuerdo con inmenso cariño los 13 años que viví como párroco en la parroquia Santa Rosa de Lima de Buenos Aires.

El papa Francisco en Evangelii Gaudium nos dice que “la parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y de la celebración. A través de todas esa actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero” (EG,28).

Saludo al párroco, a los demás sacerdotes de la parroquia, a los consagrados y consagradas, al Consejo Pastoral, al Consejo de Asuntos Económicos, a las comisiones de Evangelización y de Catequesis, de Liturgia y de Caridad y a todos los fieles laicos, especialmente a los miembros de las instituciones y movimientos laicales y a todos los agentes de pastoral que sirven en las diversas áreas de la pastoral.

Quiero ofrecer esta misa por las intenciones de cada uno de ustedes y por toda la comunidad para que siga creciendo en fraternidad y en espíritu misionero.

2. En el evangelio que acabamos de escuchar, se nos narra una parte del discurso de Jesús durante la Última Cena que trata sobre el amor.

En primer lugar se habla del amor de Cristo a los discípulos. Se establece una comparación entre el amor del Padre a Jesús y el amor de Jesús a los discípulos.

Luego Jesús nos da su mandamiento: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.

El antiguo mandamiento decía que los hombres debían amarse los unos a los otros, así como cada uno se ama a sí mismo: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

La medida del amor en la antigua ley era una medida humana: como a ti mismo.

El mandamiento nuevo que promulga Jesús nos propone una medida divina: ámense como yo los he amado.

No hay que amar solamente como el hombre se ama a sí mismo, sino como Dios ama a los hombres.

No podemos comprender este mandamiento hasta que no hayamos comprendido y creído en la obra misma que Cristo realizó para la salvación de los hombres. La obra de la gracia es la que diviniza al hombre y lo capacita para realizar esta clase de acciones que con sus solas fuerzas humanas no puede llevar a cabo.

Dicho con otras palabras: el amor de Dios que se encuentra en Jesús y que lo lleva a la cruz por la salvación de todos, es el que llega a los discípulos y les permite amar como Jesús.

El mandamiento nuevo, más que un mandamiento, es una gracia que el Señor nos concede. No es un mandamiento que nos viene desde afuera, sino que es una gracia que cambia el corazón del hombre para que pueda amar como ama Dios. Es la gracia de poder amar como Cristo. Es una fuerza que nos impulsa a amar desde adentro.

3. Para decirnos cómo tiene que ser ese amor de los cristianos, Jesús nos muestra la medida de su amor a los hombres. Cristo nos amó hasta el extremo, hasta el fin. Hasta darse a sí mismo, hasta dar la vida: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn15,13)

Debemos pensar en todas las formas en que Dios ha manifestado su amor a los hombres: un amor que nunca se da por vencido, ni siquiera ante los más terribles pecados; un amor que es constante, no termina, ni disminuye.

Un amor que se ha revelado en Cristo, que entregó su vida por los pecadores, que se da diariamente como alimento en la Eucaristía, que está siempre esperando para perdonar. Un amor que sale al encuentro del necesitado.

Amar como ama Cristo significa asumir la condición de servidor de los hermanos, como hizo Cristo al lavar los pies de los discípulos. Significa abandonar toda posición y comodidad para correr en ayuda de quien nos necesita. Significa poner a disposición de nuestros hermanos todo lo que somos y tenemos.

4. Jesucristo vino a hacernos capaces de otro amor. No se trata de amar al otro por la utilidad que nos da o el deleite que nos proporciona. El amor que nos pide Jesús es buscar el bien de la persona. Lo que caracteriza al verdadero amor es el desinterés, la generosidad.

Jesús añade que al cumplir este mandamiento nuevo todos los hombres sabrán quiénes son los discípulos de Jesús. El amor, por tanto, es el distintivo de la autenticidad cristiana.

¡Qué lección, qué programa nos propone Jesucristo!

Se cuenta que en los primeros tiempos de la Iglesia, los paganos quedaban sorprendidos por la forma en que ellos se amaban, y atraídos por este ejemplo se acercaban al cristianismo.

Pidamos a Jesús que nos conceda este mandamiento nuevo. Que él deposite en nuestro corazón la posibilidad y la fuerza que necesitamos para amar sin medida a todos hasta dar la vida.

Si verdaderamente llegamos a amar a todos de esta manera, entonces nuestra vida será como un evangelio que todos podrán leer para conocer a Jesucristo.

Que Nuestra Señora de la Pascua acompañe y proteja a esta comunidad parroquial para que sea sal de la tierra, luz del mundo y levadura de Dios para la historia.

Card. Luis Héctor Villalba, arzobispo emérito de Tucumán
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