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Misa Crismal 2019
Homilía del Cardenal Mario Aurelio Cardenal Poli, arzobispo de Buenos Aires, durante la Misa Crismal (18 de abril de 2019)

Isaías 61, 1-3ª.6ª.8b-9; Salmo 88, 21-22.25.27; Apocalipsis 1, 4b-8; Lc 4, 16-21

Queridos sacerdotes y diáconos, hermanos y hermanas consagrados y pueblo fiel, que siempre nos acompañan:

El Domingo de Ramos hemos escuchado las palabras de Jesús, próximo a su Pasión: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión» (Lc 22,15). Igualmente, cómo no sentirnos interpelados cuando el Maestro, en un contexto de traición y negación, y con la mansedumbre que siempre nos conmueve, parece decirnos: «Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas» (Lc 22,28).

La liturgia de la Misa Crismal nos ofrece la oportunidad de responder a ese ardiente deseo del Señor que nos eligió para confiarnos el ministerio sacerdotal; la Iglesia invoca al Espíritu Santo y vuelve a abrir las fuentes de los óleos para renovar nuestro compromiso de celebrar el misterio pascual, aun en medio de las pruebas. Por eso comienzo por invitarlos a dar gracias por el don sacerdotal con que Jesús quiso asociarnos a su misión salvadora. Aceptemos que no es poca cosa que, muy a pesar de nuestras pobrezas y limitaciones, sigamos haciendo sombra y estemos juntos para renovar el entusiasmo que necesita el ejercicio de la caridad pastoral, para gastarnos y desgastarnos por el Evangelio de Jesús, en su Iglesia.

Según el itinerario que nos revela el evangelio de San Lucas, Jesús viene del desierto; acaba de enfrentarse con el poder del mal, tan presente en todos los aspectos oscuros de la existencia humana. Con su victoria sobre Satanás, manifestó el poder que tenía la Palabra para triunfar sobre el reino de las tinieblas.

El Espíritu Santo que recibió en el bautismo y lo llevó al desierto, ahora conduce a Jesús al pueblo de su infancia y juventud, para que proclame cuál es la misión que recibió de su Padre. Lo hace entre sus paisanos, en la austera sinagoga de Nazaret. Era sábado y el hijo del carpintero, «como de costumbre» proclama la palabra y la comenta. Jesús encuentra un pasaje del libro de Isaías y conforme va leyendo, se manifiesta una plena identificación entre el personaje que describe el profeta y su persona; hace suya la profecía y la asume como programa de su vocación salvífica. Para llevarla a cabo es consagrado por la unción como profeta, para dar a los pobres la Buena Noticia de liberación y perdón de Dios para todos. El Espíritu lo unge como rey que es, para anunciar la libertad a los cautivos y oprimidos. Y la unción se derrama sobre Jesús como sacerdote, para proclamar un jubileo, un año de gracia para perdonar las deudas y dar libertad a los presos y esclavos. Es el Ungido del Señor que pasará haciendo el bien, es el Mesías de Dios que hará pasar de la oscuridad a la luz a todos los pueblos que caminan en tinieblas (cfr. Lc 4,18; Is 9,1), como sucede con los ciegos que recuperan la vista.

Jesús, al aplicar sin más las palabras de la Escritura a su persona, levanta el velo de sus años de juventud y trabajo en la carpintería de su padre José, y se revela ante sus conocidos con una luz nueva, asumiendo el papel de Mesías, al que el profeta Isaías había presentado con la imagen de un servidor sufriente de Dios. Su misión es el cumplimiento de todas las promesas de Dios a su pueblo y las lleva a cabo como el verdadero Siervo de Dios, proclamado en el pasaje de Isaías. La unción será su fortaleza en el ministerio público, no obstante, predominará su gran misericordia y mansedumbre para con los pequeños y pecadores.

San Lucas describe la escena y pone de relieve la atención que despertó su presencia y la expectativa por su comentario, que fue breve y definitivo: «Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír (Lc 4, 21). Al comienzo de su actividad pública Jesús representa el «hoy de la salvación» que se ha realizado en su persona. El adverbio «hoy» señala que Él es la «plenitud del tiempo» (Gal 4,4), en el que se cumple lo prometido por Dios en las alianzas; es el momento de gran alegría de «todos los que esperaban la redención de Israel» (Lc 1,38). Hay momentos que son claves en el evangelio de Lucas donde el «hoy» une la persona del Señor con la alegría de la salvación esperada: así sucede en el nacimiento, cuando el ángel del Señor anuncia a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11). Imaginemos la alegría de Zaqueo cuando recibió la visita de Jesús, que le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 9-10). Contemplemos la consoladora alegría del «buen ladrón» quien padecía la crucifixión junto a Jesús y lo confesó como Mesías. Las palabras del Señor no lo defraudaron: «Yo te aseguro que “hoy” estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

Si el encuentro con Jesús es la ocasión para acceder al don de la salvación, como le ocurrió a Zaqueo y Dimas, dejemos que hoy, Él renueve el oficio de amor que hemos recibido de su mano.

Nos ayuda saber que la liturgia de esta Misa despliega ante nuestros ojos el rito de la bendición de los óleos y entre ellos, el Santo Crisma. Los sacerdotes no quedamos indiferentes si pensamos que nuestras manos fueron ungidas con óleo de alegría, para consagrar, bendecir, dispensar sus misericordias y celebrar los misterios de la salvación para todos los que desean encontrarse con Dios.

La belleza del don sacerdotal se convierte en gozo pastoral cuando se comparte y reparte en el ministerio cotidiano. Gastarnos y desgastarnos en la caridad pastoral será siempre una oportunidad para vivir la alegría del servicio. Por el contrario, cuando al don se lo escatima y se lo esconde, acumula tristeza y desencanto; cuando esto sucede, perdemos una fuente privilegiada de nuestra espiritualidad presbiteral.

El Sínodo, que desde sus humildes comienzos fue dando pasos para escuchar y discernir qué es lo que Dios quiere «hoy» para nuestra Iglesia porteña, es un regalo del Espíritu Santo, que siempre busca renovar la unción recibida en la ordenación. Así lo entendí desde el primer momento, y atendiendo al consejo del Papa Francisco, escribí en la Carta Pastoral: «El camino del Sínodo prosigue escuchando a los Pastores»(1). Para hacer camino en el Sínodo Arquidiocesano, contamos con la valiosa ayuda de los sacerdotes y diáconos, quienes, como pastores de un inmenso y variado rebaño, al frente de las comunidades, conocen de cerca las necesidades e inquietudes de sus fieles. Son los que en el ritmo cotidiano de la evangelización, toman el pulso a los reales desafíos urbanos de la gente. Comparten alegrías y sufrimientos, y llevan el consuelo de la fe a todos. Son, sin dudar, la voz autorizada para aportar al Sínodo sus necesarias reflexiones sobre las áreas más descuidadas de la pastoral urbana y es de esperar de todos ellos, que nos acerquen a las asambleas sinodales los rostros de familias y situaciones humanas que habrá que iluminar con una presencia más cercana de la Iglesia (2).

El camino sinodal que vamos promediando, entre luces y sombras, no pierde de vista su objetivo de prepararse mejor para la evangelización de nuestra ciudad. Para ello necesitamos que Dios, quien sabe cómo llegar a lo más íntimo de nuestro ser, nos renueve con su Santo Espíritu de amor y de consuelo, para que volvamos siempre al primer amor, que nos permita gustar de «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»(3).

Quiero compartir con ustedes, hermanos sacerdotes, las palabras inici-les del Papa Francisco en la Exhortación Apostólica a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios: «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza»(4).

El deseo de mis hermanos obispos y también mío, es que «hoy», fijando la mirada en el Crisma que todos vamos a bendecir, y haciendo memoria agradecida de la ordenación, vivan la alegría de ser sacerdotes de Jesús. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Card. Mario Aurelio Cardenal Poli, arzobispo de Buenos Aires

Notas:
(1) Discurso del Papa Francisco en la Conmemoración del 50° Aniversario de la Institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015.
(2) Pastoral con motivo del inicio del I Sínodo de la Arquidiócesis de la Santísima Trinidad de Buenos Aires, 2017-2020, 8.
(3) Pablo VI, Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 80: AAS 68 (1976), 75.
(4) Papa Francisco, Exhort. Ap. Christus vivit, 1 y2.
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