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Carta a todos los miembros del santo Pueblo de Dios que camina en Buenos Aires
Carta pastoral del cardenal Mario Aurelio Cardenal Poli, arzobispo de Buenos Aires sobre el sínodo arquidiocesano (Solemnidad de la Santísima Trinidad, domingo, 16 de junio de 2019)
Iglesia y Sínodo son la misma palabra.
San Juan Crisóstomo

Estas palabras que llegan a ustedes fueron imaginadas, pensadas y escritas durante los días que transcurrieron desde las solemnidades de Pentecostés a la Santísima Trinidad, misterio insondable, bajo cuya protección está nuestra Arquidiócesis de Buenos Aires. Con estas dos grandes fiestas comenzamos un tiempo de gracia que recorre todo el año cristiano.

Han pasado dos años desde que los invitaba a «contemplar nuestra realidad urbana y sus habitantes con los ojos de Cristo» porque esa mirada pastoral «nos da una dimensión esperanzadora y nos anima a seguir trabajando para su causa»(1). Con el deseo de cumplir esa misión, comenzamos nuestro Sínodo Arquidiocesano, caminando juntos, bajo el impulso del Espíritu Santo, el que siempre nos devuelve la mirada a lo esencial de la fe. En ese camino, la «escucha» fue una actitud fundamental que se hizo oración de petición al Padre misericordioso: «… queremos ponernos en camino, a la escucha de la Palabra de tu Hijo y escuchándonos entre nosotros»(2).

El Papa Francisco nos animó a emprender este camino: «Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, […] uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo»(3), con lo cual fuimos descubriendo juntos que el verbo «escuchar» hay que conjugarlo en un continuo presente, porque sería una veleidad pensar que ya no tengo nada que aprender de los demás. Por eso aspiramos a que en el futuro la «escucha atenta» sea un modo de ser Iglesia en Buenos Aires. Si este ejercicio fue motivo de encuentro en las comunidades, podemos decir que estamos caminando juntos y que se están dando las bases para una renovada conversión misionera. Vale recordar que, en definitiva, celebramos un Sínodo para salir al encuentro de las presencias de Cristo en nuestros barrios (cfr. Mt 25).

Como porteños, no podemos negar que tenemos historia, lenguaje y cultura propia –también mañas y picardías que nos pintan de cuerpo entero–, y el Sínodo fue dando pasos conforme a nuestra idiosincrasia e identidad. No nos ha de asombrar que el entusiasmo sinodal de unos, se encontró con el pesimismo o indiferencia de otros. Desde el inicio propuse que el modo de presentar el Sínodo debía ser por la vía de la persuasión y la atracción, y nunca por la imposición, ni menos por compulsión. Es posible que el camino recorrido no ofrezca los frutos esperados para los más ansiosos. No obstante, hay signos que nos dejan avizorar nuevos brotes de esperanza para la misión urbana, comenzando por los niños que celebran el «Sinodito», compartiendo y encontrándose en el juego y la oración. También se puede apreciar en los jóvenes, que masivamente celebraron la última Vigilia de Pentecostés, organizada con un fuerte sello sinodal. Son las nuevas generaciones de cristianos que nos sucederán; y así como crecen incorporando nuevas tecnologías, del mismo modo van adquiriendo el saludable lenguaje y estilo sinodal que los hace protagonistas en la vida de la Iglesia.

En uno de sus últimos mensajes, el Papa Francisco llamó a contemplar la juventud de la Iglesia que «en sus momentos más trágicos siente el llamado de volver a lo esencial de su primer amor»(4), y «para ser creíble entre los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y sencillamente escuchar, reconocer en lo que dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir mejor el Evangelio»(5). Este es el camino que nos hemos propuesto transitar con la ayuda del Espíritu Santo, para que nuestra Iglesia, a punto de cumplir 400 años de vida (1620-2020) –cargada de historia y de tradiciones–, renueve su juventud y belleza, escuchando a sus hijos, a la vez que se deja cuestionar; y de esa manera será capaz de acoger los sueños de los niños, jóvenes, adultos y ancianos, y aun de aquellos que se alejaron de nuestras comunidades. Así evitará convertirse en un museo, interesante para anticuarios y coleccionistas, pero no para una Iglesia que desea ser misionera y misericordiosa, y prepararse mejor para anunciar la Buena Noticia de Jesús a «Mi Buenos Aires querido», como le sigue cantando Carlos Gardel.

Queremos llegar lejos con el Sínodo, a los más distanciados, a los que no cuentan, ni nadie mira. No podemos hacerlo sin recibir «la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Santo Espíritu cada día»(6).

Quiero agradecer y abrazar a todos los laicos, consagrados y sacerdotes que se echan al hombro la responsabilidad de animar, organizar y ordenar la enorme labor de la escucha y la marcha del Sínodo; así como a aquellos teólogos y pastores que están asumiendo la delicada tarea de leer, estudiar y enriquecer con su ciencia y experiencia, cuidando de que no se pierda la inestimable riqueza del aporte de todos los consultados: sus deseos, comentarios, ideas, críticas y visión de la Iglesia.

Les quiero pedir a todos los miembros del Santo Pueblo de Dios un esfuerzo más en este último tramo del Sínodo, que no busca éxitos humanos ni quiere dar respuestas fáciles a desafíos pastorales muy complejos, sino solo desea escuchar la voluntad de Dios, la que muchas veces sabe decirnos cosas sabias por boca de su pueblo y por sus manifestaciones religiosas en un auténtico catolicismo popular. No obstante, a pesar de nuestras limitaciones y carencias –sin experiencia en la celebración de un Sínodo–, pero gracias al arduo trabajo realizado por muchos de ustedes, ya se nos adelantan algunos frutos de la escucha.

Para seguir caminando con alegría, viene en nuestra ayuda el «Espíritu de amor que nos impulsa, para hacer de nuestro Sínodo un espacio de comunión y renovación»(7). Uno de los días que precedieron a Pentecostés escuchamos la alentadora palabra de un Padre de la Iglesia que nos decía: «Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás»(8). ¡Con tan fiel amigo, no podemos desanimarnos!

Vamos adelante confiando en el tesoro inagotable del Evangelio, capaz de iluminar toda realidad humana y de dar un nuevo sentido a la vida del que lo recibe de corazón. Pongamos nuestra confianza en el Dios de la Vida, en «aquel que tiene sumo poder para hacer muchísimo más de lo que pedimos o pensamos» (Ef 3,20).

Madre del Buen Ayre, no nos desampares. San Martín de Tours, ruega por nosotros

En la Solemnidad de la Santísima Trinidad, domingo 16 de junio de 2019.

Card. Mario Aurelio Cardenal Poli, arzobispo de Buenos Aires

Notas
(1) Carta Pastoral con motivo del inicio del primer Sínodo Arquidiocesano, Pentecostés 2017, 26.
(2) Oración por el Sínodo Arquidiocesano.
(3) Cfr. Discurso en la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (17 de octubre de 2015).
(4) Exhortación postsinodal Christus vivit (Vive Cristo), a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, 34.
(5) Christus vivit (Vive Cristo), 41.
(6) Christus vivit (Vive Cristo), 34.
(7) Oración por el Sínodo Arquidiocesano.
(8) De las Catequesis de San Cirilo de Jerusalén, obispo.
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