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Chascomús, 11 febrero del 2020.


“Vayan… y enseñen…” (Mt. 28, 19-20)

Queridos hermanos y hermanas:
Al rezar esta carta tenía delante de mí a las comunidades educativas en su totalidad: alumnos y sus familias, docentes, directivos y representantes legales, personal de maestranza y administrativo. Con todos quisiera compartir algunas reflexiones y decisiones respecto de la Educación Católica en nuestra diócesis.

La Escuela Católica es un medio privilegiado de evangelización, así lo considera la Iglesia. El Papa Francisco hace un tiempo expresó: La educación es una gran obra en construcción, en la que la Iglesia desde siempre está presente con instituciones y proyectos propios. Hoy hay que incentivar ulteriormente este compromiso en todos los niveles y renovar la tarea de todos los sujetos que actúan en ella desde la perspectiva de la nueva evangelización .

Muchas personas que hoy viven, celebran y testimonian su fe, han crecido en ella dando sus primeros pasos en comunidades educativas inspiradas por el Evangelio. Comunidades vivas, de creyentes, discípulos misioneros de Jesús, en las cuales se experimentan vínculos de fraternidad, se cuida la vida y se acompaña a los más débiles, se pone en diálogo la fe y la cultura, se crece en la vida según el Espíritu. Comunidades que, en definitiva, favorecen el encuentro personal de los niños, jóvenes y familias con el Señor. Eso merece ser destacado y agradecido.

Educar hoy es, cada vez más, una tarea compleja, de largo aliento, y al mismo tiempo entusiasmante y esperanzadora. El cambio epocal que venimos transitando nos hace encontrar graves dificultades para transmitirles a las nuevas generaciones los valores fundamentales del Evangelio y que sean una “regla de vida” para ellos, pero nunca podemos conformarnos con reducir la labor educativa a la transmisión de habilidades y conocimientos para el “hacer” solamente.

En muchos casos la escuela ya no es una comunidad viva donde se anuncia y celebra, se cuida y se acompaña la fe; por lo que no podemos desconocer que, en ocasiones, las escuelas católicas quedan lejos de plasmar sus ideales e inspiraciones en proyectos educativos capaces de incidir en la vida de las personas. Es quizás una de las graves consecuencias ad intra de la llamada “emergencia educativa” .

En consecuencia, me atrevo a decir que sin educación se ven afectadas tres dimensiones del desarrollo humano: 1) La dimensión antropológica, en tanto que es urgente recuperar la centralidad del humanismo cristiano, la relación de la escuela con las familias y acompañar en su integralidad los procesos formativos de la persona humano; 2) La dimensión pedagógica: es urgente revisar los métodos, sus fundamentos y metodologías, orientadas a promocionar el desarrollo integral de cada persona y su entorno; 3) La dimensión trascendente a partir de lo que Francisco denomina la “ecología integral”: sin una visión trascendente de la vida, del mundo, de la naturaleza, es imposible hoy anunciar el Evangelio.

Esta es la urgencia de la educación católica hoy, repensarse desde sus fundamentos educativos para ofrecer a los niños, niñas y adolescentes un espacio de cuidado, protección y promoción integral abiertos al mensaje de Jesús para sus vidas y las de sus familias.

La escuela católica ha sido y sigue siendo “tierra de misión”. La Iglesia a través de la escuela está presente y llega a lugares a los que de otra manera no le sería posible. Por lo que, al reflexionar sobre ella, no podemos dejar de unir a la “emergencia educativa” que experimenta, la “emergencia evangelizadora” de la que les hablé en la carta que envié a toda la diócesis en la Fiesta del Bautismo del Señor . Vuelvo a poner de manifiesto que debemos tener una lúcida y serena conciencia de la amplitud y profundidad de los cambios culturales que atravesamos, pero también ser sensibles y dejarnos interpelar por la sed de Dios y la búsqueda de espiritualidad de muchos, particularmente de nuestros jóvenes. En medio de las heridas, la violencia y el bombardeo ideológico que padecen, en algunos de ellos reconocemos “un deseo de Dios, aunque no tenga todos los contornos del Dios revelado”. En otros vislumbramos “un sueño de fraternidad”, “una búsqueda de armonía con la naturaleza”, “una gran necesidad de comunicación”, en definitiva, un profundo deseo de “una vida diferente” y de “aportarle algo al mundo”. “Se trata de verdaderos puntos de partida, fibras interiores que esperan con apertura una palabra de estímulo, de luz y de aliento” . Debemos reconocer que no siempre hemos podido, tenemos una deuda con ellos. Esto nos habla claramente de la “emergencia evangelizadora” en la que nos encontramos como Iglesia y que nos estimula para que, con el ardor y la creatividad del Espíritu del Amor, nos renovemos en la identidad y misión que hemos recibido del Señor: “Vayan y anuncien…” (Mc. 16, 15).

Entonces, ¿cómo proponer a los niños, niñas y adolescentes una experiencia de fe que posibilite la transmisión, de generación en generación, de algo válido y cierto, reglas de vida que posibiliten un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades?

Por lo general, la educación tiende a reducirse a la transmisión de contenidos doctrinales, determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras.

Vemos, con cierta perplejidad, que hay adolescentes y jóvenes que egresan de nuestras escuelas con proyectos de vida individualistas, de escasa sensibilidad espiritual, incluso con un fuerte rechazo a la Iglesia y no conociendo al Señor o, lo que es peor aún, conociéndolo mal. ¿Es un fracaso? No lo sabemos; nos toca sembrar. Pero ciertamente necesitamos revisar con honestidad lo que hacemos, para preguntarnos en qué medida estamos siendo creativos, empáticos y evangélicos en nuestro modo de proyectar y llevar adelante la evangelización en nuestras escuelas. No podemos desertar de la misión que hemos recibido.

Habitamos en una atmósfera cultural que nos desafía, y a su vez nos impulsa a repensar nuestro modo de concebir la evangelización en la escuela. Para ello urge recrear entre todos, a través de líneas y acciones concretas, mediaciones educativas y pastorales acordes a los tiempos presentes, que en verdad lleguen al corazón de las niñas, niños y adolescentes; y también de sus familias. Priorizando la formación de los educadores, su acompañamiento y crecimiento espiritual que es sin duda otro de los desafíos que necesitamos seguir asumiendo. Tenemos una deuda con las familias y los docentes.

En nuestra diócesis contamos con 40 servicios educativos católicos. La mayoría pertenecientes al Obispado, y algunos otros a Congregaciones Religiosas. Conozco, valoro y agradezco la generosidad de muchos directivos, maestros y profesores, preceptores y porteros… educadores cada uno de ellos en su tarea. Al escucharlos y ver todo lo que hacen, observo también que necesitan mucho acompañamiento en su misión de educadores cristianos, participes y protagonistas de la misión educadora de la Iglesia.

La JUREC , en estos últimos años, realizó un trabajo de enorme valor en la animación y conducción de esta trascendente área. Quisiera destacar su preocupación por las particularidades de las distintas escuelas, el nombramiento de directivos y representantes legales, el ordenamiento administrativo de muchas instituciones, la asesoría frente a urgencias, la organización de encuentros para directivos y alumnos, el impulso de proyectos significativos de Catequesis, Educación Sexual Integral, como lo han sido “Pastoral en los Colegios” y “Educación para el amor” que han contribuido a plasmar la cosmovisión humanista y cristiana del ideario institucional en la currícula.

Deseo agradecer a los que hasta ahora fueron miembros de la JUREC. Valoro, al igual que ustedes, el trabajo asumido en el fortalecimiento institucional de las comunidades educativas.

En este momento, y a partir de la valoración del camino recorrido, creo necesario e impostergable dar un paso más, para continuar con la animación de la pastoral educativa. Por eso tomé la decisión, luego de varias consultas, de realizar nuevos nombramientos en el equipo de la JUREC, que quedará conformado de la siguiente manera a partir del corriente mes de febrero: Prof. Juan Manuel Balabanian, Prof. Juan Ignacio Fuentes, Prof.a Analía Pulitti, Prof. Antonio Ruvira, Prof.a Fernanda Sallenave, y Hermana Débora Vargas. Ellos servirán en las distintas áreas de incumbencia de la JUREC: Área Pastoral; Área Pedagógica-docente; Área Equipos de conducción; Área Administrativo-contable; Área Representación legal.

Y en función de la sinodalidad, es decir, de la necesidad de caminar juntos, he pedido expresamente que acompañen la misión de la JUREC a los sacerdotes delegados en otras pastorales diocesanas fundamentales: Pbro. Juan María Menchacabaso (Delegado diocesano de Catequesis y la Infancia y adolescencia misionera), Pbro. Ezequiel Piccioni (Delegado diocesano de Pastoral Juvenil y Vocacional) y Pbro. Maximiliano H. Turri (Delegado diocesano para Cáritas y Pastoral Social).

La primera indicación que he dado a este nuevo equipo, es que esté muy cerca de cada escuela, escuchando, alentando, y proponiendo acciones locales de formación y animación pedagógica y espiritual. Muchos de ellos, son docentes con larga experiencia en el aula. Y ante todo son educadores, hombres y mujeres de fe cuyo modelo es Cristo Maestro.

Es por ello que, próximamente, ellos se pondrán en contacto con los directivos de las escuelas, para ir coordinando la primera visita de conocimiento, escucha y animación. Les pido que los reciban con calidez, y que abran las puertas de sus escuelas a ellos con toda confianza, como quien acoge una oportunidad, sin temores ni resistencias, ya que se trata fundamentalmente de un apoyo a su propia tarea. Van en nombre del Señor y enviados por el Obispo.

Queridos hermanos y hermanas: debemos ser siempre conscientes de que educar buenos cristianos y ciudadanos comprometidos es una obra que no podemos realizar sólo con nuestras fuerzas, sino que necesitamos contar con la sabiduría y fortaleza del Espíritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él . Ábranle a Cristo, más todavía, de par en par, las puertas de sus corazones, de sus familias, de sus comunidades educativas. “¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno”.

Deseo de corazón que este nuevo paso, que implicará una inversión en tiempo, dinero y energías, ayude a nuestras escuelas para renovar y profundizar su impulso evangelizador y crecer en calidad educativa.
Quisiera expresarles de parte de todos los miembros del nuevo equipo y en nombre propio, nuestra disponibilidad y voluntad de trabajar juntos, abiertos a sus propuestas y sugerencias, en éste nuevo año pastoral y lectivo que comenzaremos, inspirados en el Evangelio de Jesús y de la mano de María, en el Año Mariano Nacional.

Que Ella nos anime a vivir nuestra vocación y servicio en las comunidades educativas siendo “animadores de la esperanza”.

Los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.

Monseñor Carlos H. Malfa, obispo de Chascomús


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