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Cuaresma 2013
Carta Pastoral de monseñor Adolfo A. Uriona, Obispo de Añatuya, para la Cuaresma 2013 (13 de febrero de 2013)


INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos:

Si Dios quiere el 13 de febrero celebraremos el Miércoles de Ceniza con el que iniciamos el tiempo de CUARESMA.

• La Cuaresma:

En este “tiempo fuerte” los cristianos nos disponemos para celebrar “el Misterio de la Pascua”, es decir la “pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo”.

Qué todos los fieles cristianos sepamos aprovechar realmente estos días de gracia a través de la lectura orante de la Palabra de Dios, de la oración personal, del ayuno y de la Eucaristía, De esta manera nos podremos asociar al Señor Jesús “entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación”.

• Una carta programática:

Por otra parte, ya se está haciendo tradicional que esta carta de cuaresma tenga una orientación “programática” que nos indique el rumbo del camino pastoral que queremos recorrer a lo largo del año. En este caso, hemos de ubicarla en relación al AÑO DE LA FE que nos propusiera el Papa Benedicto XVI.

Decíamos en la carta en la que motivaba para iniciar este Año de la fe que, desde hace tiempo, la fe de nuestro pueblo está en una “situación de emergencia” y los grandes cambios culturales someten a la religión del pueblo “a una crisis decisiva”. Juan Pablo II habló de “cristianos en riesgo” (1). En esto influyen decisivamente los medios de comunicación que crean desconfianza hacia la Iglesia y los valores que propone.

Por ello es fundamental renovar nuestra Fe católica tal como lo propone el Papa Benedicto XVI en la carta “Porta fidei”, en la que convoca a vivir el Año de la Fe:

Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo…”(2)

El Papa nos habla de “redescubrir el camino de la fe”. Esto significa que debemos empeñarnos en hacer un nuevo descubrimiento de este magnífico don recibido en el sacramento del Bautismo. Volverlo a valorar y a agradecer comprometiendo nuestra vida con las exigencias que comporta: el ser “hijos de Dios”.

Sólo lo podremos hacer si nos encontramos nuevamente con Jesucristo, haciendo una experiencia de su presencia real “en nosotros y entre nosotros”, como tantas veces lo hemos propuesto a lo largo de estos años de camino pastoral en la diócesis de Añatuya.

De acuerdo como lo venimos haciendo desde hace tiempo, queremos también transitar el año 2013 con un lema que nos marque el rumbo pastoral.

Por ello, luego de reflexionar en el Equipo de Animación Pastoral (EDAP) y en el Consejo presbiteral y, en consonancia con la verdad de fe de que a Cristo lo encontramos en su Iglesia, les propongo el siguiente:

“Seamos una Iglesia viva renovando nuestra fe”


“SEAMOS UNA IGLESIA VIVA…

¿Qué significa esto?.. ¿Qué consecuencias puede comportar para nuestra vida?..

a. Ante todo fe en la Iglesia

En este Año de la Fe, no sólo debemos encontrarnos de una manera nueva con Cristo, sino que debemos renovar nuestra fe en la Iglesia, Imagen de la Trinidad, Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios.

Por lo tanto, para poder creer en la Iglesia debemos tratar de conocer y comprender “qué es la Iglesia”, qué nos dice nuestra fe acerca de ella. En el Credo Niceno-Constantinopolitano, luego de profesar la fe en cada una de las personas de la Santísima Trinidad, rezamos:

“Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica”

Son las llamadas 4 notas de la Iglesia que expresan su esencia. Veamos, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, cada una de ellas.

1. “La Iglesia es Una:

Escribía el Apóstol San Pablo a los cristianos de Éfeso:

“Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.
Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida.
Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos” (Ef 4,3-6)

Y en el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer:

“La Iglesia es una porque tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones” (3)

Las divisiones en el seno de la Iglesia son fruto del pecado y hacen mucho daño al “Cuerpo de Cristo”, por ello, una Iglesia que quiere ser viva debe trabajar incansablemente para alcanzar la comunión.
2. La Iglesia es Santa:

“… Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Cf Ef 5, 25-27).

La santidad de la Iglesia es expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica de la siguiente manera:

“Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "inmaculada aunque compuesta de pecadores". En los santos brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa” (4)

La Iglesia es “santa” porque está animada por la presencia del Espíritu Santo. Ahora bien, también está necesitada de constante purificación porque está formada por nosotros que somos pecadores.

Por tanto, no debemos añorar una “Iglesia ideal” porque no existe aquí en la tierra sino que debemos aceptar y amar la “Iglesia real” en la cual estamos inmersos. Por otra parte, debemos redoblar nuestros esfuerzos, mediante una búsqueda sincera de la santidad personal y comunitaria, por embellecerla y mejorarla. La santidad de la Iglesia depende también de la santidad de sus miembros.

3. La Iglesia es Católica:

Al final del Evangelio de Mateo nos encontramos con este mandato de Jesús:

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16-20)

“La Iglesia es católica porque anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera" (AG 2). (5)

La palabra “Católica” significa “universal”, esto quiere decir que la Iglesia está en todo el mundo, es para todo el mundo y todos los tiempos. Todos los hombres están llamados a formar parte de ella.

Por eso es fundamental, en este Año de la Fe, renovar el espíritu misionero de nuestras comunidades a fin de que todos los hombres reciban el anuncio de la salvación anunciado por Jesucristo.

4. La Iglesia es Apostólica:

“Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». (Mt 16, 18-19)

“La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero” (Ap 21,14)

“La Iglesia es Apostólica porque está edificada sobre sólidos cimientos: "los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14); es indestructible (cf Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos. (6)

Creemos también que Jesús quiso edificar su Iglesia sobre “la Roca de Pedro” y el fundamento de los apóstoles. El Papa es el sucesor de Pedro y los Obispos los sucesores de los apóstoles. Los mismos tienen la delicada misión de pastorear la Iglesia de Jesús, conduciendo el rebaño de acuerdo a la voluntad del único Pastor, Cristo Jesús.

"La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica... subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sin duda, fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad (LG 8) (7)

b.
Una Iglesia revitalizada

Como decíamos, si bien la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo también la conformamos nosotros que somos pecadores y por tanto debe renovarse constantemente. Y así como hay una “conversión personal” también debe haber una “conversión eclesial”.

Utilizando el lenguaje del Documento de Aparecida, podemos hablar de una “conversión pastoral”(8) , que ayude a superar las “estructuras caducas y envejecidas” que existen en nuestra iglesia y que le impide el anuncio eficaz del evangelio.

Creo que debemos seguir profundizando en este concepto porque nos proporciona elementos interesantes a la hora de buscar la renovación de nuestra Iglesia diocesana.

La propuesta de “conversión pastoral” la proponíamos a través de las 4 líneas que venían orientando nuestro trabajo pastoral, desde el Jubileo diocesano. Conviene volverlas a recordar nuevamente:

1ª. La misión permanente: “…La Iglesia existe para evangelizar. Tiene como centro de su misión convocar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo” (9)

Decíamos que debemos continuar en “misión permanente”, manteniendo una “tensión y disposición misionera”, primeramente los sacerdotes y luego los demás agentes pastorales.

2ª. La renovación de las parroquias: éstas han de tener una clara “función mediadora” a fin de que nuestro pueblo pueda, a través de las mismas, encontrarse con el Señor. La parroquia ha de ser “comunidad de comunidades” donde todos se sientan parte y protagonistas.

3ª. El compromiso laical: es imprescindible que se despierte en nuestra diócesis el compromiso de los laicos para una tarea más protagónica en la evangelización.
. Finalmente debemos intensificar la animación bíblica de toda la pastoral.

Pienso que estas 4 líneas deben seguir orientando nuestro deseo de renovar nuestra Iglesia particular de Añatuya dentro del marco del Año de la Fe que estamos celebrando. Su vitalidad depende de cómo nos comprometamos con seriedad todos los agentes pastorales a hacerlas efectivas.

…RENOVANDO NUESTRA FE”

“…Sin la fe es imposible agradar a Dios, porque aquel que se acerca a Dios debe creer que él existe y es el justo remunerador de los que lo buscan” (Heb 11,6)

El Papa, como Sucesor de Pedro, nos invita a “redescubrir el camino de la fe(10) .

Es una invitación a renovar la Fe que recibimos en el bautismo y que quizás esté apagada o dormida. Ya mencionamos algo de este tema en la carta pastoral con motivo del inicio del Año de la Fe. (11)

1. La posibilidad de la fe

Ahora bien, frente a un mundo cada vez más fascinado por la ciencia y la técnica y que se manifiesta cada vez más indiferente ante la auténtica fe, nos preguntamos: ¿cómo el hombre puede abrir su mente y su corazón para creer en el Dios que se hizo visible en Jesucristo, su enviado y que anunciamos desde la Iglesia?

La Palabra de Dios viene en respuesta a este interrogante. En la misma nos encontramos con aquellos “modelos de fe”, los primeros que experimentaron el llamado de Dios y respondieron con generosidad. Tomemos del libro del Génesis el ejemplo de Abraham, el “padre de nuestra fe”:

“El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.
Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra».

Abram partió, como el Señor se lo había ordenado, y Lot se fue con él. Cuando salió de Jarán, Abram tenía setenta y cinco años” (Gen 12, 1-4)

a. Así como le sucedió a Abraham, en el camino de la fe es siempre Dios quien toma la iniciativa, por lo tanto debemos decir que nosotros podemos creer en Dios porque Él, en su infinito amor, se acerca a nosotros, nos llama y nos toca.

Como dice el Apóstol San Juan en su primera carta: “Y el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (1Jn 4, 10)

Así pues la fe es ante todo un don sobrenatural, un don del Dios-Amor que nos amó primero. El concilio Vaticano II afirma: «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad»(12)

El comienzo de nuestro camino de fe es el bautismo, el sacramento que nos dona el Espíritu Santo, convirtiéndonos en hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia.

b. Luego, debemos agregar que, si bien la fe es un don de Dios, sin embargo es también un acto profundamente libre y humano.

Abraham creyó en el llamado de Dios y, dejando las seguridades de su patria, libremente se puso en camino hacia una tierra desconocida. Nadie lo obligó a ponerse en marcha hacia lo desconocido, simplemente respondió con fe y generosidad a ese misterioso llamado de Dios. Por eso es nuestro “padre en la fe”.

El Catecismo de la Iglesia católica lo dice con claridad:

«Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre»(13)

Es más, las implica y exalta dado que la fe es como un éxodo, un salir de uno mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos indica su camino para conseguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la alegría verdadera del corazón.

c. Finalmente podemos decir que, creer es confiar, esto es fiarse con toda libertad y con alegría del proyecto providencial de Dios sobre la historia, como hizo el patriarca Abrahán, como hizo María de Nazaret.

Así pues la fe es un asentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este «sí» transforma la vida de toda persona que lo pronuncia, le da un nuevo sentido, la hace rica de alegría y de esperanza.

La fe, por tanto, es acoger este mensaje transformador en nuestra vida, es acoger la revelación de Dios, que nos hace conocer quién es Él, cómo actúa y cuáles son sus proyectos de amor para nosotros.

2. La fe es personal y comunitaria (eclesial)

La fe, ante todo, es un acto personal en el que le respondemos a Dios que nos llama a través de nuestra inteligencia y libertad.

Pero este creer mío no es el resultado de un pensamiento mío, sino que es fruto de una relación, de un diálogo, en el que hay un escuchar, un recibir y un responder. Es como un renacimiento en el que me descubro unido no sólo a Jesús, sino también a cuantos han caminado y caminan por la misma senda; y este nuevo nacimiento, que empieza con el bautismo, continúa durante toda la vida.

No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia. Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria: puede ser “mi fe” sólo si es “nuestra fe”, la fe común de la única Iglesia.
Los domingos, en la santa misa, recitando el «Credo» nos expresamos en primera persona -decimos “Creo”-, sin embargo confesamos de manera comunitaria esa única fe de la Iglesia.

“Creer”, por tanto, es un acto comunitario, un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” [San Cipriano]» (13)

La Iglesia, por lo tanto, desde el principio es el lugar de la fe, el lugar de la transmisión de la fe, el lugar donde, por el bautismo, se está inmerso en el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Cristo, que nos libera de la prisión del pecado, nos da la libertad de hijos y nos introduce en la comunión con el Dios Trinitario. Al mismo tiempo estamos inmersos en la comunión con los demás hermanos y hermanas de fe, con todo el Cuerpo de Cristo. El Concilio Vaticano IIº recuerda: «Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa» (15)

En un mundo en el que el individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas cada vez más frágiles, la fe nos llama a ser Pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para todo el género humano.

Necesitamos la Iglesia para tener confirmación de nuestra fe y para experimentar los dones de Dios: su Palabra, los sacramentos, el apoyo de la gracia y el testimonio del amor.

3. Un rasgo característico de la fe: la oscuridad

La apertura del alma a Dios y a su acción en la fe incluye también el elemento de la oscuridad.
La relación del ser humano con Dios no cancela la distancia entre Creador y criatura, no elimina cuanto afirma el apóstol Pablo ante las profundidades de la sabiduría de Dios: “¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos!” (Rm 11, 33).

El camino de fe de Abrahán comprende el momento de alegría por el don del hijo Isaac, pero también el momento de la oscuridad, cuando debe subir al monte Moria para obedecer la orden de Dios que le pedía que sacrifique el hijo que le había dado. En el monte el ángel le ordenó: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único» (Gn 22, 12). La plena confianza de Abrahán en el Dios fiel a las promesas no disminuye incluso cuando su palabra es misteriosa y difícil, casi imposible de aceptar.

Así es para María; su fe vive la alegría de la Anunciación, pero pasa también a través de la oscuridad de la crucifixión del Hijo para poder llegar a la luz de la Resurrección.

Debemos aprender de Ella, la mujer totalmente abierta a Dios, que acepta el querer divino, incluso si es misterioso, también si a menudo no corresponde al propio querer y es una espada que traspasa el alma, como dirá proféticamente el anciano Simeón a María, en el momento de la presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 35).

No es distinto incluso para el camino de fe de cada uno de nosotros: encontramos momentos de luz, pero hallamos también momentos en los que Dios parece ausente, su silencio pesa en nuestro corazón y su voluntad no corresponde a la nuestra, a aquello que nosotros quisiéramos.

Pero cuanto más nos abrimos a Dios, acogemos el don de la fe, ponemos totalmente en Él nuestra confianza -como Abrahán y como María-, tanto más Él nos hace capaces, con su presencia, de vivir cada situación de la vida en la paz y en la certeza de su fidelidad y de su amor. Sin embargo, esto implica salir de uno mismo y de los propios proyectos para que la Palabra de Dios sea la lámpara que guíe nuestros pensamientos y nuestras acciones.

4.Algunos frutos del “camino de la fe”

a.El deseo de Dios:

El Catecismo de la Iglesia católica nos dice:

«El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (16)

Como dice el Papa Benedicto XVI es posible también en nuestra época, aparentemente tan refractaria a la dimensión trascendente, abrir un camino hacia el auténtico sentido religioso de la vida, que muestra cómo el don de la fe no es absurdo, no es irracional.

Sería de gran utilidad, a tal fin, promover una especie de “pedagogía del deseo”, tanto para el camino de quien aún no cree como para quien ya ha recibido el don de la fe. Una pedagogía que comprende al menos dos aspectos:

a. En primer lugar aprender o re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida. No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación de vacío.

Educar a nuestros niños, desde pequeños, a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito de la existencia -la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por las bellezas de la naturaleza-, significa ejercitar el gusto interior y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y la “chatura” hoy tan difundidos. Igualmente los adultos necesitan redescubrir estas alegrías, desear realidades auténticas, purificándose de la mediocridad en la que pueden verse envueltos.

b. Un segundo aspecto, que lleva el mismo paso del precedente, es no conformarse nunca con lo que se ha alcanzado. Precisamente las alegrías más verdaderas son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes -querer un bien más alto, más profundo- y a percibir cada vez con mayor claridad que nada de este mundo puede colmar nuestro corazón.
Incluso en el abismo del pecado no se apaga en el hombre esa chispa que le permite reconocer el verdadero bien. No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios.
San Agustín también afirmaba: «Con la espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo se dilata el alma, y dilatándola la hace más capaz» (17)

b. Un conocimiento de Dios que lleva al amor:

Una fe renovada permite un saber auténtico sobre Dios que involucra toda la persona humana. Es un «saber», esto es, un conocer que da sabor a la vida, un gusto nuevo de existir, un modo alegre de estar en el mundo.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16)
Este conocimiento de Dios a través de la fe no es por ello sólo intelectual, sino vital, es todo el ser humano que se ve comprometido en él.

El amor de Dios además hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, más allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo que domina en esta cultura posmoderna y que no le permite encontrar al hombre el verdadero rumbo.

Esta es la consecuencia que, como lo señala el Apóstol San Juan, debe sacar toda persona que toma conciencia de la iniciativa del amor de Dios en su vida: “Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4,11)

La fe se expresa en el don de sí por los demás, en la fraternidad que hace solidarios, capaces de amar sincera y concretamente a nuestro prójimo, venciendo la soledad que entristece. La Fe nos conduce a la Caridad.

c. Santificación y testimonio

Es en la comunidad eclesial donde la fe personal crece y madura; de esta manera, alcanza la santidad a la cual está llamado, según lo afirma con toda claridad el Concilio Vaticano IIº:

“Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes., 4,3; Ef., 1,4) (18)

Escribe San Pablo al iniciar la segunda carta a los Corintios:

“Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, junto con todos los santos que viven en la provincia de Acaya” (2 Cor 1,1)
Es interesante observar cómo en el Nuevo Testamento la palabra «santos» designa a los cristianos en su conjunto, y ciertamente no todos tenían las cualidades para ser declarados santos por la Iglesia (menos los cristianos de Corinto que tantos problemas tenían…)
¿Entonces qué se quería indicar con este término?

El hecho de que quienes tenían y vivían la fe en Cristo resucitado estaban llamados a convertirse en un punto de referencia para todos los demás, poniéndoles así en contacto con la Persona y con el Mensaje de Jesús, que revela el rostro del Dios viviente.

Y esto vale también para nosotros: un cristiano que se deja guiar y plasmar poco a poco por la fe de la Iglesia, a pesar de sus debilidades, límites y dificultades, se convierte en una especie de ventana abierta a la luz del Dios vivo que recibe esta luz y la transmite al mundo.
El beato Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris missio, afirmaba que “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (19)

CONCLUSIÓN:

En síntesis, para este Año de la Fe el Papa Benedicto XVI nos invita a revitalizar la Fe, partiendo de un encuentro personal con Jesucristo.

En el camino de la Fe es Dios quien toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro y nosotros debemos responderle, con el auxilio de la gracia, desde nuestra libertad.

La opción confiada por el Dios-Amor, a pesar de que muchas veces no entendemos sus planes desconcertantes, nos saca de nosotros mismos, nos llena de alegría, nos compromete a amar de corazón a nuestros hermanos y alimenta la esperanza de encontrarnos un día con Él.

Esa fe que parte de una decisión personal siempre se hace en el marco de la comunidad eclesial y me une a otros hermanos con quienes comparto la misma creencia. Además, me compromete a vivir en santidad y a anunciarla a todos los hombres, en especial a los indiferentes y alejados.

Por eso es preciso conocer y amar cada día más nuestra Iglesia, donde recibimos y vivimos la fe. Es imprescindible que todos los bautizados demos nuestro aporte para renovarla y embellecerla.

Concretamente, en la diócesis de Añatuya lo haremos trabajando en las cuatro líneas de acción que nos propusimos en el Jubileo Diocesano.

Que María Santísima, Madre de Dios y de la Iglesia, nos acompañe en este Año de la Fe y nos ayude a vivirla con nuevo vigor en nuestra Iglesia particular.


Mons. Adolfo A. Uriona fdp, Obispo de Añatuya

Notas:
(1) Novo Millenio Ineunte, 34
(2) Porta Fidei, 2
(3) Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 866
(4) C. I. C., Nª 867
(5) C. I. C., Nº 868
(6) C.I.C., Nº 869
(7) C.I.C., Nº 870
(8) En la Carta Pastoral de la cuaresma del 2012 hablamos largamente de la “conversión pastoral”.
(9) Navega Mar Adentro, Nº 15
(10) En este apartado tomo distintos textos de las catequesis del Papa Benedicto XVI para este Año de la Fe
(11) Carta pastoral con motivo del Año de la Fe (31-VIII-2012)
(12) Const. dogmática Dei Verbum, 5
(13) C. I. C., Nº 154
(14) C. I. C., Nº 181
(15) Constitución dogmática Lumen gentium, 9.
(16) C.I.C., Nº 27
(17) Comentario a la Primera carta de Juan, 4, 6: pl 35, 2009.
(18) Constitución Dogmática Lumen Gentium, Nº 39
(19) Juan Pablo II, “Redemptoris missio”, Nº 2
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