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Ordenación diaconal de Adolfo Guido
Homilía de monseñor Adolfo A. Uriona FDP, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto en la ordenación diaconal de Adolfo Guido (Catedral Inmaculada Concepción, 7 de septiembre de 2019)

Queridos hermanos:

Después de hace un buen tiempo que no teníamos esta alegría en la Iglesia Catedral, estamos participando en la ordenación de un miembro de esta comunidad -Adolfo Guido- como diácono permanente.

Acompañemos con afecto y oración este momento de bendición para él, su familia, y toda la diócesis, pidiéndole al Señor la gracia de que Adolfo viva siempre con entrega alegre el don que recibirá por imposición de manos del obispo a fin de que sea un auténtico servidor.

Su ministerio estará orientado en acompañar al párroco en el pastoreo de la comunidad sirviendo ante todo a los pobres y carenciados y también en la liturgia a través de la proclamación del Evangelio, la predicación, la celebración de los bautismos, la asistencia a los matrimonios y bendiciendo al pueblo de Dios.

Normalmente al experimentar en nuestras vidas la elección del Señor para una misión de esta envergadura se percibe una fuerte sensación de incapacidad; la misma que invadió al profeta Jeremías que exclamó diciendo: “Ah Señor, mira que no sé hablar…” Es el lógico temor a una responsabilidad que nos sobrepasa por todas partes.
Ahora bien, nos reconforta la certeza de la cercanía del Señor que nos eligió y nos dice: “Yo estaré contigo…”; por ello podemos lanzarnos a la misión con decisión y coraje, con “parresía” como gusta decir al Papa Francisco..

Por ello, en tu caminar en el servicio al pueblo de Dios te tendrás que ir identificando con Cristo Servidor y como él deberás ir aprendiendo a participar de sus sufrimientos que liberan y redimen.

Has de tener presente que el diaconado nunca es privilegio en el sentido “mundano” del término. La ordenación no te coloca por encima de los demás; por el contrario te invita a arrodillarte para lavar los pies de los hermanos, particularmente de los más necesitados.

Ruego a fin de que la astucia del Tentador, ya sea por negligencia o por cansancio, nunca te lleve a perder el sabor de la sal y a esconder tu luz debajo de un cajón, sino que siguiendo el modelo de Cristo aprendas, con el ejercicio cotidiano, paciente y fiel del ministerio, a discernir y obedecer la Voluntad del Padre. Sólo de esta forma podrás ser sal que da sabor y luz que ilumina a los hermanos.

Te auguro que el diaconado te lleve a cultivar una espiritualidad en sus dos aspectos complementarios: ante todo la familia, dado que tu camino de santificación se debe dar a través de ella, y el ejercicio del diaconado, el cual será fuente de crecimiento espiritual puesto que también a este ministerio fuiste llamado.

Qué la María Inmaculada, la llena de Gracia, te colme de todos los dones que necesites para ser un “servidor bueno y fiel”. Que así sea.

Mons. Adolfo Uriona, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto
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