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Corpus Christi
Homilía de monseñor Gabriel Bernardo Barba, obispo de Gregorio de Laferrere, en la fiesta del Corpus Christi (29 de mayo de 2016)

Junto a toda la Iglesia, y especialmente como Iglesia Particular de Gregorio de Laferrere, nos encontramos aquí para hacer memoria, del Señor y celebrar el Misterio de su presencia que nos ha dejado a través de la Eucaristía.

Celebramos este domingo con una solemnidad particular, el Misterio de único sacrificio que hizo por nosotros. De una vez y para siempre, en el Altar de la cruz entregó su vida por nosotros y que, obedeciendo fielmente al pedido que hiciera a los Apóstoles en la Última Cena, hacemos hoy presente su Memoria en esta celebración de la comunión.

Desde nuestra más profunda infancia, desde nuestro catecismo más básico, nos han transmitido y enseñado a respetar, recibir y celebrar a Jesús verdaderamente presente en la comunión. El Pan Vivo y Verdadero, la presencia real del mismo Dios, presente en el Misterio de la Comunión, en la Eucaristía. Alimento espiritual para la vida.

Palabra de Dios que nos alimenta…, pan y vino que se consagran… son hoy los elementos esenciales que nos introducen en el Misterio del Dios con nosotros.

En cada celebración de la Eucaristía, en las ofrendas, presentamos cada día, cada domingo… pan y vino. Pan de trigo, vino de uva. Para llegar a ellos debió desarrollarse un proceso que los hizo tal. Así como en trigo se siembra y esa semilla debe morir (como enseña el Evangelio…, “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…”). Es una muerte que genera vida y, más aún, luego ese trigo debe ser molido para llegar a ser harina, y amasado y horneado para llegar a ser pan…; todo un proceso lento y preciso. De la misma manera Cristo nos llama a estar dispuestos a morir para poder dar vida. Lo mismo con la uva. Es molida para dar su mosto y su jugo. Una vez más, una renuncia y desaparecer a la individualidad para ganar en un todo, en otro más rico aún.

Hoy Cristo, quien como dije antes, de una vez y para siempre, dio su vida y su único sacrificio se sigue haciendo presente, en silencio y en medio nuestro. En cada Misa. Como alimento de la Iglesia, para que, nosotros como semillas de Dios en medio del mundo seamos también trigo de Dios, alimento y entrega, servicio silencioso. Otros Cristos que anuncien su Reino en medio del mundo, para la salvación de los hermanos.

No hay Pascua sin entrega ni sin cruz. Muerte que da paso a la vida. Ese es el legado de Cristo y esta Eucaristía que celebramos en donde lo reconocemos verdaderamente presente, lo recibimos como alimento para volver renovados y fortalecidos a la misión.

La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia.
Nosotros somos la Iglesia. Nosotros somos hoy parte del Cuerpo místico de Cristo. Nosotros debemos hacer presente hoy a Cristo vivo en medio del mundo. Nosotros en la Iglesia somos también presencia de Cristo.

No podremos jamás separar esta celebración del Misterio Eucarístico de la vida cotidiana. No debemos distraernos de la importancia de esta celebración, como no debemos distraernos de reconocer a Cristo vivo en cada hermano. Seríamos mentirosos si decimos que amamos a Dios a quien no vemos y no amamos a nuestro prójimo, a quien vemos. Sería peligroso, distraernos con liturgias purísimas y escrupulosas, para luego cerrarnos en la indiferencia hacia nuestro hermano que sufre, sea lo que fuere. No es completa nuestra tarea evangelizadora si solo nos miramos a nosotros mismos, si no salimos de nuestras Iglesias, estructuras y sacristías. Si no nos comprometemos con la realidad que sale permanentemente a nuestro encuentro. En cada hermano, sea quien fuere. Piense lo que piense. Crea lo que crea…

Atenta contra la Fe la celeridad…, avanzar sin parar…, sin contemplar. Debemos estar atentos a lo que Dios nos va diciendo, nos va haciendo ver.

Atenta contra una verdadera vida cristiana también vivir a toda velocidad, sin contemplar. Sin ver los pasos de Dios a nuestro lado. Sin comprometernos con la historia. Dios se manifiesta en la historia de los hombres.

Esta fiesta del Corpus, sin duda, es una invitación a la CONTEMPLACIÓN y ADORACIÓN de Jesús sacramentado, que abre nuestro ojos y alimenta nuestro espíritu para descubrirlo también en medio de nuestras propias historias.

En el año Santo de la Misericordia, la Iglesia nos invita a recibir renovadamente la Misericordia de Dios. Y recibirla…, para darla... Por eso, una vez más, volviendo al catecismo más básico se nos invita a poner en práctica las Obras de Misericordia. Son simplemente siete corporales: “dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos”, y siete espirituales: “Dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofendas, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar por vivos y difuntos”.

La Fe y las Obras. Dos caminos que no pueden separase.

Por eso, hoy al contemplar este Misterio de nuestra Fe, también debemos desde allí iluminar nuestra vida cotidiana para que, fortalecida con este alimento espiritual, vivamos y manifestemos nuestra Fe desde obras concretas. Les propongo como ya lo dije reiteradamente, aprendámoslas de memoria, eso facilitará poder vivirlas luego.

Decía recién, la Eucaristía “hace a la Iglesia”, desde nuestras comunidades, como Iglesia que somos, debemos abrir puertas que construyan fraternidad. Que testimonien a Dios a nuestros hermanos. Siendo artífices de una nueva realidad. Ciudadanos comprometidos que anuncian el Evangelio y construyen una sociedad con valores ciertos, concretos y verdaderos. No de palabras bellas que no se sostienen en la realidad. Para eso el alimento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para que seamos comunidades vivas que transformen el mundo.

No nos conformemos con estar cómodos en nuestras comunidades. Recuperemos la actitud misionera que tanto que nos cuesta. Que nos hace romper nuestras seguridades y comodidades. Será también una actitud misionera recibir con apertura, y hacer sentir a quienes no participan frecuentemente de la Iglesia, que ellos también son parte y son bienvenidos. Busquemos pequeños gestos. Concretos, sencillos…, pero visibles. Que no necesiten de explicación. Somos parte de un pueblo creyente a quien no siempre recibimos con facilidad.

Decir sí a Jesús en esta celebración del Corpus, que sea decirle sí también en cada hermano que viene a nuestro encuentro.

Pidamos a Dios que en este domingo, de un modo muy especial, como comunidad Diocesana, crezcamos en comunión fraterna, para que, en el amor que nos tengamos, otros puedan reconocernos como cristianos y por nuestro intermedio, también puedan llegar a participar de la Misericordia de Dios.

Al finalizar la celebración de la Santa Misa, nuestra procesión con el Santísimo Sacramento, sea nuestra manifestación pública y misionera de Dios que camina bendiciéndonos por las calles de nuestros barrios.

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de Gregorio de Laferrere
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