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Misa en memoria del padre Carlos Mugina
Homilía de monseñor Eduardo Horacio García, obispo de San Justo de la misa en memoria del Padre Carlos Mugica (La Tablada, 18 de mayo de 2019)
"Nada ni nadie me impedirá
servir a Jesucristo
y a su Iglesia,
luchando junto a los pobres
por su liberación.
Si el Señor me concede
el privilegio que no merezco,
de perder la vida
en esta empresa,
estoy a su disposición."
Mugica, 1971
  • Apocalipsis 21,1-5ª
  • San Juan 13,31-33a.34-35
Yo tenía 17 años y era la noche de un sábado; habíamos terminado la reunión del grupo juvenil en una parroquia de Mataderos donde habíamos organizado el trabajo de ayuda escolar que hacíamos durante la semana en la villa Ciudad Oculta. De pronto se empezó un rumor que se trasformó en un grito y en llanto: “Mataron al padre Mugica en la puerta de san Francisco Solano”. A todos nos corrió un escalofrío, mezclado con miedo e impotencia. Mi sentimiento fue: “Los villeros se quedaron guachos”. Con el tiempo comprendí que hay cosas que la muerte no puede matar y que los que pretendieron callar su voz hicieron que hasta el barro, las chapas, el cartón y los tachos de agua a una sola voz con sus villeros queridos gritaran su nombre y llevaran en su corazón el agradecimiento por su martirio.

El asesinato del Padre Mugica fue un verdadero martirio. Mártir auténtico por la causa de los pobres; aunque se haya querido muchas veces enlodar su memoria, no se puede embarrar con ideologizaciones la vida de aquel que eligió caminar con sus hermanos en el barro real de la vida.

Unidos a Jesús y a su proyecto estamos seguros de que hay cosas que la muerte no puede matar. Estamos hoy aquí haciendo memoria agradecida de su vida que aún late en el corazón de nuestras barriadas más pobres. Lejos de un folklore setentista, queremos como los hizo él tantas veces, y hasta momentos antes de su muerte, recordarlo con una misa.
¿Quién fue el responsable de su muerte? Se ponen nombres a quienes apretaron el gatillo mortal; pero fue Carlos Mugica el responsable de su muerte. Responsable por tener el coraje de querer vivir de verdad el Evangelio de los pobres y de la liberación que para muchos eran mala palabra.

Carlos Mugica fue el responsable de su muerte porque no hizo muchas cosas.

¿Qué no hizo Carlos Mujica?

No se conformó a una vida acomodada pudiendo hacerlo; no vivió un sacerdocio de privilegios buscando un buen posicionamiento eclesial, pudiendo hacerlo. No fue indiferente ante el desamparo de tantos que vivían como descartados y que eran la vergüenza de una sociedad que les daba vuelta la cara a la vez que los oprimía, pudiendo hacerlo.

¿Qué no hizo Carlos Mugica?
No se corrompió en la función pública cuando aceptó ser asesor ad honorem en el Ministerio de Bienestar Social buscando beneficios personales o para su entorno, pudiendo hacerlo

¿Qué no hizo Carlos Mugica?
Huir del peligro, esconderse y querer salvar el pellejo ante las amenazas de los que pretendían callar su denuncia y lucha por los más postergados... y es larga la lista de cosas que no hizo.
Qué importante es lo que no hizo, porque le dio la libertad para hacer muchas más cosas sin miedo y a cara descubierta.

¿Qué hizo Carlos Mugica?
Estar vivo y tener ideales: “El que no es idealista es un cadáver viviente”.

¿Qué hizo Carlos Mugica?
Ser un sacerdote fiel al Evangelio, un cura sin vueltas al que le tocó vivir un momento político único en la Argentina capaz de rezar así: “Quiero recordar, de una vez y para siempre, que mi futuro está en tus manos y que tú eres mi Padre. Y cuando me asalte el temor, el desaliento y la desconfianza, recuérdame, Dios mío, que estás junto a mí, y que los hijos de mi vida están en tus manos, manos de padre, manos de amigo, que nunca me dejarán en la estacada”.

¿Qué hizo Carlos Mugica?

Amar a Jesucristo y buscar identificarse con él hasta la raíz más honda de su vida. “Para mí Cristo es mi Señor, mi amigo, mi maestro, mi modelo de vida. Su entrega tiene un valor especialísimo: Dios es un ser que en lugar de servirse del hombre se pone al servicio del hombre”.

¿Qué hizo Carlos Mugica?

Ser un hombre de Iglesia, que no teme mostrar la opción de Jesús por los pobres, los humildes, los pecadores. "Todo cristiano, precisamente por ser cristiano, debe colocarse del lado de los necesitados. Debe ponerse a disposición para asistirlo en sus necesidades más urgentes. Debe comprometerse a sí mismo para ayudar, como sea, a la construcción de un mundo mejor, de un mundo más justo...”
Carlos Mugica hubiera gozado de escuchar la voz de Francisco decir: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres” y seguramente su alegría en el cielo es desbordante porque su sangre derramada minutos después de entregar la de Cristo en su última Misa no fueron en vano.

¿Qué hizo Carlos Mugica?
Vivir su sacerdocio como una audaz aventura en un mundo que necesita con urgencia hacer presente el Reino de Dios desde una justicia y compromiso social verdaderos: “El índice de mi adhesión al mensaje de Jesucristo es mi amor real, concreto, palpable, por mis hermanos”. “Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su Liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición”. Y Dios le tomó la palabra.

Carlos Mugica, al Padre Carlos como lo llamaban en el barrio; no un superhombre ni un superdios, como algunos pretenden hacerlo sino un hombre de Dios que, como tantos otros, tuvo el coraje de poner el pecho y entregar su vida por la coherencia de vivir como se cree y se piensa.

Hoy Carlos Mugica estaría y está vivo en los que luchan por la urbanización de nuestras villas, en los que acompañan a miles de pibes y pibas ante el flagelo del paco, en el que se desvive para generar trabajo desde la organización popular, en la cocina todos los días en el comedor comunitario, en el que hace política entendiendo que es un modo grande de amar, en el que reza por el dolor de su Pueblo, en el que acompaña la vida que crece como maestra en la última escuela de frontera o en el club del barrio... y en todo aquel que no se acostumbró a ver la pobreza y quedarse sin hacer nada.

Hoy Carlos Mugica, como tantos otros que como él, han llegado al grado máximo de entrega, que es dar la vida por sus hermanos, es signo, luz y esperanza para nuestros pueblos y barrios más humildes, para todas las organizaciones que buscan caminos para una vida más digna; para nosotros curas que queremos ser fieles a Dios y su pueblo querido en este camino, a veces tan oscuro de una humanidad que no acierta su rumbo.

Hacer memoria de su vida y de su martirio es sentimos exigidos y acompañados por aquel que, más allá de las palabras, quiso hacer suyo el amor de Jesús por los pobres, haciéndose servidor de sus hermanos.

Queremos hacer nuestra la frase que el día de su muerte un hermano villero puso bajo el dibujo de una cruz:
“Un sacerdote cayó muerto
Quién se anima a seguirlo?”.
Mons. Eduardo Horacio García, obispo de San Justo
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