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Corpus Christi y la Trinidad
Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (29 de mayo de 2016)

Esta tarde, con las primeras vísperas, comienza la Celebración de Corpus Christi, una fiesta típicamente católica, que nos recuerda una verdad central de nuestra fe. Una fiesta central y cordial porque suscita en nosotros muchos recuerdos muy bellos que es la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Es una verdad de la fe, en ella afirmamos que creemos que nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar, bajo las especies consagradas. Vemos pan pero no es pan sino que es el Cuerpo de Cristo, vemos vino pero no es vino sino que es la Sangre de Cristo. Es lógico que ante este misterio admirable nosotros tratemos de vivirlo con alegría del modo que podamos todos participar.

Y quisiera asociarlo con la Solemnidad que celebramos el domingo pasado que es la de la Santísima Trinidad. ¿Y por qué esta asociación? Porque tengo la impresión que para muchos católicos Dios se convierte en una especie de nebulosa lejana y no verdaderamente personal. Nosotros creemos que Dios es uno en esencia y tres en las personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es algo que todo el tiempo lo estamos afirmando. Hacemos la señal de la cruz “a los piques”, rezamos el Gloria “a los piques” y a veces no nos damos cuenta lo que estamos diciendo, cuando estamos enunciando el misterio admirable de Dios.

Hemos recibido la revelación de que Dios es así, porque el Padre envió a su Hijo y porque el Hijo, a lo largo de toda su enseñanza y de los milagros que realizó y sobre todo con su Muerte y su Resurrección, dio testimonio de la verdad del Padre. Además nos envió al Espíritu Santo. Podemos decir que hay un movimiento de descenso: el Padre envía al Hijo y el Hijo, cumpliendo la voluntad del Padre y la obra redentora que el Padre le encargó, envía al Espíritu Santo, que es el que anima a la Iglesia y a cada uno de nosotros. Pero hay también un movimiento de ascenso en que el Espíritu Santo, que habita en nuestro corazón, cuando estamos en gracia de Dios, nos une a Jesús, nos hace comprender lo que Jesús enseñó y, entonces sí por medio de Jesús, podemos dirigirnos al Padre ya que nosotros somos hijos de Dios porque participamos de la filiación divina de Jesús. Por eso asocio el misterio de la Santísima Trinidad al hecho de la Encarnación y la Redención, la Pascua.

Cuando adoramos el Cuerpo y la Sangre de Jesús no nos olvidemos de eso: él es uno de los miembros de la Santísima Trinidad y por medio de él nosotros podemos llamar Padre a Dios porque además por medio de Él tenemos al Espíritu Santo.

Sobre estas ideas quisiera hacer un comentario de mucha actualidad. Lo que les acabo de decir es Catecismo puro, y equivale recordar lo que aprendimos de chicos. Ocurre hoy que, en muchos ambientes católicos, existe como una especie de tentación por el oriente no cristiano, tentación por el budismo y por el budismo zen. Hay gente muy elegante, muy ilustrada y demás, que se interesa por el budismo y cree que todo es lo mismo.

Primero digamos que el budismo no es una religión sino que es una filosofía. En todo caso una moral o una ética, una manera de vivir, pero el budismo no cree en un Dios personal. Nosotros creemos en un Dios Tripersonal, uno en esencia y tres en las personas. Por eso Dios no es esa especie de nebulosa que es todo o nada. Dios es lo que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo y nosotros podemos entablar una relación personal con las personas divinas.

Digo esto porque cada tanto nos llega algún experto, algún especialista, que viene a hacer propaganda del budismo. Hace poco, con motivo de la Feria del Libro y luego con motivo de “Tecnópolis”, estuvo un monje benedictino austriaco llamado Daniel Steindl-Rast que pasó tres años en un monasterio budista y vino a decirnos que todo es lo mismo. Dice que existe una especie de río subterráneo de la espiritualidad y que cada uno de los aljibes o las religiones, o las maneras de encontrarse con Dios, se conecta con ese río. O sea que, prácticamente, es todo lo mismo. Les leo lo que ha dicho en un reportaje en un diario importante de Buenos Aires: “La espiritualidad humana es como el agua subterránea. Cada tradición crea un aljibe diferente pero todos llegan al mismo lugar. Si en los diálogos religiosos se comparan los diferentes aljibes no se llega a ningún lado porque todos son distintos pero si en lugar de hablar de los aljibes se los usa para llegar hasta donde te quieren llevar que es la espiritualidad entonces se da la comunión”. Quiere decir que lo mismo da si vos crees que Dios es uno en tres personas, si vos crees que Dios es el todo, crees que Dios es la nada, crees en un Dios que no es personal o que no es un ser lo mismo da. Yo digo, este hombre tiene 89 años, la tradición benedictina detrás, la gran tradición de la Iglesia, se pasa tres años en un monasterio budista y viene a decir estas macanas. Acá algo no funciona.

Además noto y perdónenme ustedes la referencia: estas cosas caen bien a la “paquetería” o a la burguesía, pero no las entiende la gente sencilla. Esto no es pastoral popular sino que es un macaneo para pseudointelectuales, para gente que cree que tiene una gran espiritualidad. Fíjense como, de un modo sutil, este monje está reemplazando la verdadera espiritualidad cristiana que tiene que ver con el don del Espíritu Santo, por una especie de espiritualidad general, todos somos “espirituales”... Todo es lo mismo y la verdad es que todo no es lo mismo.

Veamos entonces: la solemnidad de la Santísima Trinidad que celebramos el domingo pasado y la solemnidad del Corpus Christi que empezamos a celebrar esta tarde nos muestran la realidad de la revelación cristiana. No hay una espiritualidad genérica. Nosotros tenemos el don de Espíritu Santo y tenemos una gran tradición de santos y de místicos, de textos que podemos leer empezando por los Padres de la Iglesia, siguiendo por los grandes medievales y luego Santa Teresa o San Juan de la Cruz, y por los místicos del Siglo XX y los grandes escritores y santos del Siglo XX.

Por eso: Atención con esto porque el budismo no es una religión. El diálogo religioso es una cosa y debemos dialogar con todos pero no mezclarnos, no confundirnos. Nosotros guardamos nuestra identidad católica y creemos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo y lo creemos porque el Hijo se hizo hombre, se encarnó, murió y resucitó por nosotros y está presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
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