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En el infierno también crecen flores
Columna de opinión de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada en diario Crónica el 27 de enero de 2013

Cada 27 de enero ha sido instituido por las Naciones Unidas como “Día internacional de conmemoración de las víctimas del Holocausto”.

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX se había gestado un marco ideológico apoyado en algunos filósofos llamados de “la muerte de Dios”, y la supuesta búsqueda de “el superhombre” en reemplazo de la Divinidad destronada. La perversa ideología de la perfección aria llevada al poder por Adolfo Hitler y un fuerte grupo de incondicionales e inescrupulosos, provocó el sometimiento y la muerte de millones de personas. Algunos fueron asesinados, otros esclavizados para trabajar hasta la muerte, y hubo quienes fueron usados para experimentaciones de lo más diversas.

Niños, jóvenes, adultos, ancianos. Varones y mujeres. Todos fueron objeto del desprecio y el espanto. El horror cayó fundamentalmente sobre personas judías, aunque también fueron perseguidos los gitanos, homosexuales, enfermos mentales...

El 27 de enero de 1945 fue liberado el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

En enero de 2005, el Beato Juan Pablo II escribía: “Se cumplen sesenta años de la liberación de los prisioneros del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. En esta circunstancia, no se puede por menos de volver con la memoria al drama que tuvo lugar allí, fruto trágico de un odio programado. Durante estos días es preciso recordar a los varios millones de personas que sin ninguna culpa soportaron sufrimientos inhumanos y fueron aniquiladas en las cámaras de gas y en los crematorios. Me inclino ante todos los que experimentaron aquella manifestación del mysterium iniquitatis”.

Y continuaba: “Ante la tragedia de la Shoah a nadie le es lícito pasar de largo. Aquel intento de destruir de modo programado a todo un pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y sobre el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad. Que esto sirva, al menos hoy y en el futuro, como una advertencia: no se debe ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana a causa de la diversidad de raza, de color de la piel, de lengua o de religión. Dirijo este llamamiento a todos y, particularmente, a los que en nombre de la religión recurren al atropello y al terrorismo”.

El lema propuesto para esta jornada es “El rescate durante el Holocausto: el coraje de ayudar”. Se quiere destacar la memoria de tantos hombres y mujeres que pusieron en riesgo la propia vida (y a veces la de sus familias) para esconder o ayudar a escapar a quienes eran perseguidos. Diplomáticos, religiosos, vecinos –hoy diríamos “gente común”– que ante la injusticia y el atropello hicieron lo imposible para ayudar. Sacaron fuerzas y coraje de lo más profundo y noble del corazón humano. Con valentía, inteligencia y creatividad encontraron caminos para arrancar al menos algunas vidas de las garras de la muerte. En cada rescatado, estaba la humanidad entera.

Varios de estos testimonios fueron recogidos en libros y llevados al cine en emotivas películas que nos hacen cercano tanto el dolor como el coraje. Se nos muestra hasta dónde puede llegar la degradación humana, qué infiernos somos capaces de construir. Y hasta dónde es capaz de extenderse la solidaridad y el amor, para que al menos algunas flores no nos hagan perder la esperanza.

El Papa Benedicto XVI, en mayo 2006 también visitó ese campo de horror. En su oración dijo: “En un lugar como éste se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?”. (…) “Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante.”

Los acontecimientos de la Shoah nos conmueven a todos. Son sombras de muerte que nos avergüenzan como humanidad. Hace unos años leí en un libro una frase: “El paraíso es lo que se forma en torno a la persona que ama”. Hoy podemos decir que el infierno se forma en torno a quienes se mueven por el odio y el rencor. Querido lector, lectora, el infierno existe; algunos regresaron para contarlo.

Recordar es el mejor signo de esperanza que podamos ofrecer, tanto por los que padecieron el horror, como por nosotros mismos y por nuestros hijos. Recordar es volver a pasarlos por el corazón, para que no vuelvan a morir por nuestra indiferencia y negación. Recordar es servir, es volver a recrear ese amor hecho coraje que impulsó a tantos a dar su propia vida por los demás. Recordar es descubrir de nuevo las flores.

Recemos por quienes allí murieron a causa del odio y la violencia. Pidamos a Dios siga sembrando la paz en todos los corazones, “para que verdaderamente ayude a curar las heridas de la incomprensión e injusticias del pasado”. (Juan Pablo II, “Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah”, 12 de marzo de 1998)

Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú
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