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En Navidad abracemos al Niño para experimentar su ternura
Predicación de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú en la misa con familiares de víctimas de Cromagnon -11° Aniversario- (Catedral Metropolitana, Miércoles 30 de diciembre de 2015)

En cada Navidad celebramos el nacimiento de Jesús.

Es cierto que somos desbordados por propuestas consumistas que muchas veces nos distraen del centro, nos descentran. Pero no menos cierto es que muchas voces con insistencia nos invitan, nos convocan a contemplar a Jesús Niño recostado en el Pesebre. Varias veces escuché decir “Navidad es Jesús”.

Incluso me animo a decir que la propuesta de la Navidad va un poco más allá que la contemplación pasiva de una escena en el portal de Belén. El profeta Isaías había anunciado siglos antes: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado". (Is 9,6)

Debemos atrevernos a dar el paso de tomar al Niño en brazos. Como si pudiéramos entrar en el Pesebre en aquella cueva, tal como lo hicieron los pastores, los reyes, José y María, y la creación entera.

Podría decirse que la Navidad no es completa hasta que no nos animamos a alzar al Niño, a sentir su aroma, su ternura, a tenerlo junto al corazón. En el Evangelio aparece esta mujer anciana y profetisa (Ana), un anciano que alza al Niño...

La presencia de los niños en la vida suele ser una experiencia sanadora. Miremos a nuestras familias, a nosotros, durante estos años. Cómo cuando nació un hijo, un nieto, un sobrino, un hijo en una familia amiga, el dolor se puso entre paréntesis y empezamos a sacar sonrisas, juego, ternura.

Tomar al Niño Jesús en brazos podemos considerarlo en dos sentidos. No se trata de quedarnos con una imagen de yeso o madera más grande o más pequeña.

Por un lado tomar al Niño nos hace buscar al niño que habita en el corazón de uno mismo. No al que es egoísta, caprichoso, demandante. Sino al que es confiado, simple, sencillo, directo. Al que se siente necesitado del amor de los demás. El que sabe soñar. Un salmo lo expresa de manera muy bonita: “Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”. (Salmo 130)

Abrazar al niño que existe en cada uno implica asumir el camino de la humildad, la sencillez. Para tomar al Niño Jesús del pesebre hay que inclinarse, casi ponerse de rodillas y estirar los brazos.
Quien se queda de pie, mirando de lejos y con los brazos cruzados no llega a participar de la fiesta.

En un segundo sentido lo podemos entender como abrazar la pequeñez y fragilidad en nuestros hermanos. Con la encarnación de su Hijo, Dios enalteció la condición humana y de un modo misterioso ─pero no menos real─ está presente en cada persona, de manera especial en los pobres, en los que sufren.

En el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo Jesús se nos muestra presente en los hambrientos, los desnudos, los encarcelados, los enfermos. Llega a decir “lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Hace unos meses, con este Evangelio como referencia, Francisco nos recordaba la expresión de San Juan de la Cruz: "En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor".

Jesús está en los postergados, en los que reclaman justicia, los que padecen violencia... los que experimentan el ninguneo de la sociedad que vive anestesiada por la indiferencia y el consumismo.

En muchos momentos y lugares escuchamos clamores por la justicia. Es un anhelo del corazón humano y una necesidad ante los atropellos y la corrupción. Es un paso necesario. Pero venía a mi memoria una enseñanza del beato mártir Monseñor Romero: "No basta la justicia, es necesario el amor" (3 de julio de 1977). Podemos decir que la justicia busca restaurar en lo posible el bien perdido, el derecho pisoteado. El amor nos pone de cara al bien por alcanzar, quiere restaurar y sanar las heridas personales y comunitarias.

En este Templo Catedral (como en todas las Catedrales del mundo) se abrió una "Puerta de la Misericordia" que nos pone ante la experiencia de una Iglesia que quiere manifestar el Amor misericordioso del Padre que siempre quiere recibir a sus hijos. Hoy volvemos a encontrarnos aquí porque sabemos que Dios nos abraza mirándonos como a hijos muy queridos. También queremos sentir en ese abrazo una caricia para aquellos que murieron y siguen estando en nuestros corazones y recuerdos. Para construir una sociedad basada en la Justicia, la Paz y el Amor.

Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú
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