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Una carta del Papa para todos
Reflexión de monseñor Jorge E. Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (15 de abril de 2018)

¿Para mí también? Sí. Para vos, para mí, para todos. Cualquier carta es escrita por alguien (el remitente) para otros (los destinatarios), y tiene un propósito, una intención. El remitente es el Papa, los destinatarios somos todos los bautizados, y el objetivo es que seamos conscientes de que nos están llamando. ¿Quién te llama y para qué? Convoca Jesús. La carta es “sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”. Se titula en latín “Gaudete et Exsultate”, que quiere decir “Alégrense y Regocíjense”, que está tomado de una parte del Sermón de la Montaña dicho por el mismo Jesús (Mt 5,12). “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada.” (1)

Nos pide Francisco que “no pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (6). Y nos dice: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. La santidad «de la puerta de al lado»; «la clase media de la santidad»” (7). Esto nos ayuda a ver la santidad muy cerca de nosotros, y para cada vocación.

“¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.” (14)

No es algo inalcanzable o un horizonte sin camino. “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad.” (15) Por eso te alienta: “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó.” (32). “No tengas miedo de apuntar más alto. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. En la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos» (León Bloy).” (34)
Siempre se puede volver a empezar, a levantarse cuantas veces sea necesario. “Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida.” (42)

Una pregunta importante y una respuesta contundente: “«¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas”(63). Y se detiene Francisco a meditar acerca de cada una de ellas.

Otro pasaje evangélico central —al que Francisco llama “el gran protocolo”— está expresamente citado: “Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme” (Mt 25,35-36). Y el Santo Padre saca esta consecuencia práctica: “Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre. ¡Eso es ser cristianos!”. (98)

Un subtítulo que me resulta elocuente dice así: “Las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio”. Y enseña: “Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia”. (100) “También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria.” (101)

A poco de haber celebrado el Año Jubilar de la Misericordia, hay que acoger en el corazón que “quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia”. (107)

Por último, Francisco nos hace mirar a María. “Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica.” (176)

Te invito a leer y disfrutar de esta carta. Vas a sentir que te está hablando a vos.

(Todas las citas de este texto corresponden a la exhortación apostólica “Alégrense y Regocíjense”.)

Mons. Jorge E. Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
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