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Reflexiones sobre el día del niño
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (16 de agosto de 2014)

Celebramos el domingo pasado el Día del Niño. Como toda celebración presenta diferentes modos de aproximación y de valoración, no es el momento para analizarlas. Pero pienso que es importante para la vida y la cultura de una sociedad, revisar nuestra actitud de adultos frente a esa realidad siempre nueva que es el niño. Considero que es una celebración que debemos vivirla con un espíritu de alegría, de gratitud y con una actitud de compromiso. Estas tres palabras nos pueden ayudar a crear el marco de una Fiesta en la que no somos sólo espectadores, sino parte necesaria de la misma. Ante todo debe ser un día de alegría, pero de una alegría que tenga su fuente en la vida de cada niño. Él es una realidad única, alguien con una vida por delante a la que debemos acompañar. La fuente de esta alegría no está en lo que él significa para mí, sino en el reconocimiento de su existencia. No se trata de algo que me satisface, sino de alguien que, en su autonomía y libertad, vive un presente, pero sobre todo tiene un futuro. No hablamos de una mascota. Esto nos exige un cierto olvido de nuestras preocupaciones para alegrarnos por su presencia. ¡Qué triste es para un niño crecer en un espacio en el que nota la falta de alegría! La alegría es para el niño un signo de esperanza en su vida, porque el futuro siempre tiene para él algo de incierto. El amor, junto a una auténtica alegría, es la mejor docencia para un niño.

También debe ser un día de gratitud. Uno agradece cuando recibe algo. La presencia de un niño forma parte del don de la vida, de lo que nos ha sido dado. No es una obra totalmente nuestra, aunque el hombre participa de un modo necesario. En esta dimensión mucho ayuda el tener una mirada de fe, porque ella nos permite reconocer en cada niño el misterio de la vida como creación del amor de Dios. Esto no disminuye el rol de los padres, por el contrario, les hace tomar mayor conciencia de su misión. Cuando nos sentimos dueños de la vida y, sin quererlo ni pensarlo, pasamos a ocupar el lugar de Dios, la conciencia de gratitud y de responsabilidad pierde un aspecto de trascendencia respecto a la vida del niño. Desde la fe cada niño, en cuanto hijo de Dios, es alguien único y personal con una vocación propia y una apertura espiritual, es más, sabemos que para él ha venido Jesucristo, para ser su camino y su vida. La fe ilumina la verdad profunda del hombre. La gratitud, en este sentido, nos abre a un compromiso más pleno, más integral, respecto a la vida del niño. El camino de la catequesis es para los padres, una expresión de gratitud y de responsabilidad para con sus hijos.

También debe ocupar un lugar de reflexión y de compromiso en esta celebración, la vida de muchos niños que son víctimas de diversas agresiones que debilitan su presente y comprometen su futuro. Me refiero a los malos tratos, la marginalidad y el delito de la droga, que tanto daño está haciendo. De esta triste e injusta realidad somos responsables los adultos. Quiero destacar y agradecer, este sentido, el testimonio de tantas personas e instituciones que trabajan al servicio de la niñez en situación de riesgo. Corremos el peligro, sin embrago, de pensar que son temas que no nos pertenecen, que nos trascienden, incluso que también los padecemos. Es cierto que hay una responsabilidad mayor de parte del Estado, pero es cierto, también, que nos podemos acostumbrar a convivir con una realidad que va adormeciendo nuestra sensibilidad y responsabilidad social. Esto es moral y socialmente grave, porque es un comportamiento que nos aísla en aparentes seguridades y nos hace perder la conciencia de ser parte activa de una sociedad que depende de nosotros y a la que debemos mejorar. Hay un refugio en lo privado en el que nos creamos un mundo de aparentes seguridades que el niño lo termina padeciendo, porque no es el mundo real en el que está llamado a vivir. Elevar las condiciones morales de la vida social es un tema político, ciertamente, pero que debe tener su voz y exigencia en todos los ciudadanos. Esto entiendo que debería formar parte, también, de una madura y responsable celebración del Día del Niño.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz
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