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El sentido del profeta
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz para el domingo 5 de julio de 2015

Las lecturas de este domingo nos presentan la figura del Profeta, como alguien que tiene la responsabilidad de decir una palabra que ha recibido. Es portador de un mensaje que no siempre agrada a quien lo recibe, porque puede ser un juicio o una palabra que reclama un cambio de vida. Su fuente siempre es Dios: “Yo pongo mis palabras en tu boca” (Jer. 1, 9). El profeta se siente enviado, él no busca ni elige a donde ir, esto lo vemos en la lectura de Ezequiel: “Son hombres obstinados y de corazón endurecido a aquellos a los que yo de envío” (Ez, 2, 4). Por venir de Dios la profecía siempre busca el bien, pero al expresarse en un juicio que exige cambios es resistida. Lo más ajeno al profeta es la demagogia o lo acomodaticio. Cuando la Iglesia pierde la dimensión profética de la Palabra, se instala y reduce el mensaje y las exigencias del Evangelio.

En el evangelio de hoy lo vemos a Jesucristo llegar a su pueblo y comenzar a enseñar. La gente queda asombrada, sin embargo, percibe que su palabra no llega a ellos porque lo conocen y se justifican diciendo: “¿No es acaso el hijo del carpintero? Esto lo lleva a decir: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (Mc. 6, 3-4). El retirarse de Jesús y su silencio es también una palabra profética. ¡Con cuánto dolor habrá experimentado este momento y habrá dicho estas palabras! Sabemos, por otra parte, que Jesús no se detiene. Él conoce y ama su misión. El secreto de Jesús es el amor a su Padre, que es la fuente de su vida y misión. Esto nos habla de que el profeta no se envía a sí mismo, es enviado. La auto referencia tan común en el lenguaje actual, es una manera de auto envío. Un signo de que el profeta es verdaderamente enviado es su palabra, su amor e, incluso, el silencio.

Todo cristiano está llamado a ser profeta con su vida y en su palabra. El espíritu profético le da a la vida cristiana un profundo sabor evangélico y compromiso. No hay que esperar a que vengan profetas que nos eximan de decir una palabra desde el Evangelio, hay que asumir en la propia vida una actitud profética. Para conocer una vida animada por el espíritu profético el primer signo es su propio testimonio. Podemos decir que el primer destinatario de la palabra es él mismo. Esto lo hace testigo de lo que predica. El profeta no parte de una utopía construida por él, sino de la Palabra de Dios manifestada y cumplida en Jesucristo, que siempre está llamada a vivirse a la espera de su plena realización. Esta plenitud no es una utopía sino un acontecimiento ya realizado en Cristo, que se vive en la esperanza (cfr. Rom. 8 24). San Juan nos dice: “desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía” (1 Jn. 3, 2). La fe es una profecía. El profeta no es un adivino, ni alguien que ve anticipadamente lo que va a suceder, sino un testigo de la Palabra de Dios en el mundo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
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