Agencia Informativa Católica Argentina
  |  
 
 
 
« VOLVER    Imprimir       Enviar por mail  | Compartir:      
22º aniversario de fallecimiento del cardenal Eduardo Pironio
Homilía de monseñor Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en la Misa por el 22º aniversario de fallecimiento del cardenal Eduardo Pironio en la basílica Nuestra Señora de Luján

Queridos hermanos:
Celebramos la fiesta de la Presentación del Señor y nos dejamos iluminar por la Luz de Jesús que, llevado en brazos por María, quiere entrar en la intimidad más profunda de su Iglesia, el templo de su Pueblo, y en la intimidad de cada corazón.

Hoy también la Iglesia Argentina respondiendo a una generosa invitación de la Acción Católica, quiere dejarse iluminar por la vida de un hijo predilecto de la Virgen de Luján, en el comienzo del año del centenario de su nacimiento y a pocos días de celebrar el 22 aniversario de su partida.

Mira desde la fe, nuestra vida es una caravana de Esperanza. Caminamos juntos hacia la casa del Padre y en este peregrinar vamos compartiendo trechos del camino de nuestra vida con personas que van dejando huellas muy hondas en el corazón. Alguna tal vez muy especial nos ha marcado en profundidad.

Ellos han llegado antes que nosotros a la meta y desde allí nos animan y nos ayudan con su oración a seguir caminando, preparándonos para el día del reencuentro, en el abrazo definitivo del Reino.

Muchos de nosotros hemos sido marcados por esta experiencia gozosa y este particular privilegio en nuestra relación con el querido cardenal Eduardo Pironio. Nos fue difícil permanecer indiferentes a la seducción de una vida de Fe abandonada totalmente a la voluntad de Dios, unida a una humanidad desbordante de calidez y de ternura.

Lo hemos conocido y querido en los diversos lugares y funciones del servicio a la Iglesia que desempeñó. Personalmente yo puedo hablar del Cardenal como algunos de ustedes desde el lugar de hijo, ya que experimente vivamente su paternidad espiritual desde el comienzo de mi seminario en el año 1962, del cual él era rector. En cada encuentro con Pironio ocurría algo que estaba mucho más allá de lo convencional. Escuchaba como nadie y transmitía con mucha vitalidad en cada encuentro, la coherencia de una vida entregada al servicio del Evangelio.

Ya estaba en germen sin duda en él, aquella afirmación de su testimonio espiritual: “Magnificat!!” Te doy gracias Padre por el don de la vida. ¡¡Qué lindo que es vivir!! Tú nos hiciste Señor para la vida. La amo, la ofrezco, la espero. El Padre Gera, su gran amigo, glosará en la misa exequial: “La amo porque es hermosa, la ofrezco porqué sólo tiene sentido si la entrego y la espero porque aún no es vida plena”.

Su rostro comunicaba con sencillez la paz y la alegría que son los primeros frutos del Espíritu. Era una alegría serena y gozosa. Autentica y capaz de contagiar. Se había hecho carne en él la frase de Pablo VI: “La fiesta es el talante de la Iglesia”. Por eso para el que lo veía después de mucho tiempo de ausencia, el reencuentro era como si uno lo hubiera visto ayer, porque su capacidad expresiva sabía hacer presente en un instante, atravesando el recuerdo, toda la intensidad personal del vínculo. Tenía una alegría profunda que brotaba de la Cruz. Una sensibilidad a la que le llegaba todo. “Recién cuando te duele mucho la Iglesia te das cuenta de cómo la quieres”, me dijo un día. Le gustaba mucho comentar el texto de Juan16, 20 “La tristeza de ustedes se convertirá en gozó”. Insistiendo que es de la misma tristeza de donde se engendra el gozo. La tristeza de ustedes madurará, florecerá en gozo.

Pironio fue un enamorado de la Virgen. Ella hizo posible la extraordinaria fecundidad de su madre, que había enfermado gravemente después de tener el primer hijo y él resulta ser el último de 22. Hablaba de la Virgen con precisión teológica pero al mismo tiempo con una devoción viva y cargada de afecto. Se ordenó sacerdote y obispo aquí en Luján y aquí – por propia voluntad – descansan sus restos, junto a la Madre de los argentinos.

Como Obispo Auxiliar de La Plata, en Avellaneda y luego en Mar del Plata principalmente, nos dejó el testimonio de su enorme corazón de Pastor preocupado por los conflictos de su Pueblo en un tiempo de muchísima contradicción.

Siendo en esa época secretario y luego presidente del CELAM participó activamente de la Conferencia de Medellín y busco de ese modo incansable aclarar el auténtico sentido de la teología de la liberación, acercándonos desde la Fe, la palabra genuina de la Iglesia. Su figura no convencía con pareja intensidad a los extremismos ideológicos. Suele suceder que en épocas de conflictos y fanatismos quien defiende el diálogo y el entendimiento pacífico entre todos, se transforma en un estorbo para unos y otros.

Cuando fue llamado a continuar su ministerio al lado de San Pablo VI aceptó incondicionalmente la Voluntad de Dios, aunque le costó muchísimo dejar el país y su querida Diócesis de Mar del Plata. Nos decía con su habitual buen humor: “Yo nunca hice lo que quise. Me hubiera gustado ser cura rural y nunca pude y muchas veces se me ocurrió hacerme monje benedictino y tampoco pude”. De este modo también revelaba su vocación contemplativa que lo acompaño a lo largo de todo su ministerio y que creció, sin duda, en el tiempo en el que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para la vida religiosa, cargo en el que sembró mucho y el Señor cosecho mucho a través de él.

Vivió una filial amistad con Pablo VI y experimento una soledad profunda ante su muerte, hasta llegar a padecer una importante repercusión somática en su corazón el mismo día en el que el Papa partió, como un signo elocuente del estado de su alma.

Nosotros nos sentíamos orgullosos de que el Santo Padre lo tuviera tan cerca. Prestigio a la Iglesia y a nuestro país en donde le tocó actuar. Fue un hombre habituado al trabajo arduo y tenaz. Todo lo preparaba con sumo cuidado quitándole horas al sueño. No había carta que quedará sin contestar, le escribiera quien le escribiera. Todos éramos importantes para él y este nos lo hacía sentir. Siguió trabajando con ardor al servicio de la Iglesia como Prefecto del Pontificio Consejo para los Laicos aún en medio de su dolorosa enfermedad. En la última comunicación telefónica con San Juan Pablo II, antes de morir, le dijo que desde el cielo iba a seguir trabajando por el Papa y por la Iglesia.

Toda la Iglesia Argentina, que hoy lo recuerda de un modo especial al iniciarse este año del centenario de su nacimiento, le pedí al Cardenal que siga trabajando desde el cielo por esta Iglesia nuestra y especialmente por nuestro Papa Francisco, que está llevando adelante con un coraje ejemplar y con muchas contradicciones internas y externar, las reformas del Concilio Vaticano II que fueron explicitadas más cerca nuestro, en las Conferencias de Medellín y San Miguel, al servicio de las cuales este hombre de Dios a quien hoy celebramos, entrego íntegramente su vida.

Le pedimos a la Virgen que mire a esta Iglesia suya capaz de engendrar hijos tan nobles y haga que pueda reflejar de un modo transparente a todos los hermanos la luz de Jesús.

† Oscar V. Ojea
Obispo de San Isidro
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

« VOLVER
Último Video
Bolívar 218, 3º Piso (1066)
Buenos Aires, Argentina
(54-11) 4343-4397
 

AICA es miembro de la:
Ingresar © Copyright 2020 | AICA | Todos los derechos reservados | Desarrollado por Triliton