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Corpus Christi
Homilía de monseñor Luis Alberto Fernández, obispo de Rafaela en la solemnidad del Corpus Christi (Catedral San Rafael Arcángel, 28 de mayo de 2016

Introducción
Queridas hermanas y hermanos, nos ha convocado una vez más el amor misericordioso del Padre, manifestado hoy en el Corpus Christi. «Presencia» que nos lleva hasta el «extremo del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros»: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”.

Este año, la Celebración del “Pan de Vida”, tiene un sentido especial, ya que en pocos días más, vamos a vivir en toda la Argentina, el XI Congreso Eucarístico Nacional en la ciudad de Tucumán, «cuna del Bicentenario», de nuestro nacimiento como Nación.

El fervor y amor a la eucaristía, aprendida desde pequeños, en nuestras familias, cuando nuestros padres nos llevaban a participar de la misa del domingo y en las catequesis de iniciación cristiana, junto a tantas catequistas, aprendimos a sabernos en la presencia sencilla y humilde de Jesús en la hostia consagrada, en el Sagrario, y sobre todo en cada eucaristía celebrada, la Pascua del Señor, «fuente y cumbre de la vida cristiana».

Presencia que alimenta, fortalece y llena de sentido la vida humana
La misericordia de Dios, ante el Misterio eucarístico, nos pone con «asombro» ante un amor de entrega, que se compromete «todo», no guardándose nada, y alejando al mundo, de toda «orfandad», «angustia», «soledad», «depresión», haciendo ver a la humanidad que no está como «atrapada y sin salida». Es lo que vivieron aquellas mujeres del evangelio, que fueron de madrugada a completar el rito de la muerte de Jesús, lo que decreta el fin de una existencia; fue el regreso «triste» de aquellos discípulos de Emaús, que volvían al «sin sentido» de la vida diaria.

Había que estar muy atentos y abiertos, como la Virgen al pie de la Cruz, para vislumbrar ese horizonte de la Vida Nueva, que Él había prometido y había forjado en la noche de PASCUA, dando a los discípulos el amor hasta el extremo, al quedarse para siempre en la «fracción del pan», perpetuidad del acontecimiento más extraordinario del amor de Dios por nosotros, su entrega en la Cruz, su muerte y Resurrección, ahora por el milagro de la eucaristía, para siempre presentes en cada celebración.

Esto solo lo puede hacer como dice el autor Romano Guardini: “obra del infinito amor de la misericordia Divina”, aquí no responde la inteligencia, sino el corazón, hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos…

Para esto ha querido quedarse <presente para siempre en la eucaristía>, para alimentarnos con el pan verdadero que hace consciente en nosotros, la cercanía del amor de Dios, sintiéndonos protegidos, amados y cuidados, ya no por las fuerzas del destino, o por la suerte de las cartas echadas o las magias de los adivinos, o la energía de un big bang, desbordante de vida sin final. Al acercarnos a la Mesa del Señor, nos sentimos, acogidos, comprendidos, y entramos en la misma vida del amor de Dios, donde se nos llama a construir junto y llevados por El, el nuevo Reino de Dios.

Al sentirnos amados y fortalecidos en cada misa, porque nos experimentamos salidos de nuestras individualidades y egoísmos, caminando junto a tantos hermanas y hermanos, como Pueblo de Dios que peregrina en esta vida, nos llenamos de Su Palabra, que nos convierte cada día, y nos anima a no guardarnos nada y llevar esta Vida Nueva a muchos hermanos, para que todos puedan participar de esta Plenitud de Vida Nueva, la que llena de sentido la existencia humana.

Eucaristía que hace la comunión, la unidad, creando un nuevo sentido y compromiso social
“Al recibir el Cuerpo de Cristo recibimos la fuerza "para la unidad con Dios y con los demás". No debemos olvidar nunca que la Iglesia está construida en torno a Cristo y que, como dijeron san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, siguiendo a san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque todos formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es el Señor. Debemos recordar siempre la última Cena del Jueves santo, donde recibimos la prenda del misterio de nuestra redención en la cruz. La última Cena es el lugar donde nació la Iglesia, el seno donde se encuentra la Iglesia de todos los tiempos”. Por eso hoy aquí en esta tarde la eucaristía nos une, construye la Iglesia diocesana.

“La idea central y fundamental en los documentos del Concilio Vaticano II debe ser individuada en la eclesiología de comunión… La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica, la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.

“La unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico”. “En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y “unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación” (Tomás de Aquino, S. Th. III, q.73, a.3). En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Pues “la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos”.

Nos recordaba S. J. Pablo II que: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia”. Y un gran teólogo De Lubac afirmaba: “Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se concluye que la vinculación entre una y otra es estrechísima”.

No olvidamos la gran enseñanza de San Juan Pablo II al comienzo del milenio en Novo millenio ineunte, el mismo Pontífice, indicando la fuerza de la koinonia, había propuesto también una espiritualidad de comunión, precisándola en sus manifestaciones y realizaciones y retomando el léxico querido por los Padres medievales que hablaban de la comunidad cristiana como “casa y escuela de comunión”. Sí, porque la eclesiología de comunión puede convertirse en un instrumento y estructura sólo si instaura en el tejido cotidiano de las Iglesias una espiritualidad de comunión.

La eucaristía tiene también esa repercusión social, en los gestos mismos de Jesús, vemos como involucra a los discípulos: “denles ustedes de comer”. Los alimenta desde la misma pobreza, del niño que llevaba solo cinco panes y dos pescados, que era eso tan pobre, para una multitud. Y Jesús enseña, que es desde la pobreza y sencillez, que se alimenta plenamente la vida humana, y cuando los apóstoles empiezan a repartir desde su pobreza, la vida y el pan se multiplican. Por eso duele al corazón humano, cuando somos indiferentes ante el hambre de los hermanos, o la falta de trabajo, nos duele, que existan chicos desamparados o ancianos abandonados a la buena de Dios, reclamar desde la eucaristía el techo, el trabajo y el pan es compartir el ser mismo de Dios, abandonado en Jesús, y tan presente como en la eucaristía en cada pobre que nos encontramos, en cada mujer y hombre faltos de la dignidad humana. La eucaristía nos llevará siempre como es ella misma, a partirnos como el pan para los demás, a ofrecernos como Jesús para que todos puedan ser felices y a encontrarlo en cada sufriente de este mundo como lo encontramos en cada eucaristía. Comprometiéndonos por los demás celebramos en serio cada eucaristía, haciendo entre todos un país más justo, reconciliado y en paz, somos eucaristía viviente, que vivimos en continuo Cristo por las calles como la procesión que vamos a realizar.

El Beato Pablo VI durante el 39º Congreso Eucarístico de Bogotá, aquí en América: “El (Cristo) amó y se sacrificó. 5, 2). Nosotros deberemos imitarlo. ¡He ahí la Cruz! Tendremos que amar, hasta el sacrificio de nuestras personas, si queremos edificar una sociedad nueva, que merezca ponerse como ejemplo, verdaderamente humana y cristiana”.

Y delante de los campesinos afirmaba: “El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino… Y toda la tradición de la Iglesia reconoce en los Pobres el Sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la Eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística con ella”.

Más recientemente, Benedicto XVI, en la tercera parte de la exhortación Sacramentum caritatis, ha conjugado la dimensión social del Sacramento como:

Convicción que la Iglesia ha recibido en la Eucaristía el código genético de su identidad, el don pleno que la pone delante del mundo como “Cuerpo de Cristo”, “sacramento de salvación”. De aquí nace la llamada a transformaciones no sólo morales e interiores, sino también sociales y culturales. Por eso es justo hablar de un verdadero y propio ethos eucarístico.

La eucaristía nos hace ser una Iglesia en salida
La celebración del Corpus Christi, tiene que ser para cada uno de nosotros, una extraordinaria ocasión para revitalizar el cuerpo eclesial diocesano, volviendo a ubicar en el centro de nuestra historia, la persona de Jesucristo y el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo llenándonos de alegría y proveyéndonos sus dones para anunciar el Evangelio a través de los caminos que nos hemos trazado en las Asambleas Diocesanas, tenemos que ser capaces de llegar a cada ambiente y a cada cultura, del extenso territorio, para anunciar como Iglesia servidora, el evangelio de la ternura del Dios misericordioso, viviendo como hermanos, en comunión, haciéndonos cercanos a todos, especialmente a los más pobres y olvidados. Con Jesús eucaristía, seremos una Iglesia en salida, que con el mismo ardor y entrega del Señor, El continuará presente a través de nuestras vidas, curando a muchos, ayudándolos a salir de sus miedos y tristezas, angustias y temores, nos librará de la esclavitud de la corrupción y la droga, y nos llevará a una patria más justa y reconciliada.

San Juan Pablo II, nos exhortaba: “Pedid conmigo a Jesucristo unidos a toda la Iglesia para que desde la eucaristía, salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita… Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres”.

La celebración eucarística es “fuente de misión” porque despierta en los discípulos la voluntad decidida de anunciar a los otros, con audacia, cuanto ha escuchado y vivido, Así se abren las puertas del mundo.

En el fondo, esto es lo que se tendría que experimentar, domingo tras domingo, en nuestras comunidades. En lo que llamamos, con razón, el Día del Señor (Ap 1,10) hay un convergencia particular de hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 7,9) que se ponen en marcha hacia una serie de Capillas, centros misioneros, catedrales, iglesias parroquiales… también santuarios y oratorios. Un inmenso río de creyentes que cada domingo sale de su casa y humildemente, sin ruido; inmenso río que agrupa a los cristianos provenientes de ciudad y de pueblos, de las Colonias y los campos, para encontrarse con la comunidad, y la presencia del Señor que lo llena todo y hace nuevas todas las cosas.

De este modo se alcanzan las periferias de las que habla el Papa Francisco, que son las geografías de los todavía no evangelizados y las de cuantos se encuentran distantes del corazón y se han distanciado, pero que esperan con vivo deseo el reencuentro de una comunidad eclesial que los extraña, y por eso como Jesús sale en búsqueda de la oveja perdida y al encontrarla la carga sobre sus hombros y la lleva con ternura a la comunidad. Estas abarcan a los denominados “alejados”, que han recibido un primer anuncio de la buena noticia y después se han alejado de la fe por las vicisitudes de la vida, pero también como propusimos en los objetivos diocesanos estos son <los buscadores de Dios> todavía escondidos, que viven en el corazón la nostalgia de lo que hoy estamos celebrando, el infinito amor misericordioso de Dios, presente en la eucaristía.

Mons. Luis Fernández, obispo de Rafaela
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