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«La familia, al servicio de la vida»
Carta pastoral de monseñor Luis A. Fernández, obispo de Rafaela, cCon motivo del inicio de la Cuaresma 2019

Al pueblo de Dios y a toda persona de buena voluntad:
Si hacemos memoria del recorrido que venimos transitando en la diócesis desde hace ya varios años, recordaremos que Familia es el eje de uno de los objetivos específicos, por lo tanto es una prioridad en el trabajo pastoral diocesano que no podemos desestimar.
Además, el inicio de esta cuaresma nos sitúa frente a una anunciada promulgación de la ley provincial de educación, que contempla los contenidos de educación sexual integral (ESI). En este contexto y teniendo en cuenta el pedido de los sacerdotes del decanato 4, ante las dificultades y problemáticas que atraviesa la familia en la actualidad, es que considero conveniente dirigir a todo el Pueblo de Dios, que peregrina en esta Iglesia Diocesana este Mensaje de Cuaresma. Estos párrafos quieren, de esta manera, iluminar los desafíos del mundo de hoy, para que juntos busquemos caminos de Verdad y Misericordia.


Y cuando tu hijo te pregunte el día de mañana:
“¿Qué significan esas normas, esos preceptos y esas leyes que el Señor nos ha impuesto?”, tu deberás responderle:
“Nosotros fuimos esclavos del Faraón en Egipto, pero el Señor nos hizo salir de allí con mano poderosa.”» Deuteronomio 6, 20-21

1. Estas palabras del Deuteronomio recuerdan aquella primera Pascua del Pueblo de Israel, en el marco de un diálogo familiar que hace memoria del amor de Dios que salva a sus hijos de la mano de los poderosos. Es la memoria profética de la entrega «hasta el extremo»(1) de Jesucristo en la cruz, sacrificio que se hace banquete en el memorial eucarístico, pascua sacramental que da Vida a los hijos de Dios que aún peregrinamos con la esperanza de llegar a «un cielo nuevo y una tierra nueva»(2). En la Cuaresma, la liturgia nos ayuda a descubrir que toda la vida de Jesús, cada gesto, cada opción, cada palabra, es fruto de un amor libre y maduro que siempre opta por la vida, porque tanto el amor como la libertad cobran su mayor sentido cuando están orientados a la Vida. Esto lo iremos celebrando durante todo este tiempo: la libertad y el amor de Jesús encuentran su culmen en la Vida en abundancia que desborda de aquella entrega generosa.

2. Y, como sucedía en la narración del Deuteronomio, también hoy sigue siendo la familia el ámbito donde se debe seguir narrando esta gran obra de amor. No dejemos nunca de brindar a nuestros hijos y nietos, padres y hermanos, la experiencia de que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»(3), y así puedan comprender que «sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien»(4). Allí donde hay libertad, siempre habrá vida. Esta viga maestra que sostiene y permite edificar el futuro de los pueblos, en ciertos momentos de la historia como el nuestro, está siendo cuestionada. Es aquí donde, con claridad y valentía, el evangelio de la vida y de la familia debe resonar en cada rincón con el propósito no del mero resguardo de un precepto moral o de la defensa de una idea religiosa, sino para cuidar y promover a cada persona concreta en su dignidad, con atención particular a las más necesitadas, frágiles e indefensas. Este tesoro que constituye el corazón de nuestra fe católica es también percibido y valorado por creyentes de otras confesiones y por no creyentes. Por eso este tiempo desafiante es rico en oportunidades. Nos permite como Iglesia redescubrir aquellas realidades (como la protección de la mujer en situación de riesgo y el rol educador de las familias) en las que debemos asumir un mayor compromiso encontrando propuestas concretas, realistas e innovadoras ante muchas demandas que tienen una raíz legítima. El amor siempre se las ingenia para encontrar caminos que sostengan, acompañen y promocionen la vida. Pero eso implica poner el hombro y "arremangarse". Por esto, agradezco a todos los que en momentos turbulentos y desafiantes de la sociedad en la que vivimos, saben mantener con firmeza y serenidad la voz del corazón creyente, siempre atento a las necesidades y derechos de los más indefensos.

3. Las nuevas realidades familiares que queremos seguir abrazando con misericordia y la apertura eclesial que se hace diálogo sincero y respetuoso, no contradicen la misión que como Iglesia hemos recibido, de anunciar a Jesucristo, «Camino, Verdad y Vida»(5). Pero no podemos olvidar que la verdad anunciada no sólo se manifiesta en su contenido, sino también en el modo de transmitirla y defenderla. Verdad y caridad nunca pueden separarse, como nos lo recordaba Benedicto XVI: «Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola»(6). Recordar esto nos dará la posibilidad de renovar el ardor cristiano, no como «heraldos de una idea, sino como testigos de Cristo»(7).

4. Vivimos momentos difíciles en nuestra sociedad, donde la propaganda ideológica de una libertad ilimitada pareciera ganar terreno, planteando una moda «políticamente correcta» de hablar. Da la impresión de que lo que no es posible conseguir mediante fundamentos sólidos y de sentido común, se debiera imponer por la violencia y el descrédito falaz(8). Todo esto confirma que no todo cambio cultural es por ello mismo signo de humanización, menos aún cuando vulnera la vida en cualquiera de sus expresiones, o se tiene la mentira y el discurso violento como instrumento de justificación.
Lo describe el Consejo Pontificio para la Familia: «Domina una cultura en la que la sociedad y los mass-media ofrecen a menudo una información despersonalizada, lúdica, consecuencia pesimista y sin respeto para las diversas etapas de la formación y evolución de los adolescentes y de los jóvenes, bajo el inflijo de un desviado concepto individualista de la libertad y de un contexto desprovisto de los valores fundamentales sobre la vida, sobre el amor y sobre la familia»(9).

5. La respuesta a la pobreza, a la violencia, a la vulnerabilidad de las personas, o a cualquier problema que deshumanice la vida del hombre, jamás nacerá de la muerte y de la práctica del descarte de los más débiles. «Nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del descarte, que es lo contrario de la cultura de la acogida»(10). Por el contrario, como Iglesia creemos, deseamos, pedimos y buscamos el respeto por los derechos de la mujer. También los del niño por nacer y la de todo aquel hijo de Dios que se sienta vulnerado en sus derechos primarios y esenciales. Por eso mismo, nunca ahorraremos esfuerzos por buscar respuestas que conduzcan siempre a la vida.

6. También en el ámbito educativo se presentan desafíos que no podemos obviar, que encierran en el fondo de la cuestión elementos buenos que celebramos: la lucha contra la discriminación y la tolerancia como base del diálogo, la prevención frente a situaciones de abuso. Sin embargo, la suma de otros elementos arbitrarios «lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer»(11), «que tiende a adoptar formas basadas casi exclusivamente en el paradigma de la autonomía de la voluntad»(12). Sostenemos el valor de lo diverso y lo hacemos precisamente ante la paradoja de una concepción que dice hacerlo pero que en la práctica, deja afuera cualquier otra perspectiva, imponiéndose como modo único de ver la realidad. Será un desafío para nuestras familias cristianas educar a sus hijos en la tolerancia y la comprensión, sin caer en posiciones relativistas, porque «el riesgo está en pretender borrar las diferencias y esa distancia inevitable que hay entre los dos (el varón y la mujer). Porque cada uno dispone de una dignidad propia e intransferible»(13). Por eso, no podemos ser ambiguos: «desde nuestra cosmovisión cristiana rechazamos la ideología de género, pero no podemos negar que la perspectiva de género(14) es una categoría útil para analizar la realidad. Por ello, nos preocupa que se pretenda imponer la “ideología de género” al proyecto de educación, desconociendo la libertad que asiste a los padres y a las instituciones educativas a educar de acuerdo a sus idearios propios»(15).

7. Hace pocos meses, la Iglesia en Argentina nos lo recordaba: «La educación sexual se encuentra hoy sobre la mesa del diálogo político, social, cultural y educativo en nuestra Argentina. El reciente debate mostró que el aborto no constituye ninguna solución, sino que es un drama humano personal y social. Hemos tomado conciencia de que hay que comenzar por la educación sexual que integre todas las dimensiones de la persona. Se pudo observar, además, que hay consenso de que dicha educación no debe limitarse a “saber qué hay que hacer para que una joven no quede embarazada”, o a conocer el cuerpo de varones y mujeres como quien meramente conoce el funcionamiento de un dispositivo, sino que esa educación debe ser integral, vale decir, de toda la persona: su espiritualidad, sus valores, sus emociones, sus pensamientos, su contexto social, económico, familiar y obviamente su cuerpo y su salud. Debe ser una educación para el amor, que incluya la sexualidad pero que no se circunscriba solo a ella. Una educación así es, además, un camino excelente para prevenir el aborto, la iniciación sexual precoz, las enfermedades de transmisión sexual, la violencia y el abuso sexual. Estamos convencidos de que debemos dar nuevos pasos para fortalecer la educación sexual en el ámbito intrafamiliar y escolar. A ello nos anima el papa Francisco en Amoris laetitia, donde afirma con claridad “Sí a la educación sexual” (AL 280)… Sólo una buena educación permite tomar decisiones libres y responsables»(16).

8. Todo esto plantea el serio compromiso de los laicos que, de diverso modo y desde los distintos roles sociales que desempeñan, deberán buscar instrumentos para que el derecho que las familias tienen sobre la educación de sus hijos, especialmente en el ámbito afectivo-sexual, sea respetado. Dado que muchas realidades familiares atraviesan en su seno una severa crisis y que el Estado debe también cumplir un rol, sería interesante que los proyectos que legislan este campo tiendan cada vez más a la integración de los padres dentro del proceso educativo de sus hijos; se les dé asesoramiento, apoyo y contención pero también participación activa y voz en la comunidad educativa. Lo dicho hasta el momento no busca sólo «asegurar» cierto respeto por el ideario de instituciones católicas, sino de brindar la posibilidad a todas las familias que confían la educación de sus hijos al estado, que en lo que se refiere a la educación sexual, tendrán la libertad de inculcar en ellos los valores en los que creen y quieren vivir, sin que la educación sexual en las escuelas imponga orientaciones ideológicas contrarias a las que los padres desean para sus hijos. Sería propicio, además, que a raíz de este debate actual en nuestro país, padres y educadores católicos se formen adecuadamente, a la altura de las circunstancias, para promover sus propios valores, y saber de qué modo ser instrumentos de una adecuada educación sexual, en cualquier ámbito, público o privado. Como en el caso de la defensa de la vida, el derecho de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones más íntimas no es una cuestión sólo religiosa, sino que pertenece al orden de los derechos humanos fundamentales. Vienen bien en este momento recordar algunas palabras del magisterio que iluminen este aspecto tan sagrado e irrenunciable de la educación sexual. Ver Anexo: “Citas del Magisterio de la Iglesia sobre la Educación Sexual” .

9. Hemos de reconocer frente a todo esto, que muchas veces hemos descuidado la formación cristiana de nuestras familias, sin proponer valores evangélicos por temor al rechazo y sin el esfuerzo suficiente en la coherencia de la vida cotidiana. Por estas y otras tantas razones que todos conocemos y sufrimos, el ámbito más natural y eficiente para la transmisión de la fe, la familia, ha ido perdiendo su capacidad de educar en la fe. En una mirada generalizada, son muchos los niños y jóvenes que adquieren una mirada sobre la realidad ajena a Dios, al Reino, a Jesucristo y a la vida cristiana, fruto de considerarlas como notas privadas, opcionales, accesorias, prejuiciosas, irreales y hasta perjudiciales para la libertad. Es tiempo de renovar el compromiso de cada familia cristiana en lo referente a la experiencia de la vida cristiana, la vivencia de los sacramentos, la formación de sus hijos y el testimonio alegre y permanente de la fe en Jesucristo. No podemos exigir el respeto en un ámbito particular de la educación de nuestros hijos, sin tomar en serio nuestro deber de educarlos íntegra y conscientemente en todas las dimensiones de la vida. Todas las instituciones de la Iglesia deberán aportar las herramientas necesarias, pero seguirá siendo la familia el agente fundamental de esa educación. En todo caso, la familia deberá encontrar en los organismos eclesiales (parroquias, movimientos, colegios, etc.) los elementos humanos, pedagógicos y catequéticos que la ayuden en su tarea.

10. La familia nunca dejará de ser el ambiente donde los hijos aprenden a vivir. De allí se desprende que la educación brindada por y en la familia «tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse»(17) . Tomar consciencia de esto implicará poner todos los medios y esfuerzos necesarios para que en el seno de cada una de nuestras familias nunca falte el diálogo, el ejemplo, la confidencia, la escucha, la presencia real y de calidad, la comunicación eficaz de los valores cristianos, la invitación insistente a la experiencia sacramental y comunitaria de la fe. No hay nada que no se deba y pueda charlar en casa, evitando delegar en terceros lo que corresponde por vocación y derecho a los padres o quienes hacen sus veces. El tiempo que se dedique a este arte de moldear el corazón de los hijos, respetando sus particularidades y potenciando sus talentos, nunca es tiempo perdido. Y por más que el crecimiento de los hijos a veces nos enfrente a la experiencia de sus malas elecciones o sus rebeldías, haremos bien en confiar en lo que ya sembramos en sus corazones y en que el Señor, a quienes pertenecen, sabrá cuál es el momento adecuado para hacer brotar lo que con empeño hemos plantado.

11. No quiero terminar este mensaje sin agradecer los esfuerzos de todos, e invitar a los laicos y pastores de nuestra Iglesia diocesana, a renovar esfuerzos en todo lo que esté a nuestro alcance, de manera que el trabajo pastoral en los ámbitos de la educación, la formación de niños y jóvenes, el noviazgo, el matrimonio, la familia, el cuidado de los más débiles, siga siendo un creíble testimonio de la fe que profesamos, un testimonio de la verdad y de la caridad, sin ser reaccionarios, sino proactivos protagonistas de la nueva argentina que queremos ser. Por ello mismo, fijando nuestra mirada en Jesús, especialmente en este tiempo cuaresmal, recibamos el consejo que San Pablo nos da: «Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias»(18). Revestirnos de los sentimientos de Cristo Jesús a la hora de manifestar y compartir la fuerza humanizarte de la fe, será el modo más seguro de permitir la fecundidad de los esfuerzos. Por eso, como padre y pastor, me uno al pedido del Apóstol: «Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por rivalidad o vanagloria, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús»(19).

12. Los invito a caminar este tiempo que nos lleva a la Pascua de Cristo, poniendo en manos de nuestra Madre de Guadalupe los sufrimientos y alegrías, las esperanzas y los proyectos que anidan nuestros corazones. Ella, Madre siempre fuerte y confiada al pie de la Cruz, intercederá por nosotros para que, haciendo nuestro corazón cada día más semejante al de su Hijo, y «por los méritos de su Pasión y de su Cruz, lleguemos la gloria de la Resurrección». Les deseo a todos una fecunda Cuaresma y un alegre y comprometido tiempo Pascual.

Mons. Luis Fernández, obispo de Rafaela

ANEXO: Citas del Magisterio de la Iglesia sobre la Educación Sexual
- «Hay que iniciarlos (a los niños y adolescentes), conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual»(20).

- «Ante una cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona –cuerpo, sentimiento y espíritu– y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor (…) La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la subsidiariedad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres»(21).

- «La educación sexual brinda información, pero sin olvidar que los niños y los jóvenes no han alcanzado una madurez plena. La información debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven (…) Una educación sexual que cuide un sano pudor tiene un valor inmenso, aunque hoy algunos consideren que es una cuestión de otras épocas. Es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en un puro objeto. Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual (…) Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro». Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos… De ese modo se los alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto de búsquedas compensatorias de carencias o de grandes límites. Es importante más bien enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque todo eso prepara para un don de sí íntegro y generoso (…) No hay que engañar a los jóvenes llevándoles a confundir los planos: la atracción «crea, por un momento, la ilusión de la “unión”, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como antes». El lenguaje del cuerpo requiere el paciente aprendizaje que permite interpretar y educar los propios deseos para entregarse de verdad. Cuando se pretende entregar todo de golpe es posible que no se entregue nada (…) La educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia, que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para abrirse a la aceptación del otro. Más allá de las comprensibles dificultades que cada uno pueda vivir, hay que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado, porque «una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente»… La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo (…) Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptaci6n Es verdad que no podemos separar lo que es masculino y femenino de la obra creada por Dios, que es anterior a todas nuestras decisiones y experiencias, donde hay elementos biol6gicos que es imposible ignorar, Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido, Por eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a la situación laboral de la esposa ... »
(22)

Notas

(1) Juan 13,1
(2) Apocalipsis 21,1
(3) Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 24
(4) Benedicto XVI, Homilía, 8-XII-2005
(5) Juan 14,6
(6) Caritas in Veritate, 2
(7) Benedicto XVI, Audiencia general del 22 marzo de 2006
(8) «El magisterio de la Iglesia advierte en la actualidad sobre el riesgo de ciertas posturas ideológicas, que pretenden imponerse como un pensamiento único. Entre ellas la denominada “ideología de género”, donde el género es pensado como una actuación multivalente, fluida y autoconstruida independientemente de la biología, por lo que la identidad propia podría diseñarse de acuerdo al deseo autónomo de cada persona», (Comisión Episcopal de Laicos y Familia, Comisión Episcopal de Catequesis, Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, Mensaje: «Distingamos: sexo, género e ideología», 26 de octubre de 2018)
(9) Cons. Pont. para la Familia, «Sexualidad humana: verdad y significado: Orientaciones educativas en la familia»,1.
(10) Francisco, discurso en el Hospital Pediátrico Universitario (UCH) de Cracovia, 29 de julio de 2016
(11) Amoris Laetitia, 56
(12) Amoris Laetitia, 53
(13) Amoris Laetitia, 155
(14) Perspectiva de género: "Los estudios de género pueden ofrecer una herramienta de análisis que nos permita ver cómo se han vivido en las diversas culturas las diferencias sexuales entre varones y mujeres, e indagar si esta interpretación establece relaciones de poder y cómo las establece. No se vive igual la condición masculina o femenina hoy, que hace cien años. (…) No es la actividad la que
hace a la mujer y al varón ser lo que son, sino que la mujer y el varón siendo lo que cada uno es, pueden variar de actividad de acuerdo a las circunstancias y las épocas. (…) Mirar la sociedad teniendo en cuenta los roles, las representaciones, los derechos y deberes de las personas de acuerdo a su género, es adoptar una perspectiva de género" - Comisión Episcopal de Laicos y Familia, Comisión Episcopal de Catequesis, Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, Mensaje: «Distingamos: sexo, género e ideología»,
26 de octubre de 2018
(15) Comisión Episcopal de Laicos y Familia, Comisión Episcopal de Catequesis, Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, Mensaje: «Distingamos: sexo, género e ideología», 26 de octubre de 2018
(16) Comisión Episcopal de Laicos y Familia y Comisión Episcopal de Educación, Mensaje: «Sí a la educación sexual», 3 de octubre de 2018
(17) Concilio Vaticano II, Gravissimum educationis, 3
(18) Colosenses 3, 12-15
(19) Filipenses 2, 1-5
(20) Concilio Vaticano II, Gravissimum Educationis, 1
(21) Familiaris Consortio, 37
(22) Amoris Laet:it:ia, 281-286
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