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Corpus Christi
Homilía de monseñor Luis Urbanc, obispo de Catamarca, en la solemnidad del Corpus Christi (Catedral basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle, 29 de mayo de 2016)

Queridos hermanos, devotos de Cristo Eucaristía:

Nos hemos congregado delante de nuestra Catedral Basílica, sobre el Paseo de la Fe, para honrar públicamente nuestra fe y amor a Jesucristo, verdaderamente presente en el Santísima Eucaristía. Permítanme que interprete sus pensamientos y sentimientos y con ellos me dirija en nombre de ustedes y mío a este Señor de la Vida y de la Historia, que hoy quiere, junto con nosotros, recorrer las ruidosas y soñadoras calles de nuestra ciudad, representadas por las 4 vías que circundan nuestra querida plaza.

Señor Jesús, igual que Melquisedec (Gn 14,18-20), te ofrecemos hoy el pan y vino de nuestras vidas, de nuestros trabajos, de nuestros sueños, de nuestras familias, de nuestros niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, de nuestras angustias y miedos, que nos acompañan en el ajetreo cotidiano unas veces como sombras otras como esperanzas y no pocas veces como amenazas. Sabemos que sólo en Ti todo puede ser transformado en gracia que reanima y purifica los corazones para hacer de nuestras vidas una ofrenda agradable a Dios Padre y bálsamo para nuestros hermanos.

Señor Jesús, hoy nos has congregado para celebrar el gran misterio que instituiste la noche que fuiste entregado, que nosotros recibimos de nuestros mayores y que no sólo debemos sino que queremos transmitir a las generaciones presentes y futuras como memorial de tu libre y amorosa entrega por la salvación de toda la humanidad.

Señor Jesús, sabemos que cuando Pablo escribió esta enseñanza a los cristianos de Corinto (1Cor 11,23-26), esa comunidad estaba enfrentada por las diferencias sociales, entre los que poseían más y los carenciados, siendo un escándalo que no supiesen compartir a la hora de celebrar la Eucaristía. A ellos, como a nosotros, les costaba ser coherentes, descubrir que Tú nos has hermanado y nos has asegurado que nada nos faltará si confiamos en Ti. Ellos, como nosotros, han perdido la dimensión trascendente y fraterna de tu Cena Pascual que la perpetuamos en cada Eucaristía.

Señor Jesús, ayúdanos a redescubrir que la Santa Misa es el memorial de tu cruel e ignominiosa muerte en la Cruz, en la que entregaste hasta la última gota de tu Sangre, es decir, de tu Vida para que nosotros tuviéramos vida verdadera, plena y eterna, en una palabra, Vida Divina. Por tanto, en el pan convertido en tu Carne, hacemos presente tu Cena Pascual: la dimensión nutricia y festiva de la Misa, en cambio, en el vino convertido en tu Sangre nos adentramos en su dimensión sacrificial y propiciatoria.

Señor Jesús, danos el entusiasmo y la perseverancia para reunirnos semanalmente a “hacer esto en memoria tuya”, como lo mandaste para nuestro bien y el de toda la humanidad, puesto que queremos proclamar tu santísima muerte y resurrección hasta que vuelvas por segunda vez.

Señor Jesús, que aprendamos de cada celebración eucarística a ocuparnos de las necesidades de nuestros hermanos, aun antes que nos lo pidan; que sepamos ver dónde está el que nos necesita; que jamás despidamos (Lc 9,11-17) a nadie por no querer involucrarnos con su problema; que sepamos ser misericordiosos como tu Padre lo es con nosotros; que jamás dejemos a alguien librado a su propia suerte y que nuestra conciencia no nos lo reproche; que nos convenzamos que compartiendo la vida y los dones que nos diste seremos realmente imagen y semejanza de la Trinidad que nos creó, salvó y nos santifica; que cada vez que comulgamos con tu Cuerpo y Sangre salgamos decididos a dar de comer con esos cinco panes y dos pescados por ti transformados y multiplicados en gestos de cercanía, compasión, solidaridad, perdón, fraternidad, amistad, servicio y alegría; que nunca dejemos a nadie en el desierto de su soledad, angustia, tristeza, dolor, enfermedad, marginación, pobreza, adicción, fracaso, incredulidad, etc., sino que pongamos todo lo que somos y tenemos a su servicio, con la certeza de que Tú todo lo conoces, lo puedes y lo multiplicas para bien de todos.

Señor Jesús, danos la gracia de sentir hambre de Ti, para que podamos comprender al que pasa hambre de pan, de cultura, de cariño, de trabajo, de respeto, de dignidad, de salud, de integridad, de educación, de inclusión, y que nos acerquemos humildemente a ellos para ayudarlos a saciarse de los bienes que Tú repartes en abundancia por medio de nuestro compartir.

Señor Jesús, enséñanos a partirnos y a repartirnos como Tú en favor de nuestros hermanos hasta la entrega de la propia vida como lo hiciste Tú y lo celebramos en cada Eucaristía. Que aprendamos de Ti no sólo a dar algo, sino a darnos, puesto que esto hiciste en favor de toda la humanidad y nos lo dejaste como memorial para que hagamos lo mismo, con la certeza de que vale la pena porque Tú lo santificas y significas. Todo lo que nos indicas hacer es lo mejor. Que lo sepamos y lo practiquemos.

Señor Jesús, danos la convicción de que al comer tu Cuerpo y beber tu Sangre nos convertimos a Ti y en Ti, es decir, nos hacemos uno contigo y con el Padre y el Espíritu Santo. Haz que la conciencia de nuestra indignidad no nos aleje de Ti, sino que la felicidad de tenerte nos haga perder el miedo y busquemos los medios y condiciones de vida para unirnos eucarísticamente a Ti y poder amar como Tú nos amas. Que la habitual invitación que hacía el santo cura de Ars a sus parroquianos: “Vengan a la comunión, a pesar de su indignidad, porque la necesitan”, también nos llegue a nosotros y sepamos encontrar confesores que nos reconcilien contigo y nos hagan valorar y encaminar hacia tan místico y saludable alimento en el que te nos das.

Señor Jesús, que podamos comprender que la Eucaristía nos urge a integrarnos en un único cuerpo eclesial, por tanto, que tomemos conciencia que si comulgamos tu Cuerpo y Sangre no debemos, a la vez, ofender este mismo Cuerpo con escandalosas divisiones y acepción de personas entre sus miembros. Que sepamos ‘discernir’ tu Cuerpo no sólo en las especies sacramentales, sino también en cada prójimo de nuestra comunidad, de lo contrario, sabemos que nos estaremos comiendo la propia condenación. Ayúdanos Señor a no hacer de nuestras familias, movimientos, grupos o comunidades un ‘country’, aislándonos y alejándonos de los más necesitados.

Señor Jesús, danos la gracia de reconocerte presente cuando tus sacerdotes parten la Hostia y, en ese signo, tu pedido de brindarnos con gozo a los más necesitados. Así nuestras Eucaristías serán fecundas, creíbles y transformadoras de la sociedad.

También Señor te pedimos que acojas los pedidos de tu Santa Madre, a la que también confiamos estas súplicas para que nos volvamos todos una Iglesia misionera, eucarística, mariana y solidaria. Amén.

Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamarca
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