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Ordenación diaconal de Gabriel Rodrigo Cayetano Lencina
Homilía de mosneñor Luis Uurbanc, obispo de Catamarca, en la ordeanción diaconal de Gabriel Rodrigo Cayetano Lencina (Catedral basílica y santuario Nuestra Señora del Valle, 23 de marzo de 2018)

Queridos hermanos en el Señor, y muy apreciado Cayetano:

Bienvenidos a esta gozosa celebración de toda la Iglesia diocesana de Catamarca. Tengan por cierto que nos implica a todos; por eso, antes que nada, quiero agradecer a los papás de Cayetano por haber acogido la responsabilidad de educarlo y de darlo al servicio de Dios y los hombres a través de la vocación sacerdotal. El Señor les otorgue la gracia de crecer en la santidad matrimonial, de ver que su familia crece en fe y amor, y que siempre estén unidos y en paz.

Agradezco al seminario de Tucumán en la persona del p. Carlos Torres por estos ocho años de acompañamiento en la configuración de Cayetano con Cristo Servidor y Sacerdote Eterno. Agradezco a las comunidades parroquiales a las que ha pertenecido Cayetano y en las que colaboró a lo largo de estos años, ya que han sido un puntal importante en su proceso formativo y motivación para seguir adelante hasta esta entrega de hoy y las por venir. Agradezco a tantos ancianos, enfermos, niños, jóvenes, adultos y sacerdotes que pusieron su granito de arena y que sólo Dios conoce. Gracias.

Querido Cayetano, dentro de unos minutos vas a ser llamado por la Iglesia para recibir el diaconado en tu camino hacia el sacerdocio ministerial. Bien sabes que en tu proceso vocacional no hay nada excepcional, salvo una cosa: la presencia del amor del Señor en tu vida que comenzó el día de tu bautismo, cuya vivencia te permitió reconocer que lo más importante en tu vida es seguir a Jesucristo. Sí, queridos hermanos: quien descubre que el Señor se ha fijado en Él, quien lo escucha y lo sigue, encuentra en su seguimiento la razón de su existencia, que sólo puede generar una gran alegría. Lo peor que nos puede ocurrir como Iglesia y como presbiterio es caer en la incapacidad de alegrarnos por el bien, la indiferencia ante los continuos dones del Señor en medio de nuestra Iglesia.

Sí, esta celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Iglesia, que se consuela hoy al ver que Dios sigue llamando y nos sigue enviando vocaciones, no obstante la enorme penuria vocacional que hay entre nosotros; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir.

Cayetano, tu ordenación como diácono, que corresponde al tercer grado del orden sagrado, es una ocasión propicia para recordárnoslo que enseña el Concilio Vaticano II acerca del diaconado: que serás en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que vino “no para ser servido sino para servir” (Mt 20,28). Por una marca imborrable, quedarás conformado en tu ser y para siempre diácono, servidor, a imagen y tras las huellas de Cristo Siervo; la futura ordenación sacerdotal no borrará esta marca; también como sacerdote deberás seguir siendo servidor; no te sientas nunca dueño, sino servidor; no ocupes el centro como ocurre con cierta frecuencia, el centro le corresponde sólo a Jesucristo; con tu palabra y con tu vida deberás ser para siempre signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

Recibe el orden del diaconado para servir a todo ser humano como portador de la salvación de Cristo. Para ello debes descubrir aún más la belleza de la cruz de Cristo, que tan crudamente es descripta en las lecturas que se acaban de proclamar (Jer 20,10-13 y Jn 10,31-42). El apóstol Pablo afirma que el núcleo de nuestra misión está en anunciar el misterio del amor de Dios, manifestado en la cruz de Cristo, para dejarnos transformar por este amor. Frente a todas las doctrinas de salvación, Pablo sabe que lo único que salva es la cruz de Jesucristo, que ofrece el amor sanador y salvador de Dios. La cruz es para Pablo el único sentido de su vida; la cruz lo ha transformado, al igual que transforma a quien se deja tocar por ella (cf. Gál 2,20; 1Cor 1,23).

Jamás olvides que Jesucristo no puso límites al propio abajamiento, “sino que se despojó y se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,7-8) para elevar a los hombres a la dignidad de hijos de Dios.

Como diácono te pones al servicio incondicional de Jesús, para ser ‘sal de la tierra y luz del mundo’ (Mt 5,13-16). Estas palabras involucran a todo discípulo del Señor, cuánto más, al diácono, que está llamado a servir a Cristo y, en él, a su Iglesia y a los hermanos, siguiendo los pasos de Cristo Siervo, para dar sabor al mundo y preservarlo de la corrupción del pecado, y para ser luz que refleje la Luz, que es Cristo, que ilumina la existencia de las personas. Al igual que Jesús, ya no te cabe poner condiciones de tiempo, de lugar o de tarea, sino que has de estar siempre disponible para Dios y para la gente en total obediencia a la Iglesia y al Obispo. Como Cristo lo hizo, estás llamado a poner toda tu persona y toda tu vida –tus capacidades, tus energías, tu tiempo y tus deseos- al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia para la salvación del mundo. Todo esto lo significarás con el rito de la postración, expresando tu completa disponibilidad para tomar el ministerio y el estilo de vida que se te confía. En ese yacer por tierra en forma de cruz antes de la ordenación, muestras que acoges en tu propia vida la cruz de Cristo, que es entrega total por amor. No se genera vida sin entregar la propia. Amar como Cristo es darse sin escatimar, hasta desaparecer. El amor entregado genera vida; en cambio, el apego a sí mismo, lleva a la autodestrucción. Se trata de una verdad que el mundo actual rechaza y desprecia, porque hace del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. El discípulo de Cristo no considera su interés personal, su bienestar o la propia supervivencia; al contrario, sabe que desprenderse de la propia vida por amor a Cristo y a los hermanos es conservarse para una vida definitiva y eterna. Ser discípulo de Cristo significa encontrarse con Él, para dejarse transformar por Él; acoger la luz que de Él procede, para vivir como Él, aun en medio de la oscuridad, de la hostilidad y de la persecución; quien así vive se encuentra, como Jesús, en la esfera del Espíritu, en el hogar del Padre, y es sal de la tierra y luz del mundo. Recuerda lo que acabamos de oír en el pasaje del Evangelio (Jn 10,37-38), que nos da la pauta que los demás aceptarán nuestras enseñanzas, en la medida que nuestro obrar sea coherente y creíble.

La gracia divina, que recibirás con el sacramento, te hará posible esta entrega total y dedicación plena a los otros por amor de Cristo; y además te ayudará a buscarla con todas tus fuerzas. Éste será el mejor modo de prepararte para recibir la ordenación sacerdotal: servir con generosidad y desinterés, sólo por amor. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que te ayude a transformarte en fiel espejo de su caridad, hecha servicio.

Al ser ordenado diácono serás consagrado y enviado para ejercitar un triple servicio: él de la Palabra, él de la Eucaristía y él de la caridad.

Al depositar en tus manos el Evangeliario, te diré: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas”. No olvides que una de las tareas más urgentes es el de la diaconía a la Verdad que brota de la Palabra de Dios y que debe ser anunciada a todo hombre, al matrimonio, a la familia, a la sociedad, a la cultura, a la economía, a la política, a la ciencia, al trabajo, etc.

Como diácono serás también el primer colaborador del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. También tendrás el honor y el gozo de distribuir habitualmente el Cuerpo y la Sangre de Jesús para que lo reciban y se alimenten los fieles. Trata siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, que sean expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

Y de modo particular, se te confía el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución del orden de los diáconos. Si la Eucaristía es ciertamente el centro de nuestra vida, ésta no sólo nos lleva al encuentro de comunión con Cristo, sino que también nos lleva y da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a las necesidades de los otros, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. Así “romperá la luz como la aurora”, cuando partas “el pan con el hambriento”, hospedes “a los pobres sin techo”, vistas “al que ves desnudo” y no te cierres en tu propia carne” (Is 58,7-8).

En fin, queridos hermanos, dentro de un momento suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre este elegido suyo y lo “fortalezca con los siete dones de su gracia, de manera que cumpla fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que Cayetano obtenga esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios Padre, fuente y origen de todo don, que descubra en los y las jóvenes la belleza del llamado de Cristo a seguirlo más de cerca, para estar con Él y para darlo a conocer a tantos hombres que aún no tienen noticia de que Dios los ama y los quiere hacer partícipes de su Vida y su Plenitud. A Él se lo pedimos, unidos a María, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Mons. Luis Uurbanc, obispo de Catamarca
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