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La vida como vocación
Reflexión de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco (Junio de 2014)

En el lenguaje de la Iglesia, y sin desmerecer otros usos, "vocación" es una palabra fuerte. El sujeto es Dios. Él es el que llama. El hombre escucha y responde. En este sentido, vocación y libertad corren parejas. Pero es fuerte también en otro sentido: la llamada de Dios no se dirige primariamente al ámbito de lo que uno tiene que hacer (esto siempre viene en segundo término, como el fruto de la planta), sino a lo que uno tiene que llegar a ser. La vocación toca lo más profundo de la persona: su identidad y su pertenencia. No es casual que, en la experiencia cristiana, la vocación se despierta y se consolida en la plegaria silenciosa. El orante va a la oración para escuchar la voz de Dios, no su propia voz.

Esto vale para la vocación sacerdotal, pero también para todas las demás vocaciones cristianas: el matrimonio, el celibato, y un etcétera bien generoso. Haciendo así, Dios se muestra muy creativo. Como un artista, cuyos recursos son inagotables, y siempre sorprendentes.

Aquí ya tocamos -a mi juicio- la zona más delicada del problema vocacional. Aquí se concentran también los obstáculos más serios para que un joven, en la cultura débil hoy reinante, pueda hacer esta experiencia. ¿Hoy se comprende espontáneamente la propia vida y el propio futuro como una llamada, como una vocación? ¿Y que esta llamada tiena a Dios como sujeto provocador? Tengo mis serias dudas de que incluso dentro de la misma comunidad cristiana estemos ayudando a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes a mirarse de esta manera. Una cultura débil, cuyo dogma indiscutible es el sujeto individual, desemboca también en una religiosidad débil, centrada en los sacudones emotivos, pero sin raíces ni frutos. El sujeto solo se escucha a si mismo. Poco tienen que decirle Dios y los demás.

Lo contrario es la experiencia de la fe; o, para ser más precisos, lo que llamamos una "fe viva". Es decir: algo más que un vago sentimiento religioso. Es la fe que llega a determinar la vida misma de la persona. La fe arranca al hombre del encierro sofocante de su propio yo. El primer creyente de la Biblia -Abrahám- inició su aventura de fe cuando se puso en camino, espoleado por una llamada y una promesa (cf. Gen 12,1-3). El mejor clima para las vocaciones (las sacerdotales y las otras) se da cuando el joven puede conjugar en primera persona el verbo creer y hacer esta experiencia de salir de si: "Creo en Ti, Señor".

Este paso nunca ha sido fácil. En otros tiempos, el ambiente ayudaba más. Lo cual no es poca cosa. Sin embargo, el paso hacia una fe personal ha sido siempre el principal desafío espiritual de todo creyente. Desde los primeros discípulos de Jesús hasta hoy, y hasta que suene con absoluta nitidez la trompeta del juicio final.

Mons. Sergio Buenanueva, obispo de San Francisco
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