Agencia Informativa Católica Argentina
  |  
 
 
 
« VOLVER    Imprimir       Enviar por mail  | Compartir:      
Corpus Christi
Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispoi de Avellaneda-Lanús en la Solemnidad del Corpus Christi (Universidad Nacional de Lanus - sede “Abremate”, 28 de mayo de 2016)

Queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas; agradezco la presencia de todos ustedes y sus comunidades -también del señor intendente de Lanús Néstor Grindetti y quienes lo acompañan en esta celebración.

Querido Pueblo de Dios: es para nosotros una alegría muy grande reunirnos hoy para celebrar y poner la atención en el centro de toda nuestra vida cristiana que, por cierto, es Cristo.

Cristo es el enviado de Dios Padre, que ha venido a cumplir con una misión y esa misión fue redimirnos, rescatarnos, salvarnos, devolvernos la vida, la esperanza y darnos de nuevo la posibilidad de vivir en el amor.

Antes de vivir en carne propia el sacrificio de la cruz, Cristo lo anticipó quedándose en la Eucaristía. El único sacrificio eterno y perpetuo, el que dio y da sentido a todo. Él quiso quedarse en nosotros, quiso caminar con nosotros, quiso que fuéramos -con Él- peregrinos para llevarnos al Padre; nos enseñó a ser hijos de Dios y nos explicó que, para poder ser buenos hijos de Dios, tenemos que vivir entre nosotros como buenos hermanos. Cristo nos explicó, nos enseñó y se nos dio.

Esta experiencia, el sacrificio de Cristo en la cruz, no termina en la cruz y no concluye con la muerte, sino que pasa inmediatamente a la gloria, a la victoria, a la resurrección. Y cuantas veces nos acercamos o celebramos la Eucaristía, estamos celebrando ya la participación de lo perpetuo: Dios está vivo, Cristo está resucitado. No tocamos un objeto o una apariencia, no hacemos una imitación. Somos tocados por el Dios que está vivo.

Los discípulos de Emaús -cuando reconocieron a Jesús al partir el pan y se dieron cuenta- dijeron “¡es cierto, es verdad, Cristo ha resucitado!” Que también nosotros podamos decir lo mismo. La Eucaristía es eso; ¡es cruz pero es resurrección!; ¡es vida que ha traspasado el pecado y la muerte! Por eso es importante que sepamos que la enseñanza en la Iglesia -en lo que es el espíritu de la comunidad- fue, es y será siempre la Eucaristía.

La Eucaristía es el PAN que sostiene y alimenta la vida de los discípulos. La Eucaristía es FUENTE que nos da el entusiasmo para cumplir con la misión. Coman, beban y anuncien: estas tres cosas son inseparables para nosotros. Eucaristía y misión son un binomio permanente. Son, como decía muy bien Benedicto XVI, “las dos caras de una misma realidad”. No hay misión sin Eucaristía y no puede haber Eucaristía si no hay misión.

La victoria de Cristo en la Eucaristía, y hoy que nos reunimos para celebrar solemnemente el Cuerpo de Cristo, en la tradición de la Iglesia es celebrarlo con gozo, con alegría, exultantes, porque en verdad Cristo está presente en medio de nosotros y con nosotros. Nos viene a transformar y dar una fuerza increíble, porque con nuestras propias fragilidades no seríamos capaces de llevarlas adelante. Hoy es importante reconocerlo a Jesús presente en la Eucaristía.

Reconocerlo, contemplarlo, adorarlo, quedarnos con Él y pedirle fuerzas para que nuestra vida sea Cristo-céntrica, una vida que participe del misterio de Cristo que con su Palabra transformó el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre Divina; y cuantas veces celebramos el misterio, cuantas veces hacemos -en nombre de la Iglesia- la Eucaristía, también tenemos que pasar por esa transformación. Si Cristo pasa y entra, le tenemos que decir “Señor quédate con nosotros porque atardece”, y si el Señor se queda, nuestra vida es transformante y transformadora. Pero ¿de qué manera?, ¿cómo tenemos que ser transformados?

En primer lugar sabiendo y creyendo que nuestra vida es una vida a la vocación del amor; del amor de Dios y del amor a nuestros hermanos, que tenemos que vivir en serio porque si no amamos fracasa la fuerza de Cristo en nosotros. Entiéndanme bien, no fracasa Cristo pero sí fracasamos nosotros porque en lugar de vivir como victoriosos y gozosos, a veces arrastramos nuestra existencia como derrotados, como desanimados, como personas sin esperanza; nos venció el mal, nos venció el maligno.

Cuando entra la vida, Cristo en nosotros, se tienen que ir alejando los vestigios de muerte: pecados, mentiras, injusticia, corrupción, individualismo, indiferencia, ingratitudes, egoísmos y tantas cosas que están como instaladas, no solo en el seno de la sociedad, sino también a veces en nuestras familias y otras tantas veces en el seno de la Iglesia.

Tenemos que reaccionar para no vivir copiando, fingiendo, actuando. Tenemos que darnos cuenta que nuestra existencia, nuestra vida, es transformada desde lo más íntimo y lo más profundo de nuestro ser. Por eso es importante respetarse, quererse, hablarse, interesarse por la vida de los demás, no como chisme pero sí por el interés que tiene un hermano por otro hermano. Porque lo que te pasa a ti también me pasa a mí y no quiero la indiferencia. El mundo y la cultura reinante, en la que a veces nosotros coincidimos sin darnos cuenta, vive esa tremenda tragedia del egoísmo y la indiferencia.

Decía el querido Papa Emérito, Benedicto XVI: “la madre de todos los vicios es el relativismo reinante en la sociedad”, ¿Y eso qué significa?, que todo es relativo, todo es según tengo ganas de hacer, todo es lo que a mí me place, lo que me gusta, todo es relativo; si tengo ganas lo hago, si no tengo ganas no lo hago; hago esto si me gusta y si no me gusta no lo hago, tengo que ser feliz, creo vínculos, rompo vínculos, pierdo responsabilidades, no me interesa el bien común, no cuido a la familia, no cuido a la sociedad, no cuido a la Iglesia; y así, sin querer nos vamos como desgranando pero no en la purificación sino en el deterioro de nuestra pobre vida. Así, Cristo Eucaristía no está obrando en nosotros y no porque Él no tenga fuerzas sino porque nosotros no lo dejamos obrar.

Como Pueblo de Dios, como Iglesia, tenemos cosas que vivir, cosas que decir y cosas que anunciar. Tenemos que gastar energías -la vida entera, hasta el final- en cosas que valgan la pena, que sean esenciales, que sean importantes y no en caricaturas, no en fingimientos, no en cosas que sean mediocres o superficiales. No nos permitamos eso. Estamos para más.

Sacerdotes, hemos elegido al Señor para amar más. Diáconos, hemos elegido al Señor para servir a la Iglesia. Seminaristas, son llamados para seguir más de cerca las huellas de Jesucristo. Religiosas, religiosos, ustedes han sido llamados para anunciarnos aquello que es escatológico y fundamental, el Reino de los Cielos. Y querido Pueblo de Dios, ustedes con nosotros y nosotros con ustedes, tenemos que ser un Pueblo Santo, con alegría, con entusiasmo, que sea abierto y que descubra las necesidades de los demás.

¿No nos damos cuenta que el mundo está triste? Y no me refiero simplemente a los problemas económicos o sociales; esos problemas existen pero hay otros problemas mucho más graves todavía. Parece que hemos perdido el hambre de Dios; y como lo hemos perdido buscamos groseramente distintas alternativas y otras falsas compensaciones.

Iglesia de Avellaneda Lanús: que en nuestra vida Cristo sea el PAN que nos sostiene y alimenta en la vida discipular; que Cristo sea FUENTE para que vivamos haciendo la misión. ¿Cómo serán nuestras comunidades en el futuro?, ¿cómo queremos que sean mañana?, porque para ser mañana ya tenemos que estar concretándola hoy. ¿Tenemos comunidades, colegios, parroquias, capillas, que son abiertas o simplemente conservamos para que nadie nos moleste y quedarnos tranquilos?

El Papa Francisco nos dice que hay que salir a las fronteras, a los que están fuera de, a las periferias existenciales. Es cierto y creo que en la Iglesia no debe haber fronteras. Todos tenemos que vivir como verdaderos hermanos.

Que en esta tarde Jesús se quede con nosotros, en nosotros. Y le damos gracias. Seremos siempre deudores insolventes de su amor misericordioso. Pero seamos agradecidos viviendo una vida nueva y no como tontos ignorando el reconocimiento de Aquél que nos amó y se entregó por nosotros, nos ama y se entrega por nosotros, nos seguirá amando y se seguirá entregando por nosotros.

Jesús quédate con nosotros porque ya atardece, en nosotros, en nuestras familias, en la Iglesia y en nuestra querida sociedad.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
« VOLVER
Último Video
Bolívar 218, 3º Piso (1066)
Buenos Aires, Argentina
(54-11) 4343-4397
 

AICA es miembro de la:
Ingresar © Copyright 2019 | AICA | Todos los derechos reservados | Desarrollado por Triliton