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Cena en Rotary Club
Palabras de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellenda-Lanús, en la cena en Rotary Club de Avellaneda, en honor de Nuestra Señora de la Asunción (8 de agosto de 2019)

Saludo cordialmente a todos los presentes y agradezco a los organizadores de este evento que me hayan concedido nuevamente el honor de ser el orador de esta cena en honor de Ntra. Sra. de la Asunción, Patrona de nuestra diócesis y del Partido de Avellaneda.

A la Iglesia le interesa lo que le sucede a cada hombre, sea o no creyente. Como decía Juan Pablo II, de feliz memoria: “La Iglesia está siempre implicada directamente y participa en las grandes causas por las cuales el hombre actual sufre y espera. Ella no se siente extranjera entre ningún pueblo, porque donde se encuentre un cristiano, miembro suyo, está presente todo el cuerpo de la Iglesia. Más aún, dondequiera que se encuentre un hombre, allí se establece para nosotros un vínculo de fraternidad” (Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10 de enero 2005). Por esta razón, considerar la realidad que nos toca vivir cotidianamente resulta ineludible.

Haré en primer lugar un diagnóstico de la situación social desde la óptica de un Pastor de la Iglesia, y luego realizaré una reflexión a la luz de la Fe.

Resulta preocupante la desigualdad social y económica que nos rodea, con todo lo que ello significa. Esta fractura que atraviesa nuestra sociedad, a pesar de que nos vayamos habituando a ella, requiere de nosotros buscar alternativas para alcanzar un mayor equilibrio. Pero también es importante que nos ocupemos, mientras tanto, del que está en una posición más riesgosa, de nuestros hermanos más pobres, de los enfermos, de los ancianos, y también de los niños y jóvenes que están tan desprotegidos hoy día. Pareciera que una buena propuesta, para aliviar en alguna medida estos problemas, sea asociarse para atender una necesidad concreta. No se puede hacer todo. A veces, el desafío parece tan grande que “nos sentimos agobiados y afligidos”, como rezamos los Obispos en la Oración por la Patria. Pero, si nos unimos para trabajar por alguna carencia en particular, habremos empezado a hacer más digna la vida de nuestros hermanos.

Los argentinos, lamentablemente, estamos muy acostumbrados a no respetar las normas. Detrás del incumplimiento de las reglas hay una falta de respeto por los demás. El otro se nos ha vuelto invisible. Esto tiene graves consecuencias, si no, veamos las proporciones dramáticas que adquieren los accidentes de tránsito. Donde no hay respeto resulta imposible alcanzar una convivencia humana que colabore con la realización de cada uno. Me duele cuando veo que no se respeta a los ancianos, a las mujeres embarazadas, a los lisiados. Ni hablar de la violencia que se vive en muchas escuelas. No debemos dejarnos arrastrar por esta corriente. Con amor, respeto y paciencia tenemos que trabajar para educar en el respeto, en primer lugar, a nuestros hijos, y luego a los amigos, vecinos, compañeros de ocupación. Será un trabajo muy lento, pero no tenemos que perder la esperanza.

Otros problemas preocupantes, directamente vinculados con los anteriores, es la inseguridad y la violencia, que nos afecta a diario. Sepamos que la inseguridad no se solucionará mientras no se corrija la desigualdad social y mientras no demostremos interés por los demás, particularmente por los que están en mayor riesgo. Con más policías en las calles, que los tiene que haber, no se solucionará necesariamente la violencia.

Ahora como Pastor Católico, los invito a no resignarse ante estos problemas, a modificar lo que sea necesario con nuestro trabajo, con nuestro cambio de actitud. En este año Paulino, pidamos fortaleza a Dios para poner en práctica el consejo del Apóstol: “No te dejes vencer por el mal; sino, vence el mal con el bien” (Rom 12,21). En la base de esta invitación hay una verdad profunda: en el campo moral y social, el mal asume el rostro del egoísmo, del odio y de la indiferencia; solo el amor, que tiene la fuerza positiva de ser un don generoso y desinteresado, que puede llegar incluso hasta el propio sacrificio, es capaz de vencer el mal. Los cristianos tenemos en Cristo, quien por amor se entregó en la cruz para liberarnos de nuestros pecados, egoísmos y desánimos, un modelo a quien imitar. Pero además, mediante la oración, la Palabra y la Eucaristía, contamos con su fuerza capaz de elevarnos a una nueva dimensión en la que sea posible la civilización del amor. Si no tuviéramos a Cristo, probablemente la caída en el abatimiento sería inevitable.

Como a los Apóstoles cuando Cristo multiplicó los panes, a nosotros nos toca poner lo que tenemos a mano, cinco panes y dos pescados. Será Cristo quien se encargará de que nuestra entrega se multiplique y llegue a alimentar a una multitud hambrienta. Esta es nuestra fe.

Por último, los invito a contemplar la figura de María, la Madre de Dios. En la fiesta de la Asunción se celebra que, siendo María la “llena de gracia”, la Inmaculada, el Padre la ha querido llevar en cuerpo y alma a la gloria del Cielo. De esta manera, se cumple en María el Misterio Pascual, pues Dios quiso que ella, asociada a la pasión de Cristo al pie de la cruz, participara también de su resurrección. Por ello, la Virgen de la Asunción es para los hombres “signo de esperanza y de consolación”, pues tenemos la confianza de que, donde está la Madre, también estaremos nosotros sus hijos. En María tenemos el ejemplo más acabado de la discípula fiel que siempre fue dócil a la voluntad de Dios.

Para concluir, quiero pedirle especialmente a María por cada uno de nosotros y por nuestra Patria. Que Ella nos ayude a tomar conciencia de este tiempo especial de gracia, de desafío y de testimonio. Que hoy podamos despertar de la somnolencia de nuestros pecados y egoísmos. Que tengamos, también, una verdadera actitud cristiana frente a la sociedad.
Imploro a Dios nuestro Padre, por la intercesión de Nuestra Patrona, la Santísima Virgen de la Asunción, la bendición sobre todos ustedes, sus familias y todos los habitantes de nuestra ciudad.

Avellaneda, 8 de agosto de 2019
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
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