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Clausura del Año de la Misericordia en la diócesis de Chascomús
Homilía de monseñor Emil Paul Tscherrig nuncio apostólico, en la clausura del año de la misericordia en la diócesis de Chascomús (19 de noviembre de 2016)

Excelencia Mons. Carlos Malfa, Obispo de esta Diócesis de Chascomús,
Señor Intendente, autoridades de los tres poderes democráticos,
Hermanos Sacerdotes y Diáconos, Consagrados,
Hermanas y hermanos en Cristo:


Con gran alegría visito por primera vez esta querida Diócesis de Chascomús y los saludo cordialmente en nombre del Papa Francisco. Él les envía su cariño y la Bendición Apostólica como signo de su cercanía y solicitud paternal. Como lo hace siempre, pide también sus oraciones por su persona y su ministerio como Pastor supremo de la Iglesia Católica. Agradezco a Mons. Carlos por haberme invitado a celebrar en comunión con ustedes esta solemnidad de Cristo Rey del Universo que también marca la conclusión del Año Santo de la Misericordia.

Los textos bíblicos que acompañan esta fiesta de Cristo Rey nos explican el sentido de la dignidad real de Jesucristo. Como introducción el segundo libro de Samuel (2S, 5, 1-3) relata la elección del rey David. Él está unido indisolublemente a su pueblo, es su líder indiscutido y el general que conduce las tropas a la victoria. Él fue elegido por Dios que le prometió: “Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel, tú serás jefe de Israel”.

Según la tradición bíblica, Jesús es descendiente de la familia de David al cual, según el anuncio del Ángel a María, “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 32). Pero en el Evangelio de hoy encontramos al descendiente de David pendiendo del árbol de la cruz y el gobernador romano, como acto de cinismo, ha puesto sobre su cabeza la inscripción: “Este es el rey de los judíos” (Lc 23, 37). Pero ¿qué rey puede ser un hombre que está clavado a un tronco de madera y que está despreciado por su propio pueblo? De hecho, las autoridades y el pueblo se burlan de él y le hacen muecas. Con sarcasmo le piden que baje y con ironía recuerdan que ha salvado a otros y que ahora es el momento de salvarse a sí mismo. Están también los soldados que se ríen del crucificado, y ofreciéndole vinagre lo provocan gritando: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Durante su vida, Jesús ha hecho todo lo posible para evitar el título de Rey o Mesías, a fin de no dar pie a una falsa interpretación de su persona y misión. Pero ahora, aunque de manera impensada, el título de “rey” puede manifestarse abiertamente en los tres idiomas más conocidos que eran el griego, el latín y el hebreo. Con ello Jesús es públicamente proclamado rey aunque el Sanedrín se oponga a este título. Para Pilato, en cambio, esta inscripción es una manera de vengarse por la presión sufrida de parte de las autoridades judías en el proceso contra Jesús.

Ahora, sobre la cruz, Jesús ha sido exaltado. La gente, burlándose de Él, le pide hasta último momento que descienda de la cruz: ellos piden un milagro para poder creer. Pero la respuesta del Padre será el milagro de la resurrección. Así la cruz se ha transformado en el trono de Jesús desde donde atrae al mundo entero a sí mismo. Desde la cruz, el lugar de su sacrificio, revela el amor divino que es más fuerte que la muerte, el odio y la violencia humana. El crucificado reina por lo tanto desde la cruz como rey de una manera que ni Pilato, ni las autoridades judías podían imaginar. Y hasta el momento de su retorno en gloria, Jesús reinará desde la cruz que nos acompaña desde el bautismo hasta la muerte como signo eterno de su Amor y misericordia por todo el género humano.

De los dos hombres crucificados con Él, solamente uno participa en la burla de la gente, mientras el otro presiente el misterio escondido en la persona de Jesús. El comprende que el sufrimiento de Jesús es el del inocente y no el del violento. Él ve que el hombre crucificado a su lado hace visible el rostro de Dios y que es verdaderamente el Hijo de Dios. Así le pide: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. El malhechor se hace la voz del pecador arrepentido y recibe la respuesta consoladora: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en paraíso”. No es una promesa que se realizará en un futuro no especificado, sino hoy mismo. Jesús está para volver a la comunión con su Padre y por lo tanto la promesa del paraíso se podía realizar inmediatamente. De hecho, el sacrifico de Jesús reconducirá a la humanidad al paraíso, es decir en la comunión con Dios, la verdadera salvación del hombre.

Así la imagen del buen ladrón se transformó en una señal de esperanza, una imagen de la certeza consoladora que la misericordia de Dios puede llegar a nosotros hasta el momento final de nuestra existencia, aún después de una vida fracasada. En la oración del “dies irae” que recitamos en la liturgia de los difuntos, expresamos esta esperanza cuando nos dirigimos al Señor diciendo: Tú, que has respondido a la plegaria del ladrón, me has dado también a mí la esperanza. Y San Pablo escribe a los cristianos de Colosas que debemos agradecer al Padre porque Él nos “ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado el Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 12-13).

Jesucristo crucificado es por tanto el Rey del universo, no a la manera humana sino divina. Él es el rostro misericordioso del Padre celestial que nos ha amado tanto que hizo a su Hijo uno de nosotros para matar en nuestra carne el pecado y su consecuencia, la muerte eterna. Por su Pasión, Jesucristo ha vencido el pecado (CIC, 1851). Él es la revelación de la misericordia de Dios con los pecadores. El pecador que confiesa sus faltas podrá siempre contar con la misericordia divina a ejemplo del buen ladrón.

En su mensaje con ocasión de la apertura del Año Santo de la Misericordia, el Papa Francisco ha ubicado el corazón del mensaje apostólico en “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado…”. Según el Papa, “La misericordia… expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer, restableciendo de ese modo la relación con él” (Mensaje, nº 2). Este amor de Dios transforma también el corazón humano y lo hace a su vez capaz de amor, misericordia y perdón.

Hoy cerramos la Puerta de la Misericordia que su Obispo ha abierto ese mismo día hace un año. Mientras agradecemos al Señor por tantas gracias que nos ha concedido durante este año santo, pedimos a Jesucristo que continúe acompañándonos con su misericordia y nos ayude a ser instrumentos de misericordia. En este año santo hemos aprendido en primer lugar que Dios siempre perdona si nos acercamos a Él con humildad. No hay pecado que no pueda ser perdonado a un corazón arrepentido. Segundo, el Papa nos ha enseñado que “La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos”. Pero es sobre esta misma línea que se debe orientar nuestro amor misericordioso: “Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros” (Misericordiae Vultus, 9).

Ser misericordiosos con el prójimo significa por lo tanto ser responsables por nuestros hermanos. Duele observar que hay comunidades y familias no reconciliadas y más bien movidas por un rencor que se tiene por generaciones. La Iglesia como la sociedad sufre por las divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, rabia, deseos de imponer las propias ideas a cualquier costo y hasta persecuciones. Ya San Pablo advirtió: “¡No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien!” (Rm 12, 21), y de nuevo: “¡No nos cansemos de hacer el bien!” (Ga 6, 9). Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estemos enojados con alguien. Si fuera así roguemos al Señor: “Señor yo estoy enojado con éste, con aquella, yo te pido por él y por ella. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador”. Y el Papa nos anima: “¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!” (EG, 101).

Muchos piensan que perdonar es un signo de debilidad. Para Santo Tomás de Aquino, en cambio, el perdón que nos concede el Señor continuamente no es un signo de debilidad, sino “es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto manifiesta su omnipotencia” (Bula, 6). Perdonar es por tanto la virtud de los fuertes y generosos, un acto que como ningún otro expresa que somos verdaderamente hijos del Padre misericordioso. Es el testimonio de aquel que sabe amar. Perdonar significa practicar lo que pedimos en el “Padre Nuestro”: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. El Señor nos invita a perdonar setenta veces siete (Mt 18, 22), es decir siempre. Él mismo da el ejemplo: “Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez” (EG, 3).

Perdonar no significa olvidar, que en muchas situaciones es imposible. Perdonar en cambio manifiesta la voluntad de no contar más la ofensa recibida como una deuda por la cual se continúa pidiendo satisfacción. Significa dar la libertad al hermano ofensor manifestando que no hay odio de parte nuestra y que los sentimientos de venganza han sido superados por el amor y la misericordia. Significa dar al ofensor la posibilidad de un nuevo comienzo.

En fin, a lo que el Papa Francisco nos ha enseñado podemos sumar su invitación a practicar las obras corporales y espirituales de la misericordia. Las obras corporales de misericordia las practicamos cada vez que damos de comer al hambriento, de beber al sediento, vestimos al desnudo, acogemos al forastero, asistimos a los enfermos, visitamos a los presos y enterramos a los muertos. En cambio, la maravillosa tradición de la práctica de las obras de misericordia espirituales nos invita a dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que está en el error; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos de los demás y rogar a Dios por vivos y difuntos.

Concluyo con la oración que el Papa nos ha propuesto para iniciar el camino de la misericordia: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza. Te necesito. Rescáteme de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”. Así sea. Amén.

Mons. Emil Paul Tscherrig, nuncio apostólico
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