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CARTA A LOS SACERDOTES
AL INICIARSE EL
AÑO SACERDOTAL
Documento
de los obispos al término la 97ª Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal Argentina
(Pilar, 16 de mayo de
2009)
Queridos hermanos:
Nos
disponemos a comenzar el próximo mes de junio el “Año Sacerdotal
especial”, propuesto por el Papa Benedicto XVI al cumplirse los 150 años
de la muerte del Santo Cura de Ars. El Santo Padre nos invita a meditar
sobre la fidelidad de Cristo y la fidelidad del sacerdote. Por eso
llegamos hasta ustedes para agradecerles su fidelidad ministerial,
animarlos, e invitarlos a renovar la alegría de la fe, la firmeza de la
esperanza y el gozo del ministerio recibido. Comprendemos y compartimos
las dificultades y exigencias del tiempo que vivimos. Somos conscientes
de que la mies es mucha y los trabajadores pocos. Sufrimos el
sentimiento de impotencia ante tantas situaciones que nos desbordan. La
profunda crisis que estamos viviendo, potencia los cuestionamientos
morales. Nos duelen y lastiman las incoherencias en las que tantas veces
incurrimos.
Sin
embargo, en esta carta, como padres, hermanos y amigos, con ustedes
damos gracias a Dios por el don inmenso del sacerdocio ministerial que
hemos recibido de Jesucristo. También queremos dar gracias a ustedes,
con quienes compartimos juntos la hermosa misión de anunciar el
Evangelio en medio de tantas dificultades y desafíos. Deseamos que
sientan nuestra cercanía; reconocemos y admiramos la entrega fiel y
generosa de la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes. Nos sentimos
especialmente cercanos a quienes atraviesan momentos de tribulación o
viven su ministerio en situaciones de particular exigencia: periferias
urbanas y rurales; soledad, enfermedad, pérdida de sentido de la acción
pastoral; incomprensión y desaliento.
Como San
Pablo decimos: Cristo “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Y
como “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14), sentimos la
urgente necesidad de anunciar a otros la Buena Nueva hasta exclamar con
el Apóstol: “Ay de mí si no predicara el Evangelio” (1 Cor 9,16)
Este
amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ha llegado a nosotros de manos
de la Iglesia, que nos engendró a la fe y nos llamó al ministerio
después de un largo, sereno y responsable discernimiento. El mismo amor
de Dios se nos sigue manifestando cotidianamente, a través de la
comunión presbiteral y del servicio al pueblo santo de Dios que es la
razón de ser de nuestro ministerio.
En
efecto, queridos hermanos, el sacerdocio es Misterio de Amor recibido y
entregado, actualizado cada día en la celebración eucarística y en el
don generoso de la propia vida “hasta el extremo” (Jn. 13,1). Es
hermoso vivirlo con radicalidad, como todo amor verdadero. Por eso la
Iglesia ha visto desde sus inicios una múltiple armonía entre sacerdocio
y celibato y llama al ministerio presbiteral a quienes han recibido y
aceptado libremente vivir este fecundo carisma de entrega total.
Asumidos por Cristo Cabeza y Esposo, los sacerdotes estamos llamados a
ser signos fecundos del amor de Cristo a su Iglesia, pastores y padres
de la comunidad. Esta verdad sólo se puede comprender y vivir a la luz
de la fe, animada por el fervor de la caridad, en la espera gozosa de la
plenitud del cielo.
Pero
como todo amor humano es vulnerable, -“llevamos este tesoro en
recipientes de barro” (2 Cor 4,7)-, necesitamos también acoger la
invitación de San Pablo a Timoteo: “te recomiendo que reavives el don
de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2 Tim,
1,6). La lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la
celebración gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio
fiel, paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y
enfermos, son el camino indispensable para ir forjando cada día más en
nosotros los sentimientos y la imagen de Jesús, el Buen Pastor.
En este
año de gracia, los sacerdotes recogemos el testimonio de san Juan María
Vianney, modelo de pastor siempre actual. También evocamos al Venerable
José Gabriel Brochero y al Siervo de Dios Eduardo Pironio y a tantos
sacerdotes, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor, que nos han
precedido en el ministerio, han sembrado la Palabra de Dios y han
derramado la vida nueva de la redención a lo largo y a lo ancho de
nuestra Patria. Ellos nos ayudan con su intercesión y nos estimulan con
su ejemplo para continuar nuestro camino y cumplir la misión que
recibimos del Señor Jesús: dar testimonio de la Buena Noticia de la
gracia de Dios…(Hch 20,24). Que nuestra humilde fidelidad sea
causa de alegría y de paz para nuestros hermanos.
Encomendamos la vida y el ministerio de cada uno de ustedes a la
ternura maternal de la Virgen de Luján y los abrazamos con afecto y
gratitud.
Los
obispos de Argentina
Pilar, 16 de mayo de 2009 |