|
ARGENTINA: UNA MIRADA GENERAL
Intervención del cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. presidente de
la Conferencia Episcopal Argentina
(Aparecida, 15 de mayo de 2007)
El marco
social
Lo primero que
cabe señalar es que nuestro país y por lo tanto nuestra Iglesia
entra, en mayor o en menor medida, dentro de las generales de la
ley de lo que vive nuestro continente latinoamericano. Estamos
dejando atrás una época y comenzando una nueva en la historia de la
humanidad. Este cambio epocal se ha generado por los enormes saltos
cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en
el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus
aplicaciones muy rápidas y variadas en distintos campos de la
naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la
información. Quien posea y maneje estos dos elementos es dueño del
poder.
Esta nueva
realidad de las ciencias y tecnologías de información e
intercomunicación cibernética favorece el desarrollo globalizado del
universo financiero, de la economía, de la producción y del mercado,
principalmente dentro del nuevo orden económico mundial, de perfil
neoliberal, de mercado libre y abierto. Esta globalización, como
ideología económica y social, ha afectado negativamente a nuestros
sectores más pobres. Las injusticias y desigualdades son cada vez
mayores y más profundas. Todo entra dentro del juego de la
competitividad y de la ley del más fuerte, en el que el poderoso se
come al más débil. Como consecuencia de esta situación grandes masas
de la población se ven excluidas y marginadas.
Ya no se trata
simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo
nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la
pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en
ella abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está fuera. Los
excluidos no son “explotados” sino “sobrantes”.
Se ha generado
una cultura dualista donde lo que parece más moderno y progresista
convive al lado de lo más antiguo y miserable. Esta cultura tiene
como horizonte una visión individualista y un afán consumista en el
que predomina una preocupación económica. Por consiguiente, somos
testigos de una profunda crisis de valores y de las instituciones
tradicionales. Esto trae como consecuencia el hecho de que en estos
últimos años observamos un fortalecimiento de algunas expresiones de
sub culturas minoritarias que, copiando modelos del primer mundo,
reclaman públicamente el reconocimiento de sus derechos.
En la cultura
predominante de corte neoliberal, lo exterior, lo inmediato, lo
visible, lo rápido, lo superficial ocupan el primer lugar y lo real
cede el lugar a la apariencia.
La
globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces
culturales con la invasión de las tendencias pertenecientes a otros
ethos culturales manifestada en el tipo música, negocios de comida,
centros comerciales, medios de comunicación, etc.
Por todo esto,
con dolor no dejamos de preguntarnos si de verdad aún existe una
identidad y solidaridad como pueblo que vaya más allá de ciertas
ideologías “ocasionalistas”.
También resulta
preocupante la ausencia de ideas, ya que se busca más bien una
asimilación de lo ya establecido globalmente y ajeno a la propia
idiosincrasia para superar la falta de creatividad y de visiones.
La situación
de la Iglesia en nuestro país
El substrato
católico de nuestra cultura es una realidad viva. Encontramos en
amplios sectores de nuestro pueblo, sobre todo en los más
necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico
humanismo manifestados en la solidaridad, la reciprocidad, la
participación ofreciendo verdaderos espacios de vida comunitaria. No
podemos sin embargo desconocer también sus debilidades: el machismo,
el alcoholismo, el excesivo temor al castigo divino, la
superstición, la creencia en la mala suerte y en el fatalismo que
incluso hace recurrir a la brujería.
La tradición
católica de nuestro pueblo se enfrenta hoy con el desafío del
pluralismo religioso y de la proliferación de movimientos
religiosos. La multiplicación de estos movimientos es, por una parte
el resultado de una reacción del sentimiento religioso frente a la
sociedad materialista, consumista e individualista; y por otra parte
un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las
periferias y zonas empobrecidas, de aquellos que se encuentran en
medio de dolores humanos grandes y buscan soluciones inmediatas para
estas necesidades. Estos movimientos religiosos se caracterizan por
su sutil penetración viniendo a llenar, dentro del individualismo
imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Esta
“espiritualidad” está centrada en la búsqueda de un bienestar
individual, que niega el sufrimiento como parte de la vida, recurre
a la autoayuda o al seudo milagro para alcanzar sus metas, sin un
ulterior compromiso con la sociedad.
En necesario
que reconozcamos que si parte de nuestro pueblo bautizado no
experimenta su pertenencia a la Iglesia se debe, en muchos casos, a
una evangelización superficial de gran parte de la población, un
catolicismo de tradición sin catequesis ni vida sacramental; y
también por la existencia de estructuras y clima poco acogedor en
algunas de nuestras parroquias y comunidades; y, en algunos sitios,
de una liturgia eminentemente intelectual y verbal y una actitud
burocrática para dar respuesta a los problemas complejos de la vida
de los hombres de nuestro pueblo.
La
secularización
El proceso de
secularización tiende a reducir a la fe y a la Iglesia Católica al
ámbito de lo privado y de lo íntimo. El secularismo, al negar toda
trascendencia ha producido una creciente deformación ética, un
debilitamiento del sentido de pecado personal y social, un
progresivo aumento del relativismo moral que ocasionan una
desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la
adolescencia y juventud tan vulnerable a los cambios.
Los obispos en
el año 1990 en el documento “Líneas pastorales para la nueva
Evangelización” señalábamos dos grandes desafíos: “el secularismo
como un fenómeno que “afecta directamente a la fe y a la religión al
dejar de lado a Dios” y “una justicia largamente esperada”. Esto
tiene una consecuencia para la vida social: “Al prescindir de Dios
se despoja al hombre de su referente último y los valores pierden su
carácter de tales, convirtiéndose en ídolos que terminan
degradándolo y esclavizándolo”. En el segundo, el tema central era
la justicia: “a los argentinos se nos presenta el desafío de superar
la injusticia, construyendo una patria de hermanos mediante la
solidaridad y el sacrificio compartidos”.
Trece años
después la situación se tornó más grave y los obispos presentamos en
el documento “Navega mar adentro” un solo desafío: la crisis de la
civilización y la cultura. De éste se siguen otros cuatro
relacionados con dicha crisis: “la búsqueda de Dios”, “el escándalo
de la pobreza y la exclusión social”, “la crisis del matrimonio y la
familia” y “la necesidad de una mayor comunión”.
Para los
obispos esto no significa que los desafíos anteriores hayan
desaparecido. En efecto, “el secularismo” está planteado en el punto
“la búsqueda de Dios”; y la “justicia largamente esperada” está
presente en “el escándalo de la pobreza y la exclusión”. El desafío
radical y englobante que se nos presenta es la profunda crisis de
valores de la cultura”.
A pesar de toda
esta corriente secularista en nuestra patria, la Iglesia Católica
goza ante la opinión pública de ser una institución creíble,
confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la
preocupación por los más carenciados de todo tipo.
Son
esperanzadoras las experiencias de dialogo y labor ecuménicas con
las Iglesias históricas y las comunidades evangélicas serias, en
vistas al sostén y acompañamiento del pueblo en momentos críticos
que, partiendo del plano económico, han tenido repercusiones en el
social y en la convivencia ciudadana. Durante la crisis que afectó
al país a partir del año 2001 la Iglesia Católica tuvo gran
importancia como creadora y moderadora del dialogo ciudadano. Esto
pone de manifiesto la confiabilidad que muestra, fruto de la
libertad frente a todo tipo de partidismo o ideología.
En los últimos
años se han implementado mayores estructuras de comunión y
participación mediante los planes pastorales de conjunto, asambleas
pastorales y sínodos diocesanos. A pesar de la irreligiosidad
reinante las parroquias, las capillas en las zonas periféricas, las
comunidades eclesiales de base atendidas por diáconos permanentes,
religiosas y religiosos o laicos siguen manteniéndose como espacio
de comunión, participación, socialización, auténtica evangelización
y catequesis, y práctica de los ministerios laicales.
Los laicos
Sin lugar a
dudas ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico
en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no
suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad
en el compromiso de la caridad, la misión, la catequesis y el
apostolado. Pero, la toma de conciencia de esta responsabilidad
laical que arranca del bautismo no se manifiesta de la misma manera
en todas partes; en algunos casos porque no se encuentran
debidamente preparados para asumir responsabilidades; en otros
porque no encuentran espacio en sus Iglesias particulares para poder
expresarse y actuar a raíz de un excesivo clericalismo que los
mantiene al margen de las decisiones y de una participación más
activa.
Si bien es
cierto que hay una mayor participación de muchos laicos en los
ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la
penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y
económico, sino que se limita muchas veces a las tareas
intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del
Evangelio a la vida y transformación de la sociedad.
La formación de
laicos y la evangelización de los grupos profesionales e
intelectuales constituyen un verdadero desafío pastoral prioritario
y urgente. La evangelización de los nuevos grupos emergentes de la
modernidad y en situación urbana presentan un contexto novedoso
porque la gran parte de ellos no han cambiado ni abandonado a la
Iglesia sino nacieron fuera de ella.
La pastoral
juvenil
La pastoral
juvenil, tal como estábamos acostumbrados a llevarla adelante ha
sufrido el embate de los cambios sociales, y los jóvenes, en las
estructuras habituales, muchas veces no encuentran respuestas a sus
inquietudes, necesidades, problemática y heridas. La proliferación y
crecimiento de asociaciones y movimientos con características
predominantemente juveniles pueden ser interpretados como una acción
del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y
búsquedas de espiritualidad profunda y de sentido de pertenencia más
concreto. Se hace necesario, sin embargo, ahondar en la
participación de éstos en la pastoral de conjunto de la Iglesia, así
como a una mayor comunión entre ellos y una mayor coordinación de la
acción.
Si bien es
difícil abordar a los jóvenes, se está creciendo en dos aspectos: la
conciencia de que es toda la comunidad la que los evangeliza y la
urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor que les permita
valorar y descubrir el sentido de sus vidas.
Prueba de ello
es la participación que tienen los jóvenes en grupos de servicio y
de misión y en diversas experiencias misioneras en las diócesis
propias como también de colaboración con otras diócesis.
Las
vocaciones
Las vocaciones
sacerdotales han decrecido y las que hay son, a veces, síntoma de
una sociedad cambiante y superficial. También influye la falta de
espacio interior de muchos jóvenes para buscar la propia vocación
por la necesidad de encontrar salidas inmediatas que los lleven a
solucionar problemas económicos apremiantes. En otros casos la
ausencia de fervor apostólico en las comunidades no siempre
entusiasman para suscitar vocaciones.
Pero, a pesar
de la escasez vocacional, se tiene más clara conciencia de la
necesidad de una mejor selección de los candidatos al sacerdocio. Se
han creado instancias eclesiales para la promoción, acompañamiento y
formación de las vocaciones, como así también para el sostenimiento
espiritual y la formación permanente durante los primero años del
ministerio. En las últimas generaciones se comprueba una fragilidad
y una falta de consistencia, que lleva en algunos casos a la
deserción del ministerio al poco tiempo de ordenados.
El clero
diocesano y los religiosos
En la formación
sacerdotal inicial, y en la permanente, se está haciendo mayor
hincapié en el campo afectivo para que, con la madurez humana y
cristiana, se viva con equilibrio, alegría y con un sentido de
donación el celibato sacerdotal. Advertimos como una luz en esta
realidad, entre los miembros del clero diocesano y de la vida
religiosa, el deseo de vivir una espiritualidad más radical en el
servicio pastoral, y también generosidad para la inserción y la
elección de trabajos en situaciones pobres o difíciles.
La escasez de
ministros ordenados en amplias zonas de nuestro país pone de
manifiesto la generosidad y el trabajo arduo y abnegado de muchos
sacerdotes y religiosos.
Es de valorar
el celo evangelizador, caracterizado por la creatividad pastoral, el
espíritu misionero y la cercanía a los más alejados. Se crece en la
valoración de la fraternidad sacerdotal, de la vida en austeridad y
la preocupación por los más pobres. A diferencia de otros momentos
de nuestra historia, no hay excesivas acentuaciones ideológicas ya
sea de izquierda como de derecha y existe un extendido respeto y
fidelidad al Magisterio de la Iglesia.
Las sombras se
manifiestan en el aislamiento en el que muchos se envuelven, en la
búsqueda de realizaciones personales a través de la Iglesia y en el
sedentarismo y aburguesamiento de otros. Si bien no es lo más
general, en algunos lugares hay pocos que hacen mucho y muchos que
hacen poco.
La
inestabilidad y falta de permanencia de muchos religiosos y
religiosas tiende a constituir un problema pastoral. También se ve
la necesidad de una mejor articulación con los institutos y
congregaciones dedicados a la educación en el trabajo pastoral
diocesano.
Esto nos llama
a seguir trabajando para lograr la colaboración de todos en la
pastoral de conjunto que supere protagonismos, individualismos y
los efectos de la falta de estabilidad. El diaconado permanente es
una realidad en constante expansión en algunas diócesis y se estima
su significativa contribución, aunque se reconocen todavía algunas
dificultades para una adecuada y equilibrada ubicación pastoral en
el quehacer de la Iglesia.
La
conferencia Episcopal
Con una
extensión territorial tan vasta como la que posee la Argentina con
tipos culturales tan diversos no resulta fácil la implementación de
políticas pastorales que concilien lo diverso. Sin embargo la
Conferencia Episcopal ha ido creciendo como referente real y
promotora concreta de la pastoral a nivel nacional a través de
grandes líneas evangelizadoras. También ha acentuado su presencia
desde una labor de iluminación y orientación en los problemas
sociales y morales por los que atraviesa nuestra sociedad. En
repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución
de problemas que afectan la paz, la concordia, la tierra, la defensa
de la vida, los derechos humanos, los derechos cívicos etc..
La parroquia
La parroquia,
sigue siendo la referencia pastoral concreta y actual. Se descubre
su necesidad de organicidad y comunión en la labor pastoral junto
con otras instancias pastorales. En las parroquias se observa una
búsqueda de la vivencia del sentido comunitario de la Iglesia. La
organización de las regiones pastorales, vicarías, decanatos han
ayudado mucho para llevar adelante planes orgánicos de pastoral.
Pero no se puede dejar de reconocer que, en algunos casos en el
ámbito parroquial, se sigue dando el predominio de lo administrativo
sobre lo pastoral, así como la sacramentalización sin
evangelización.
Pastoral
familiar
La familia
atraviesa una crisis profunda y la respuesta de la pastoral
familiar, conyugal y prematrimonial, resulta insuficiente. En la
sociedad el matrimonio como sacramento ha perdido mucho valor. Un
desafío para los pastores y los agentes de pastoral es el de algunas
situaciones matrimoniales impedidas de recibir el sacramento del
matrimonio y de la Eucaristía: ayudarlos participar de la vida de la
Iglesia. Otras veces, que pudiendo recibirlo y no lo han recibido,
animarlos y acogerlos en la parroquia para que puedan hacerlo. La
catequesis familiar ha sido un aporte muy importante en la
vinculación de las familias a la vida de la Iglesia, pero está en
crisis.
Catequesis
La pastoral de
catequesis sigue siendo un medio privilegiado para transmitir y
vigorizar la fe de la comunidad. La catequesis en nuestro país es
uno de los pilares de la acción pastoral y se experimenta como
momento esencial del proceso evangelizador. Los intentos y trabajos
de los últimos años tratan de no limitarse a fomentar el modelo
tradicional del «buen cristiano» o del «fiel practicante», sino que
van en la búsqueda de la promoción de verdaderos creyentes, de fe
personalizada, suscitando la opción por el Evangelio, evangelizados
y evangelizadores. En este proceso se le ha dado a la acción y
vinculación con la familia un lugar preponderante. Hoy se tiende a
una catequesis que esté vitalmente inserta en la globalidad del
proyecto pastoral de la comunidad cristiana.
Se notan
esfuerzos por una catequesis más bíblica, vivencial y comprometida,
aunque hace falta mejor y mayor preparación bíblica y teológica
tanto en los agentes de pastoral como en los catequistas.
La pastoral
bíblica está abriendo espacios para una amplia formación y
crecimiento espiritual del pueblo de Dios.
La pastoral
social
Muchos
cristianos viven aún una separación entre fe y vida que se
manifiesta particularmente en la falta de un claro testimonio de los
valores evangélicos en su vida personal, familiar y social. Si bien
en la misma sociedad y entre los fieles de la Iglesia existe una
brecha grande entre pobres y ricos que tiende a aumentar, hay que
notar el crecimiento de la solidaridad y de la conciencia del deber
de la caridad. Esto queda de manifiesto en que, si bien en muchos
ámbitos ha crecido la pobreza y la miseria, también se han
multiplicado las iniciativas, muchas de ellas laicales, de
solidaridad y ayuda generosa.
La pastoral
social se encuentra en todo el contexto eclesial como animadora de
una dimensión de la fe que no es solamente un servicio asistencial,
que siempre será necesario, sino también en acciones de promoción y
en la formación de una conciencia solidaria. En los últimos años han
crecido en variedad e intensidad gestos y signos solidarios
concretos.
En algunos
colegios católicos se da un franco descuido de la formación de la fe
y su incidencia en lo social.
Piedad
popular
La piedad
popular está arraigada en el corazón y en la vida del pueblo, a tal
punto que muchas de las tradiciones religiosas que perviven dan
identidad al pueblo en sitios y situaciones concretas. Los
Santuarios en nuestro país además de ser los grandes lugares de
expresión de la fe popular se han convertido en lugares
privilegiados de conversión y evangelización. También es cierto que
muchas veces el acento se ha puesto más en las formas exteriores de
tradiciones y devociones que en los contenidos de la fe de las
mismas. Descubrimos en esta piedad popular un punto de anclaje que
necesitamos comprender, respetar y evangelizar. Si bien por una
parte aparece a veces un cristianismo de devociones, junto a una
vivencia individual de la fe, sentimental; también encontramos
valores que pueden ser el punto fuerte para construir una sociedad
más justa: la solidaridad con la persona que sufre, la sensibilidad
social por el necesitado, el querer ayudar a quien no tiene, la
fortaleza de la fe que se expresa sobre todo en los momentos de
crisis y de desesperación recurriendo a Dios para encontrar consuelo
y esperanza, la acogida al extraño, y la capacidad de compartir. Es
urgente una fuerte catequesis en la piedad popular.
Conclusión
Iniciado en el
documento del episcopado argentino mencionado al comienzo: “Líneas
pastorales para la nueva evangelización” del año 1990 y continuando
en el documento “Navega Mar adentro” nuestra Iglesia en Argentina se
encuentra transitando un camino de conversión pastoral en clave
evangelizadora que implica una dinámica profundamente eclesial,
misionera e inculturada con el intento de llegar a los bautizados
alejados y no bautizados. La dimensión misionera hoy no se concibe
como una actividad al margen o paralela a las otras actividades
pastorales, sino que está en el corazón de su misma vitalidad
evangelizadora.
Haciendo un
apretado resumen desde la óptica del Documento de Síntesis podemos
decir: Los tres macrodesafíos que se interpenetran recíprocamente,
asumen de forma sintética los cambios epocales descriptos en la
Síntesis de Aportes recibidos (DSIN 49-79) y los cinco desafíos que
la Conferencia Episcopal Argentina expresó en “Navega mar adentro” (NMA
21-48). El primero se refiere a la relación de la persona y del
pueblo de Dios en la Iglesia (religión); el segundo a la relación de
los hombres entre sí en la sociedad (justicia); el tercero afecta de
forma transversal a las distintas comunidades sociales y los
diversos órdenes de la cultura (comunión)
1.
En el orden religioso: la ruptura en la transmisión generacional de
la fe cristiana en el pueblo católico. Afirmamos la vigencia de la
piedad popular católica como forma viva de la inculturación y la
comunicación de la fe, pero en la últimas décadas notamos un cierta
desidentificación con la tradición católica, la falta de su
trasmisión a las nuevas generaciones y el éxodo hacia otras
comunidades (en los más pobres hacia el evangelismo pentecostal y
algunas sectas nuevas) y experiencias (en las clases medias y altas
hacia vivencias espirituales alternativas) ajenas al sentido de la
Iglesia y su compromiso social. Algunas causas son la crisis del
dialogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el
subjetivismo relativista, el consumismo del mercado, la falta de
acompañamiento pastoral a los más pobres y nuestra dificultad para
recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso
plural: Se agrava el diagnóstico de Puebla: la fe y la religión
popular están en una “situación de urgencia” sometidas a una
“crisis decisiva” (DP 460). Hay que generar un mayor fervor
discipular y apostólico que asuma nuestra sensibilidad religiosa y
encuentre nuevos caminos para comunicar la fe.
2.
En la dimensión social: Una inequidad escandalosa que lesiona la
dignidad personal y la justicia social. Participamos en general de
la situación de América Latina. Entre los años 2002 y 2006 en
Argentina crecieron al 8,7 % los índices de medición de la
indigencia; hay un 26,9 % en el nivel de la pobreza y estamos en la
región aparentemente más desigual de mundo, la que más creció y
menos redujo la miseria. Persiste la injusta distribución de los
bienes, lo cual configura una situación de pecado social que clama
al cielo y que excluye de las posibilidades de una vida más plena a
muchos hermanos. Poderes políticos y planes económicos de diversos
signos no dan muestras de producir modificaciones significativas
para “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la
economía mundial” (Bnedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático,
8/1/2207). En Argentina urge animar una conducta justa, coherente
con la fe que promueva la dignidad humana, el bien común, la
inclusión integral, la ciudadanía plena y los derechos de los
pobres.
3.
En toda la cultura: La crisis de los vínculos familiares y sociales
fundantes de los pueblos. Hay una reserva de valores religiosos,
éticos y culturales de nuestro pueblo pero el individualismo
posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el
desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas que
forman comunidades y las comunidades formadas por personas. Se notan
en los conflictos de la familia, los desgarramientos de la Nación y
la desintegración del continente.
La acción
pastoral debe mostrar que la relación con nuestro Padre exige el
desarrollo de la unión entre los hermanos. En esta línea el núcleo
del contenido evangelizador (NMA 50-51) busca fortalecer una mayor
comunión con la Trinidad en el Espíritu de Cristo que sane, promueva
y afiance los vínculos personales en las nuevas expresiones de
amor, amistad y comunión a nivel familiar, social y eclesial. Aquí
se sitúan tanto la necesidad de una intensa comunión eclesial ad
intra que aliente la renovada pastoral orgánica diocesana y
nacional, como la exigencia de un servicio ad extra para que la
comunión de la Iglesia anime una mayor integración latinoamericana.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.,
arzobispo de
Buenos Aires
y Presidente de la Conferencia
Episcopal Argentina
Aparecida, mayo 2007 |