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DISCURSO A LOS JÓVENES
Discurso a los jóvenes de Benedicto XVI
(Estadio Pacaembu, San Pablo, 10 de abril de 2007)
¡Queridos jóvenes! ¡Queridos amigos y amigas!
«Si quieres ser perfecto, anda,
vende lo que tienes y dáselo a los pobres […]
luego ven, y sígueme.»
(Mt
19,21).
1.
He deseado ardientemente encontrarme con vosotros en éste mi primer
viaje a América Latina. Vine a inaugurar la V Conferencia del
Episcopado Latinoamericano que, por deseo mío, va a realizarse en
Aparecida, aquí en Brasil, en el Santuario de Nuestra Señora. Ella
nos coloca a los pies de Jesús para aprender sus lecciones sobre el
Reino e impulsarnos a ser sus misioneros, para que los pueblos de
este “Continente de la Esperanza” tengan, en Él, vida plena.
Vuestros Obispos de Brasil, en su Asamblea General del año pasado,
reflexionaron sobre el tema de la evangelización de la juventud y
colocaron en vuestras manos un documento. Pidieron que fuese acogido
y perfeccionado por vosotros durante todo el año. En esta última
Asamblea retomaron el asunto, enriquecido con vuestra colaboración,
y anhelan que las ponderaciones hechas y las orientaciones
propuestas sirvan como incentivo y faro para vuestro caminar. Las
palabras del Arzobispo de São Paulo y del encargado de la Pastoral
de la Juventud, las cuales agradezco, bien testifican el espíritu
que os mueve a todos.
Ayer por la tarde, al sobrevolar el territorio brasileño, pensaba ya
en éste nuestro encuentro en el Estadio de Pacaembu, con el deseo de
daros un gran abrazo bien brasileño, y manifestar los sentimientos
que llevo en lo íntimo del corazón y que a propósito, el Evangelio
de hoy nos quiso indicar.
Siempre he experimentado una alegría muy especial en estos
encuentros. Recuerdo particularmente la Vigésima Jornada Mundial de
la Juventud, que tuve la ocasión de presidir hace dos años atrás en
Alemania. ¡Algunos de los que están aquí también estuvieron allá! Es
un recuerdo conmovedor, por los abundantes frutos de la gracia
enviados por el Señor. Y no queda la menor duda que el primer fruto,
entre muchos, que pude constatar fue el de la fraternidad ejemplar
que hubo entre todos, como demostración evidente de la perenne
vitalidad de la Iglesia por todo el mundo.
2.
Pues bien, queridos amigos, estoy seguro de que hoy se renuevan las
mismas impresiones de aquel mi encuentro en Alemania. En 1991, el
Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, decía, a
su paso por Mato Grosso (Brasil), que los “jóvenes son los primeros
protagonistas del tercer milenio [...] son ustedes quienes van a
trazar los rumbos de esta nueva etapa de la humanidad” (Discurso
16/10/1991). Hoy, me siento movido a hacerles idéntica observación.
El Señor aprecia, sin duda, vuestra vivencia cristiana en las
numerosas comunidades parroquiales y en las pequeñas comunidades
eclesiales, en las Universidades, Colegios y Escuelas y,
especialmente, en las calles y en los ambientes de trabajo de las
ciudades y de los campos; se trata, sin embargo, de ir adelante.
Nunca podemos decir basta, pues la caridad de Dios es infinita y el
Señor nos pide, o mejor, nos exige ensanchar nuestros corazones para
que en ellos quepa siempre más amor, más bondad, más comprensión por
nuestros semejantes y por los problemas que envuelven no sólo la
convivencia humana, sino también la efectiva preservación y
conservación de la naturaleza, de la cual todos hacemos parte.
“Nuestros bosques tienen más vida”: no dejéis que se apague esta
llama de esperanza que vuestro Himno Nacional pone en vuestros
labios. La devastación ambiental de la Amazonía y las amenazas a la
dignidad humana de sus poblaciones requieren un mayor compromiso en
los más diversos espacios de acción que la sociedad viene pidiendo.
3.
Hoy quiero con vosotros reflexionar sobre el texto de San Mateo (19,
16-22), que acabamos de oír. Habla de un joven. Él vino corriendo al
encuentro de Jesús, merece que se destaque su ansia. En este joven
veo a todos vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina.
Vinisteis corriendo de diversas regiones de este Continente para
nuestro encuentro; queréis oír, por la voz del Papa, las palabras
del propio Jesús. Como en el Evangelio, tenéis una pregunta
importante que hacerle. Es la misma del joven que vino corriendo al
encuentro de Jesús: ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Me
gustaría profundizar con vosotros esta pregunta. Se trata de la
vida, la vida que, en vosotros, es exuberante y bella. ¿Qué hacer
con ella? ¿Cómo vivirla plenamente?
Pronto entendemos, en la formulación de la propia pregunta, que no
basta el aquí y ahora, o sea, nosotros no conseguimos delimitar
nuestra vida al espacio y al tiempo, por más que pretendamos
extender sus horizontes. La vida os trasciende. En otras palabras,
queremos vivir y no morir. Sentimos que algo nos revela que la vida
es eterna y que es necesario empeñarnos para que esto acontezca. En
otras palabras, ella está en nuestras manos y depende, de algún
modo, de nuestra decisión.
La
pregunta del Evangelio no contempla apenas el futuro. No trata
apenas de una cuestión sobre qué pasará después de la muerte. Hay,
por el contrario, un compromiso con el presente aquí y ahora, que
debe garantizar autenticidad y consecuentemente el futuro. En una
palabra, la pregunta cuestiona el sentido de la vida. Puede por eso
ser formulada así: ¿qué debo hacer para que mi vida tenga sentido? O
sea: ¿cómo debo vivir para cosechar plenamente los frutos de la
vida? O más aún: ¿qué debo hacer para que mi vida no transcurra
inútilmente?
Jesús es el único capaz de darnos una respuesta, porque es el único
que puede garantizar la vida eterna. Por eso también es el único que
consigue mostrar el sentido de la vida presente y darle un contenido
de plenitud.
4.
Sin embargo, antes de dar su respuesta, Jesús cuestiona al joven con
una pregunta muy importante: "¿Por qué me llamas bueno?" En esta
pregunta se encuentra la clave de la respuesta. Aquel joven percibió
qué Jesús es bueno y que es maestro. Un maestro que no engaña.
Estamos aquí porque tenemos esta misma convicción: Jesús es bueno.
Quizás no sabemos toda la razón de esta percepción, pero es cierto
que ella nos aproxima a Él y nos abre a su enseñanza: un maestro
bueno. Quien reconoce el bien es señal que ama, y quien ama, en la
feliz expresión de San Juan, conoce a Dios (cf.1Jn 4,7). El joven
del Evangelio tuvo una percepción de Dios en Jesucristo. Jesús nos
garantiza que solo Dios es bueno. Estar abierto a la bondad
significa acoger a Dios. Así Él nos invita a ver a Dios en todas las
cosas y en todos los acontecimientos, inclusive ahí donde la mayoría
solo ve la ausencia de Dios; viendo la belleza de las criaturas y
constatando la bondad presente en todas ellas, es imposible no creer
en Dios y no hacer una experiencia de su presencia salvífica y
consoladora. Si lográsemos ver todo el bien que existe en el mundo
y, más aún, experimentar el bien que proviene del propio Dios, no
cesaríamos jamás de aproximarnos a Él, de alabarlo y agradecerle. Él
continuamente nos llena de alegría y de bienes. Su alegría es
nuestra fuerza.
Pero nosotros no conocemos sino de forma parcial. Para percibir el
bien necesitamos de auxilios, que la Iglesia nos proporciona en
muchas oportunidades, principalmente por la catequesis. Jesús mismo
explicita lo que es bueno para nosotros, dándonos su primera
catequesis. « si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos
» (Mt 19,17). Él parte del conocimiento que el joven ya obtuvo
ciertamente de su familia y de la Sinagoga: de hecho, conoce los
mandamientos. Ellos conducen a la vida, lo que equivale a decir que
ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que
nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en
el camino de Dios.
No
basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es
la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos de fuera, ni
disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos
internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su
base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles.
Necesitamos caminar. Somos lanzados a hacer algo para realizarnos
nosotros mismos. Realizarse, a través de la acción, en verdad, es
volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra
juventud, lo que nosotros queremos ser. Somos, por así decir, obra
de nuestras manos.
5.
En esta momento me vuelvo nuevamente a vosotros jóvenes, queriendo
oír también de vosotros la respuesta del joven del Evangelio: "todo
esto lo he observado desde mi juventud". El joven del Evangelio era
bueno, observaba los mandamientos, estaba pues en el camino de Dios,
por eso Jesús lo miró con amor. Al reconocer que Jesús era bueno,
dio testimonio de que también él era bueno. Tenía una experiencia de
la bondad y por eso, de Dios. Y vosotros, jóvenes de Brasil y de
América Latina ¿ya descubristeis lo que es bueno? ¿Seguís los
mandamientos del Señor? ¿Descubristeis que éste es el verdadero y
único camino hacia la felicidad?
Los años estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro.
El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la
juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que
deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis
pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con
alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad.
Muchas veces sentimos temblar nuestros corazones de pastores,
constatando la situación de nuestro tiempo. Oímos hablar de los
miedos de la juventud de hoy. Nos revelan un enorme déficit de
esperanza: miedo de morir, en un momento en que la vida se está
abriendo y busca encontrar el propio camino de realización; miedo de
sobrar, por no descubrir el sentido de la vida; y miedo de quedar
desconectado delante de la deslumbrante rapidez de los
acontecimientos y de las comunicaciones. Registramos el alto índice
de muertes entre los jóvenes, la amenaza de la violencia, la
deplorable proliferación de las drogas que sacude hasta la raíz más
profunda a la juventud de hoy, se habla por eso, a menudo de una
juventud perdida.
Pero mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis
alegría y entusiasmo, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y
confianza, en la certeza de que vosotros encontrasteis el verdadero
camino. Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran
misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan
errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles
de los jóvenes, invítenlos a que vengan con vosotros, a que hagan la
misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con
Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena
posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los
caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.
Podéis ser protagonistas de una sociedad nueva si buscáis poner en
práctica una vivencia real inspirada en los valores morales
universales, pero también un empeño personal de formación humana y
espiritual de vital importancia. Un hombre o una mujer no preparados
para los desafíos reales de una correcta interpretación de la vida
cristiana de su medio ambiente será presa fácil de todos los asaltos
del materialismo y del laicismo, cada vez más actuantes en todos los
niveles.
Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un
foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida,
desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues
ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron. El
Papa también espera que los jóvenes busquen santificar su trabajo,
haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad, para contribuir
al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del
Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N. 36).
Pero, sobretodo, el Papa espera que sepan ser protagonistas de una
sociedad más justa y más fraterna, cumpliendo las obligaciones ante
al Estado: respetando sus leyes; no dejándose llevar por el odio y
por la violencia; siendo ejemplo de conducta cristiana en el
ambiente profesional y social, distinguiéndose por la honestidad en
las relaciones sociales y profesionales. Tengan en cuenta que la
ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción
personal y ajena; no existen motivos para hacer prevalecer las
propias aspiraciones humanas, sean ellas económicas o políticas, con
el fraude y el engaño.
Concluyendo, existe un inmenso panorama de acción en el cual las
cuestiones de orden social, económica y política ganan un particular
relieve, siempre que tengan su fuente de inspiración en el Evangelio
y en la Doctrina Social de la Iglesia La construcción de una
sociedad más justa y solidaria, reconciliada y pacífica; la
contención de la violencia y las iniciativas que promuevan la vida
plena, el orden democrático y el bien común y, especialmente,
aquellas que llevan a eliminar ciertas discriminaciones existentes
en las sociedades latinoamericanas y no son motivo de exclusión,
sino de recíproco enriquecimiento.
Tened, sobretodo, un gran respeto por la institución del Sacramento
del Matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares
si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El
matrimonio es una institución de derecho natural, que fue elevado
por Cristo a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo
a la humanidad, Respetadlo, veneradlo. Al mismo tiempo, Dios os
llama a respetaros también en el romance y en el noviazgo, pues la
vida conyugal que, por disposición divina, está destinada a los
casados es solamente fuente de felicidad y de paz en la medida en la
que sepáis hacer de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un
baluarte de vuestras esperanzas futuras. Repito aquí para todos
vosotros que «el eros quiere conducirnos más allá de nosotros
mismos, hacia Dios, pero por eso mismo requiere un camino de
ascesis, renuncias, purificaciones y saneamientos» (Carta encl. Dios
caritas est, (25/12/2005), N. 5). En pocas palabras, requiere
espíritu de sacrificio y de renuncia por un bien mayor, que es
precisamente el amor de Dios sobre todas las cosas. Buscad resistir
con fortaleza a las insidias del mal existente en muchos ambientes,
que os lleva a una vida disoluta, paradójicamente vacía, al hacer
perder el bien precioso de vuestra libertad y de vuestra verdadera
felicidad. El amor verdadero “buscará siempre más la dicha del otro,
se preocupará cada vez más de él, se donará y deseará existir para
el otro” (Ib. N. 7) y, por eso, será siempre más fiel, indisoluble y
fecundo.
Para ello, contáis con la ayuda de Jesucristo que, con su gracia,
hará esto posible (cf. MT 19,26). La vida de fe y de oración os
conducirá por los caminos de la intimidad con Dios, y de la
comprensión de la grandeza de los planes que Él tiene para cada uno.
“Por amor del reino de los cielos” (ib., 12), algunos son llamados a
una entrega total y definitiva, para consagrarse a Dios en la vida
religiosa, “eximio don de la gracia”, como fue definido por el
Concilio Vaticano II (Decr. Perfectae caritatis, n.12). Los
consagrados que se entregan totalmente a Dios, bajo la moción del
Espíritu Santo, participan en la misión de Iglesia, testimoniando la
esperanza en el Reino celeste ante todos los hombres. Por eso,
bendigo e invoco la protección divina a todos los religiosos que
dentro de la mies del Señor se dedican a Cristo y a los hermanos.
Las personas consagradas merecen, verdaderamente, la gratitud de la
comunidad eclesial: monjes y monjas, contemplativos y
contemplativas, religiosos y religiosas dedicados a las obras de
apostolado, miembros de institutos seculares y de las sociedades de
vida apostólica, eremitas y vírgenes consagradas. “Su existencia da
testimonio del amor a Cristo cuando ellos se encaminan por su
seguimiento, tal como éste se propone en el Evangelio y, con íntima
alegría, asumen el mismo estilo de vida que Él escogió para Sí”
(Congr. para los Inst. de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica: Instr. Partir de Cristo, N. 5). Hago votos de que, en
este momento de gracia y de profunda comunión en Cristo, el Espíritu
Santo despierte en el corazón de tantos jóvenes un amor apasionado
en el seguimiento e imitación de Jesucristo casto, pobre y
obediente, dirigido completamente a la gloria del Padre y al amor de
los hermanos y hermanas.
6.
El Evangelio nos asegura que aquel joven, que vino corriendo al
encuentro de Jesús, era muy rico. Entendemos esta riqueza no apenas
en el plano material, la propia juventud es una riqueza singular. Es
necesario descubrirla y valorarla. Jesús le dio tal valor que invitó
a este joven a participar de su misión de salvación. Tenía todas las
condiciones para una gran realización y una gran obra. Pero el
Evangelio nos refiere que ese joven se entristeció con la
invitación. Se alejó abatido y triste. Este episodio nos hace
reflexionar una vez más sobre la riqueza de la juventud. No se
trata, en primer lugar, de bienes materiales, sino de la propia
vida, con los valores inherentes a la juventud. Proviene de una
doble herencia: la vida, transmitida de generación en generación, en
cuyo origen primero está Dios, lleno de sabiduría y de amor; y la
educación que nos inserta en la cultura, a tal punto que, en cierto
sentido, podemos decir que somos más hijos de la cultura y por eso
de la fe, que de la naturaleza. De la vida brota la libertad que,
sobretodo en esta fase se manifiesta como responsabilidad. Es el
gran momento de la decisión, en una doble opción: una en cuanto al
estado de vida y otra en cuanto a la profesión. Responde a la
cuestión: ¿qué hacer con la vida?
En
otras palabras, la juventud se muestra como una riqueza porque lleva
al descubrimiento de la vida como un don y como una tarea. El joven
del Evangelio percibió la riqueza de su juventud. Fue hasta Jesús,
el Buen Maestro, a buscar una orientación. Pero a la hora de la gran
opción no tuvo coraje de apostar todo en Jesucristo.
Consecuentemente salió de allí triste y abatido. Es lo que pasa toda
vez que nuestras decisiones flaquean y se vuelven mezquinas e
interesadas. Sintió que faltó generosidad, lo que no le permitió una
realización plena. Se cerró sobre su riqueza, tornándola egoísta.
Jesús sintió mucho la tristeza y la mezquindad del joven que lo fue
a buscar. Los Apóstoles, como todos y todos vosotros hoy, rellenan
esta laguna dejada por aquel joven que se retiró triste y abatido.
Ellos y nosotros estamos alegres porque sabemos en quién creemos (2
Tim 1,12). Sabemos y damos testimonio con nuestra propia vida de que
solo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Por eso, como San
Pablo, podemos exclamar: "estad siempre alegres en el Señor" (Fil
4,4).
7.
Mi pedido hoy, a vosotros jóvenes, que vinisteis a este encuentro,
es que no desaprovechéis vuestra juventud. No intentéis huir de
ella. Vividla intensamente, consagradla a los elevados ideales de la
fe y de la solidaridad humana. Vosotros, jóvenes, no sois apenas el
porvenir de la Iglesia y de la humanidad, como una especie de fuga
del presente, por el contrario: sois el presente joven de la Iglesia
y de la humanidad. Sois su rostro joven. La Iglesia necesita de
vosotros, como jóvenes, para manifestar al mundo el rostro de
Jesucristo, que se dibuja en la comunidad cristiana. Sin el rostro
joven la Iglesia se presentaría desfigurada.
(en español) Queridos jóvenes, dentro de poco inauguraré la V
Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Os pido que
sigáis con atención sus trabajos; que participéis en sus debates;
que recéis por sus frutos. Como ocurrió con las Conferencias
anteriores, también ésta marcará de modo significativo los próximos
diez años de Evangelización en América Latina y en el Caribe. Nadie
debe quedar al margen o permanecer indiferente ante este esfuerzo de
la Iglesia, y mucho menos los jóvenes. Vosotros con todo derecho
formáis parte de la Iglesia, la cual representa el rostro de
Jesucristo para América Latina y el Caribe.
(en francés) Saludo a los de habla francesa que viven en el
Continente latinoamericano, invitándolos a ser testimonios del
Evangelio y actores de la vida eclesial. Me uno particularmente a
vosotros los jóvenes, sois llamados a construir vuestra vida sobre
Cristo y sobre los valores humanos fundamentales. Que todos os
sintáis invitados a colaborar en la edificación de un mundo de
justicia y de paz.
(en ingles) Queridos jóvenes amigos, como el joven del Evangelio,
que preguntó a Jesús “ qué debo hacer para tener la vida eterna?” ,
todos vosotros buscáis maneras de responder generosamente al llamado
de Dios. Rezo para que escuchéis su palabra salvadora y os tornéis
sus testigos ante los pueblos de hoy. Que Dios derrame sobre
vosotros sus bendiciones de paz y alegría.
Queridos jóvenes, Cristo os llama a ser santos. Él mismo os convoca
y quiere andar con vosotros, para animar con Su espíritu los pasos
del Brasil en este inicio del tercer milenio de la era cristiana.
Pido a la Señora Aparecida que os conduzca, con su auxilio materno y
os acompañe a lo largo de la vida.
¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo! |