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Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de
respeto,
de diálogo y amistad
Mensaje del Santo Padre, Benedicto XVI, para la
XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
La Jornada se celebra,
desde 1967, el domingo de la
Ascensión del Señor (este
año, el 24 de mayo)
Queridos hermanos y
hermanas:
Ante
la proximidad de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
me es grato dirigirme a vosotros para exponeros algunas de mis
reflexiones sobre el tema elegido este año: Nuevas tecnologías,
nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo y
amistad. En efecto, las nuevas tecnologías digitales están
provocando hondas transformaciones en los modelos de comunicación y
en las relaciones humanas. Estos cambios resaltan más aún entre los
jóvenes que han crecido en estrecho contacto con estas nuevas
técnicas de comunicación y que, por tanto, se sienten a gusto en el
mundo digital, que resulta sin embargo menos familiar a muchos de
nosotros, adultos, que hemos debido empezar a entenderlo y apreciar
las oportunidades que ofrece para la comunicación. En el mensaje de
este año, pienso particularmente en quienes forman parte de la
llamada generación digital. Quisiera compartir con ellos algunas
ideas sobre el extraordinario potencial de las nuevas tecnologías,
cuando se usan para favorecer la comprensión y la solidaridad
humana. Estas tecnologías son un verdadero don para la humanidad y
por ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de
todos los seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de
los más necesitados y vulnerables.
El
fácil acceso a teléfonos móviles y computadoras, unido a la
dimensión global y a la presencia capilar de Internet, han
multiplicado los medios para enviar instantáneamente palabras e
imágenes a grandes distancias y hasta los lugares más remotos del
mundo. Esta posibilidad era impensable para las precedentes
generaciones. Los jóvenes especialmente se han dado cuenta del
enorme potencial de los nuevos medios para facilitar la conexión, la
comunicación y la comprensión entre las personas y las comunidades,
y los utilizan para estar en contacto con sus amigos, para encontrar
nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para buscar
información y noticias, para compartir sus ideas y opiniones. De
esta nueva cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las
familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy
lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso
más fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos
científicos, y pueden así trabajar en equipo desde diversos lugares;
además, la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita
formas más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que
contribuyen al progreso social.
Aunque nos asombra la velocidad con que han evolucionado las nuevas
tecnologías en cuanto a su fiabilidad y eficiencia, no debería de
sorprendernos su popularidad entre los usuarios, pues ésta responde
al deseo fundamental de las personas de entrar en relación unas con
otras. Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en
nuestra propia naturaleza humana y no puede comprenderse
adecuadamente sólo como una respuesta a las innovaciones
tecnológicas. A la luz del mensaje bíblico, ha de entenderse como
reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y
unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola
familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras
personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer,
estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está
grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza
de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión.
El
deseo de estar en contacto y el instinto de comunicación, que
parecen darse por descontados en la cultura contemporánea, son en el
fondo manifestaciones modernas de la tendencia fundamental y
constante del ser humano a ir más allá de sí mismo para entrar en
relación con los demás. En realidad, cuando nos abrimos a los demás,
realizamos una de nuestras más profundas aspiraciones y nos hacemos
más plenamente humanos. En efecto, amar es aquello para lo que hemos
sido concebidos por el Creador. Naturalmente, no hablo de relaciones
pasajeras y superficiales; hablo del verdadero amor, que es el
centro de la enseñanza moral de Jesús: "Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus
fuerzas", y "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf. Mc 12,
30-31). Con esta luz, al reflexionar sobre el significado de las
nuevas tecnologías, es importante considerar no sólo su indudable
capacidad de favorecer el contacto entre las personas, sino también
la calidad de los contenidos que se deben poner en circulación.
Deseo animar a todas las personas de buena voluntad, y que trabajan
en el mundo emergente de la comunicación digital, para que se
comprometan a promover una cultura de respeto, diálogo y amistad.
Por
lo tanto, quienes se ocupan del sector de la producción y difusión
de contenidos de los nuevos medios, han de comprometerse a respetar
la dignidad y el valor de la persona humana. Si las nuevas
tecnologías deben servir para el bien de los individuos y de la
sociedad, quienes las usan deben evitar compartir palabras e
imágenes degradantes para el ser humano, y excluir por tanto lo que
alimenta el odio y la intolerancia, envilece la belleza y la
intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e
indefensos.
Las
nuevas tecnologías han abierto también caminos para el diálogo entre
personas de diversos países, culturas y religiones. El nuevo espacio
digital, llamado ciberespacio, permite encontrarse y conocer los
valores y tradiciones de otros. Sin embargo, para que esos
encuentros den fruto, se requieren formas honestas y correctas de
expresión, además de una escucha atenta y respetuosa. El diálogo
debe estar basado en una búsqueda sincera y recíproca de la verdad,
para potenciar el desarrollo en la comprensión y la tolerancia. La
vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias; es más bien
la búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. A dichos fines se
encaminan nuestras decisiones y el ejercicio de nuestra libertad, y
en ellos –la verdad, el bien y la belleza- encontramos felicidad y
alegría. No hay que dejarse engañar por quienes tan sólo van en
busca de consumidores en un mercado de posibilidades
indiferenciadas, donde la elección misma se presenta como el bien,
la novedad se confunde con la belleza y la experiencia subjetiva
suplanta a la verdad.
El
concepto de amistad ha tenido un nuevo auge en el vocabulario de las
redes sociales digitales que han surgido en los últimos años. Este
concepto es una de las más nobles conquistas de la cultura humana.
En nuestras amistades, y a través de ellas, crecemos y nos
desarrollamos como seres humanos. Precisamente por eso, siempre se
ha considerado la verdadera amistad como una de las riquezas más
grandes que puede tener el ser humano. Por tanto, se ha de tener
cuidado de no banalizar el concepto y la experiencia de la amistad.
Sería una pena que nuestro deseo de establecer y desarrollar las
amistades on line fuera en deterioro de nuestra disponibilidad para
la familia, los vecinos y quienes encontramos en nuestra realidad
cotidiana, en el lugar de trabajo, en la escuela o en el tiempo
libre. En efecto, cuando el deseo de conexión virtual se convierte
en obsesivo, la consecuencia es que la persona se aísla,
interrumpiendo su interacción social real. Esto termina por alterar
también los ritmos de reposo, de silencio y de reflexión necesarios
para un sano desarrollo humano.
La
amistad es un gran bien para las personas, pero se vaciaría de
sentido si fuese considerado como un fin en sí mismo. Los amigos
deben sostenerse y animarse mutuamente para desarrollar sus
capacidades y talentos, y para poner éstos al servicio de la
comunidad humana. En este contexto es alentador ver surgir nuevas
redes digitales que tratan de promover la solidaridad humana, la paz
y la justicia, los derechos humanos, el respeto por la vida y el
bien de la creación. Estas redes pueden facilitar formas de
cooperación entre pueblos de diversos contextos geográficos y
culturales, permitiéndoles profundizar en la humanidad común y en el
sentido de corresponsabilidad para el bien de todos. Pero se ha de
procurar que el mundo digital en el que se crean esas redes sea
realmente accesible a todos. Sería un grave daño para el futuro de
la humanidad si los nuevos instrumentos de comunicación, que
permiten compartir saber e información de modo más veloz y eficaz,
no fueran accesibles a quienes ya están social y económicamente
marginados, o si contribuyeran tan sólo a acrecentar la distancia
que separa a los pobres de las nuevas redes que se desarrollan al
servicio de la información y la socialización humana.
Quisiera concluir este mensaje dirigiéndome de manera especial a los
jóvenes católicos, para exhortarlos a llevar al mundo digital el
testimonio de su fe. Amigos, sentíos comprometidos a sembrar en la
cultura de este nuevo ambiente comunicativo e informativo los
valores sobre los que se apoya vuestra vida. En los primeros tiempos
de la Iglesia, los Apóstoles y sus discípulos llevaron la Buena
Noticia de Jesús al mundo grecorromano. Así como entonces la
evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta
comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos
paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también
ahora el anuncio de Cristo en el mundo de las nuevas tecnologías
requiere conocer éstas en profundidad para usarlas después de manera
adecuada. A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en
sintonía con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de
manera particular la tarea de evangelizar este "continente digital".
Haceos cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a vuestros
coetáneos. Vosotros conocéis sus temores y sus esperanzas, sus
entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que les podéis
ofrecer es compartir con ellos la "buena noticia" de un Dios que se
hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad.
El corazón humano anhela un mundo en el que reine el amor, donde los
bienes sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la
libertad encuentre su propio sentido en la verdad y donde la
identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa. La fe
puede dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sed sus mensajeros! El
Papa está junto a vosotros con su oración y con su bendición.
Vaticano, 24 de enero 2009
Fiesta de San Francisco de Sales.
Benedicto XVI
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