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«El sacerdote y la pastoral en
el mundo digital: los nuevos medios
al servicio de la Palabra»
Mensaje del Santo Padre, Benedicto XVI, para la
XVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
La Jornada se celebra,
desde 1967, el domingo de la
Ascensión del Señor (16 de mayo
de 2010)
Queridos
hermanos y hermanas:
El tema de la
próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales –«El
sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al
servicio de la Palabra»– se inserta muy apropiadamente en el
camino del
Año Sacerdotal, y pone en primer plano la reflexión sobre un
ámbito pastoral vasto y delicado como es el de la comunicación y el
mundo digital, ofreciendo al sacerdote nuevas posibilidades de
realizar su particular servicio a la Palabra y de la
Palabra. Las comunidades eclesiales, han incorporado desde hace
tiempo los nuevos medios de comunicación como instrumentos
ordinarios de expresión y de contacto con el propio territorio,
instaurado en muchos casos formas de diálogo aún de mayor alcance.
Su reciente y amplia difusión, así como su notable influencia, hacen
cada vez más importante y útil su uso en el ministerio sacerdotal.
La tarea
primaria del sacerdote es la de anunciar a Cristo, la Palabra de
Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia divina que nos
salva mediante los Sacramentos. La Iglesia, convocada por la
Palabra, es signo e instrumento de la comunión que Dios establece
con el hombre y que cada sacerdote está llamado a edificar en Él y
con Él. En esto reside la altísima dignidad y belleza de la misión
sacerdotal, en la que se opera de manera privilegiada lo que afirma
el apóstol Pablo: «Dice la Escritura: “Nadie que cree en Él quedará
defraudado”… Pues “todo el que invoca el nombre del Señor se
salvará”. Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo si no creen en Él? ¿Cómo
van a creer si no oyen hablar de Él? ¿Y cómo van a oír sin alguien
que les predique? ¿Y cómo van a predicar si no los envían?» (Rm
10,11.13-15).
Las vías de
comunicación abiertas por las conquistas tecnológicas se han
convertido en un instrumento indispensable para responder
adecuadamente a estas preguntas, que surgen en un contexto de
grandes cambios culturales, que se notan especialmente en el mundo
juvenil. En verdad el mundo digital, ofreciendo medios que permiten
una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes
perspectivas y actualiza la exhortación paulina: «¡Ay de mí si no
anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Así pues, con la difusión
de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta,
sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y
eficaz. A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de
una «nueva historia», porque en la medida en que estas nuevas
tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más
se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá
llamado a ocuparse pastoralmente de este campo, multiplicando su
esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra.
Sin embargo, la
creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en
la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre
todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando
internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe
ocuparse. Por el contrario, se pide a los presbíteros la capacidad
de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje
del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades
que se expresan cada vez más a través de las muchas «voces» surgidas
en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo
de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva
generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs,
sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles
para la evangelización y la catequesis.
El sacerdote
podrá dar a conocer la vida de la Iglesia mediante estos modernos
medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir
el rostro de Cristo. Para ello, ha de unir el uso oportuno y
competente de tales medios –adquirido también en el período de
formación– con una sólida preparación teológica y una honda
espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con
el Señor. En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe
trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su
corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que
le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la «red».
También en el
mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa
de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el
resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y
actual. En efecto, la pastoral en el mundo digital debe mostrar a
las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy
que «Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos
mutuamente» (Discurso
a la Curia romana para el intercambio de felicitaciones navideñas,
21 diciembre 2009).
¿Quién mejor
que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a
través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios
digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad
de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa
del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente
el hoy y construir adecuadamente el futuro? Quien trabaja como
consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a
nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano
y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades
espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro
tiempo «digital» los signos necesarios para reconocer al Señor;
darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y
de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo
humano integral. La Palabra podrá así navegar mar adentro
hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de
autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de
Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas
formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse
ante los umbrales de las casas y de los corazones y decir de nuevo:
«Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y
cenaremos juntos» (Ap 3, 20).
En el
Mensaje del año pasado animé a los responsables de los procesos
comunicativos a promover una cultura de respeto por la dignidad y el
valor de la persona humana. Ésta es una de las formas en que la
Iglesia está llamada a ejercer una «diaconía de la cultura» en el
«continente digital». Con el Evangelio en las manos y en el corazón,
es necesario reafirmar que hemos de continuar preparando los caminos
que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención
particular a quien está en actitud de búsqueda. Más aún, procurando
mantener viva esa búsqueda como primer paso de la evangelización.
Así, una pastoral en el mundo digital está llamada a tener en cuenta
también a quienes no creen y desconfían, pero que llevan en el
corazón los deseos de absoluto y de verdades perennes, pues esos
medios permiten entrar en contacto con creyentes de cualquier
religión, con no creyentes y con personas de todas las culturas. Así
como el profeta Isaías llegó a imaginar una casa de oración para
todos los pueblos (cf. Is 56,7), quizá sea posible imaginar
que podamos abrir en la red un espacio –como el «patio de los
gentiles» del Templo de Jerusalén– también a aquéllos para quienes
Dios sigue siendo un desconocido.
El desarrollo
de las nuevas tecnologías y, en su dimensión más amplia, todo el
mundo digital, representan un gran recurso para la humanidad en su
conjunto y para cada persona en la singularidad de su ser, y un
estímulo para el debate y el diálogo. Pero constituyen también una
gran oportunidad para los creyentes. Ningún camino puede ni debe
estar cerrado a quien, en el nombre de Cristo resucitado, se
compromete a hacerse cada vez más prójimo del ser humano. Los nuevos
medios, por tanto, ofrecen sobre todo a los presbíteros perspectivas
pastorales siempre nuevas y sin fronteras, que lo invitan a valorar
la dimensión universal de la Iglesia para una comunión amplia y
concreta; a ser testigos en el mundo actual de la vida renovada que
surge de la escucha del Evangelio de Jesús, el Hijo eterno que ha
habitado entre nosotros para salvarnos. No hay que olvidar, sin
embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre
todo de Cristo, al que encontramos y escuchamos en la oración; al
que anunciamos con la predicación y el testimonio de la vida; al que
conocemos, amamos y celebramos en los sacramentos, sobre todo en el
de la Santa Eucaristía y la Reconciliación.
Queridos
sacerdotes, os renuevo la invitación a asumir con sabiduría las
oportunidades específicas que ofrece la moderna comunicación. Que el
Señor os convierta en apasionados anunciadores de la Buena Noticia,
también en la nueva «ágora» que han dado a luz los nuevos medios de
comunicación.
Con estos
deseos, invoco sobre vosotros la protección de la Madre de Dios y
del Santo Cura de Ars, y con afecto imparto a cada uno la Bendición
Apostólica.
Vaticano, 24 de enero 2010
Fiesta de San Francisco de Sales.
Benedicto XVI
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