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"TODAS LAS IGLESIAS PARA TODO EL MUNDO"
Mensaje
de
Benedicto XVI para la
Jornada Mundial
de las Misiones
2007
(21 de octubre en todo el mundo
14 de octubre en la Argentina)
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la próxima Jornada mundial de las misiones quisiera
invitar a todo el pueblo de Dios –pastores, sacerdotes, religiosos,
religiosas y laicos– a una reflexión común sobre la urgencia y la
importancia que tiene, también en nuestro tiempo, la acción
misionera de la Iglesia. En efecto, no dejan de resonar, como
exhortación universal y llamada apremiante, las palabras con las que
Jesucristo, crucificado y resucitado, antes de subir al cielo,
encomendó a los Apóstoles el mandato misionero: «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que
yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).
En la ardua labor de evangelización nos sostiene y acompaña la
certeza de que él, el Dueño de la mies, está con nosotros y guía sin
cesar a su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de la misión de la
Iglesia. Este año, además, un nuevo motivo nos impulsa a un renovado
compromiso misionero: se celebra el 50° aniversario de la encíclica
Fidei donum del
siervo de Dios Pío XII, con la que se promovió y estimuló la
cooperación entre las Iglesias para la misión ad gentes.
El tema elegido para la próxima Jornada mundial de las misiones
–«Todas las Iglesias para todo el mundo»– invita a las Iglesias
locales de los diversos continentes a tomar conciencia de la urgente
necesidad de impulsar nuevamente la acción misionera ante los
múltiples y graves desafíos de nuestro tiempo. Ciertamente, han
cambiado las condiciones en que vive la humanidad, y durante estos
decenios, especialmente desde el concilio Vaticano II, se ha
realizado un gran esfuerzo con vistas a la difusión del Evangelio.
Con todo, queda aún mucho por hacer para responder al llamamiento
misionero que el Señor no deja de dirigir a todos los bautizados.
Sigue llamando, en primer lugar, a las Iglesias de antigua
tradición, que en el pasado proporcionaron a las misiones, además de
medios materiales, también un número consistente de sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos, llevando a cabo una eficaz
cooperación entre comunidades cristianas. De esa cooperación han
brotado abundantes frutos apostólicos tanto para las Iglesias
jóvenes en tierras de misión como para las realidades eclesiales de
donde procedían los misioneros.
Ante el avance de la cultura secularizada, que a veces parece
penetrar cada vez más en las sociedades occidentales, considerando
además la crisis de la familia, la disminución de las vocaciones y
el progresivo envejecimiento del clero, esas Iglesias corren el
peligro de encerrarse en sí mismas, de mirar con poca esperanza al
futuro y de disminuir su esfuerzo misionero. Pero este es
precisamente el momento de abrirse con confianza a la Providencia de
Dios, que nunca abandona a su pueblo y que, con la fuerza del
Espíritu Santo, lo guía hacia el cumplimiento de su plan eterno de
salvación.
El buen Pastor invita también a las Iglesias de reciente
evangelización a dedicarse generosamente a la misión ad gentes.
A pesar de encontrar no pocas dificultades y obstáculos en su
desarrollo, esas comunidades aumentan sin cesar. Algunas,
afortunadamente, cuentan con abundantes sacerdotes y personas
consagradas, no pocos de los cuales, aun siendo numerosas las
necesidades de sus diócesis, son enviados a desempeñar su ministerio
pastoral y su servicio apostólico a otras partes, incluso a tierras
de antigua evangelización.
De este modo, se asiste a un providencial «intercambio de dones»,
que redunda en beneficio de todo el Cuerpo místico de Cristo. Deseo
vivamente que la cooperación misionera se intensifique, aprovechando
las potencialidades y los carismas de cada uno. Asimismo, deseo que
la Jornada mundial de las misiones contribuya a que todas las
comunidades cristianas y todos los bautizados tomen cada vez mayor
conciencia de que la llamada de Cristo a propagar su reino hasta los
últimos confines de la tierra es universal.
«La Iglesia es misionera por su propia naturaleza –escribe Juan
Pablo II en la encíclica
Redemptoris missio–,
ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino
que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la
Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias
más jóvenes (...) deben participar cuanto antes y de hecho en la
misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros a
predicar por todas las partes del mundo el Evangelio, aunque sufran
escasez de clero» (n. 62).
A cincuenta años del histórico llamamiento de mi predecesor Pío XII
con la encíclica
Fidei donum para una
cooperación entre las Iglesias al servicio de la misión, quisiera
reafirmar que el anuncio del Evangelio sigue teniendo suma
actualidad y urgencia. En la citada encíclica
Redemptoris missio,
el Papa Juan Pablo II, por su parte, reconocía que «la misión de la
Iglesia es más vasta que la "comunión entre las Iglesias"; esta
(...) debe tener sobre todo una orientación con miras a la
específica índole misionera» (n. 64).
Por consiguiente, como se ha reafirmado muchas veces, el compromiso
misionero sigue siendo el primer servicio que la Iglesia debe
prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los
cambios culturales, sociales y éticos; para ofrecer la salvación de
Cristo al hombre de nuestro tiempo, en muchas partes del mundo
humillado y oprimido a causa de pobrezas endémicas, de violencia, de
negación sistemática de derechos humanos.
La Iglesia no puede eximirse de esta misión universal; para ella
constituye una obligación. Dado que Cristo encomendó el mandato
misionero en primer lugar a Pedro y a los Apóstoles, ese mandato hoy
compete ante todo al Sucesor de Pedro, que la divina Providencia ha
elegido como fundamento visible de la unidad de la Iglesia, y a los
obispos, directamente responsables de la evangelización, sea como
miembros del Colegio episcopal, sea como pastores de las Iglesias
particulares (cf. ib., 63).
Por tanto, me dirijo a los pastores de todas las Iglesias, puestos
por el Señor como guías de su único rebaño, para que compartan el
celo por el anuncio y la difusión del Evangelio. Fue precisamente
esta preocupación la que impulsó, hace cincuenta años, al siervo de
Dios Pío XII a procurar que la cooperación misionera respondiera
mejor a las exigencias de los tiempos. Especialmente ante las
perspectivas de la evangelización, pidió a las comunidades de
antigua evangelización que enviaran sacerdotes para ayudar a las
Iglesias de reciente fundación. Así dio vida a un nuevo «sujeto
misionero», que precisamente de las primeras palabras de la
encíclica tomó el nombre de "fidei donum".
A este respecto, escribió: «Considerando, por un lado, las
innumerables legiones de hijos nuestros que, sobre todo en los
países de antigua tradición cristiana, participan del bien de la fe,
y, por otro, la masa aún más numerosa de los que todavía esperan el
mensaje de la salvación, sentimos el ardiente deseo de exhortaros,
venerables hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa
santa de la expansión de la Iglesia en el mundo». Y añadió: «Quiera
Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento, el espíritu
misionero penetre más a fondo en el corazón de todos los sacerdotes
y que, a través de su ministerio, inflame a todos los fieles» (Fidei
donum, 1: El Magisterio pontificio contemporáneo,
II, BAC, Madrid 1992, p. 57).
Demos gracias al Señor por los abundantes frutos que se han obtenido
en África y en otras regiones de la tierra mediante esta cooperación
misionera. Incontables sacerdotes, abandonando sus comunidades de
origen, han puesto sus energías apostólicas al servicio de
comunidades a veces recién fundadas, en zonas pobres y en vías de
desarrollo. Entre ellos ha habido no pocos mártires que, además del
testimonio de la palabra y la entrega apostólica, han ofrecido el
sacrificio de su vida.
No podemos olvidar tampoco a los numerosos religiosos, religiosas y
laicos voluntarios que, juntamente con los presbíteros, se han
prodigado por difundir el Evangelio hasta los últimos confines del
mundo. La Jornada mundial de las misiones es ocasión propicia para
recordar en la oración a estos hermanos y hermanas nuestros en la
fe, y a los que siguen prodigándose en el vasto campo misionero.
Pidamos a Dios que su ejemplo suscite por doquier nuevas vocaciones
y una renovada conciencia misionera en el pueblo cristiano.
Efectivamente, toda comunidad cristiana nace misionera, y el amor de
los creyentes a su Señor se mide precisamente según su compromiso
evangelizador. Podríamos decir que, para los fieles, no se trata
simplemente de colaborar en la actividad de evangelización, sino de
sentirse ellos mismos protagonistas y corresponsables de la misión
de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva que crezca la
comunión entre las comunidades y se incremente la ayuda mutua, tanto
en lo que atañe al personal (sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos voluntarios), como en la utilización de los medios hoy
necesarios para evangelizar.
Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente el mandato misionero
encomendado por Cristo a los Apóstoles nos compromete a todos. Por
tanto, la Jornada mundial de las misiones debe ser ocasión propicia
para tomar cada vez mayor conciencia de ese mandato y para elaborar
juntos itinerarios espirituales y formativos adecuados que
favorezcan la cooperación entre las Iglesias y la preparación de
nuevos misioneros para la difusión del Evangelio en nuestro tiempo.
Con todo, no conviene olvidar que la primera y principal aportación
que debemos dar a la acción misionera de la Iglesia es la oración.
«La mies es mucha –dice el Señor– y los obreros pocos. Rogad, pues,
al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10, 2).
"Orad, pues venerables hermanos y amados hijos –escribió hace
cincuenta años el Papa Pío XII de venerada memoria–: orad más y más,
y sin cesar. No dejéis de llevar vuestro pensamiento y vuestra
preocupación hacia las inmensas necesidades espirituales de tantos
pueblos todavía tan alejados de la verdadera fe, o bien tan
privados de socorros para perseverar en ella" (Fidei
donum, 13: El Magisterio pontificio contemporáneo,
II, BAC, Madrid 1992, p. 64). Y exhortaba a multiplicar las
misas celebradas por las misiones, pues «son las intenciones mismas
de nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que la quisiera ver
extendida y floreciente por todos los lugares de la tierra» (ib.,
p. 63).
Queridos hermanos y hermanas, también yo renuevo esta invitación tan
actual. Es preciso que todas las comunidades eleven su oración al
«Padre nuestro que está en el cielo», para que venga su reino a la
tierra. Hago un llamamiento en particular a los niños y a los
jóvenes, siempre dispuestos a generosos impulsos misioneros. Me
dirijo a los enfermos y a los que sufren, recordando el valor de su
misteriosa e indispensable colaboración en la obra de la salvación.
Pido a las personas consagradas, y especialmente a los monasterios
de clausura, que intensifiquen su oración por las misiones. Gracias
al compromiso de todos los creyentes debe ampliarse en toda la
Iglesia la red espiritual de oración en apoyo de la evangelización.
Que la Virgen María, que acompañó con solicitud materna el camino de
la Iglesia naciente, guíe nuestros pasos también en esta época y nos
obtenga un nuevo Pentecostés de amor. En particular, que nos ayude
a todos a tomar conciencia de que somos misioneros, es decir,
enviados por el Señor a ser sus testigos en todos los momentos de
nuestra existencia.
A los sacerdotes "fidei donum", a los religiosos, a las
religiosas, a los laicos voluntarios comprometidos en las fronteras
de la evangelización, así como a quienes de diversos modos se
dedican al anuncio del Evangelio, les aseguro un recuerdo diario en
mi oración, a la vez que imparto con afecto a todos la bendición
apostólica.
Vaticano, 27 de mayo de 2007, solemnidad de Pentecostés
Benedicto XVI |