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ANIVERSARIO DE LA CONVENCIÓN INTERNACIONAL SOBRE LA
PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS DE TODOS LOS TRABAJADORES MIGRANTES Y DE SUS FAMILIAS
Homilía
del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, celebrada en
la parroquia Nuestra Señora, Madre de los Emigrantes el 1 de julio de 2008
En la primera
lectura escuchamos como Moisés estaba trabajando, cuidando las ovejas, era
pastor. Tendría unos 80 años y… tenía un gran sentido de la justicia porque
cuando estaba en Egipto, más joven y vio como un egipcio maltrataba a un hombre
en su pueblo, a un israelita, directamente lo mató. No toleró. Y por eso tuvo
que escapar de Egipto y vivó tanto años allí, cuidando ovejas.
Probablemente…
…la distancia desfigura la realidad, entonces cuando uno toma distancia, no
se acerca, los problemas se desdibujan…
Bueno pero
volvamos a Moisés. Moisés esta ahí cuidando y ve que hay un yuyo, una zarza que
empieza a arder, arder, arder y no se consume… Entonces curioso se acerca y es
Dios que esta ahí y que le dice. Cuando le dice que es Dios se tapa la cara por
respeto a Dios, es un gesto que tenían los judíos por respeto a Dios, taparse la
cara.
Le dice: “He
visto la tribulación de mi pueblo. He visto como los fenicios maltratan a mi
pueblo” -que era un pueblo migrante… los judíos migraron de la Mesopotamia a
Egipto- y quiero liberarlos”. Me ha conmovido las entrañas por el maltrato a mi
pueblo. Y realmente que, cuando uno lee las cosas que le hacían los egipcios a
los judíos, uno dice gracias a Dios que esto no sucede más. Los hacían
trabajar…, les daban casi nada de comer. Si tenían un chico varón se los
mataban, por eso los chicos los tenían a escondidas: Moisés era uno de esos
chicos que la madre lo salvó escondiéndolo en el río. Y entonces uno esta
tentado de decir: bueno son cosas de la barbarie antigua, parece que eso no
sucede más.
Yo diría de
acá en Buenos Aires, en la gran ciudad, en esta ciudad cada día más avanzada,
también hay hermanos nuestros migrantes que los tienen trabajando 20 horas por
día, 18 horas por día, les pagan una miseria y un sándwich de mortadela; que
aquí también no le importa a estos egipcios modernos -no tengo nada contra los
egipcios de ahora, a estos que hacen el papel de lo egipcios de aquella época-
estos tratantes modernos, no les importa que se mueran los chicos: pensemos los
que se murieron en Caballito quemados en ese taller clandestino porque estaban
enrejados.
Nadie hablo,
nadie habló… se olvidó porque esto señores poderosos saben como untar ciertas
manos.
Pero ¿cómo,
todavía suceden estas cosas? Y suceden. Y Dios dice: Yo he visto como maltratan
a mi Pueblo. Moisés se tapa la cara ante Dios y Dios les dijo a Moisés “Yo
miré”. Y lo está empujando a que mire. Mira, mira como esta tu pueblo.
Dios, nos
reunimos aquí para mirar. Pero no para mirar desde una mirada puramente social,
desde una mirada puramente política, lo cual es lícito, sino para mirar desde la
zarza ardiendo, para mirar desde Dios, desde nuestra oración y desde nuestra
compasión cristiana. Y para llorar con Dios, por que Dios llora, se conmueve…
Pero esto que sucede, sucede aquí en nuestra ciudad, para llorar por los que ya
no tienen lágrimas, para llorar porque ya las han gastado todas.
Una vez
recordaba que en la escuela cuando nos enseñaban que la Asamblea de 1813 había
abolido la esclavitud: …cuantos chicos… hoy hay más esclavos que los negros
esclavos de aquella época. Nuestra sociedad protege de alguna manera, cada uno
verá la manera si la descubre, protege la trata de personas.
La otra noche
venía de la Parroquia San Pablo Apóstol y vi un carro cargado de cartones.
Busqué, a ver el caballo que lo tiraba, y dije: “No. Está prohibido en Buenos
Aires la tracción a sangre”. Entonces si vemos un mulo o un caballo
inmediatamente tiene que estar confiscado porque hay una ley, una ordenanza,
que prohíbe la tracción a sangre. Pero mire bien ese carro y lo tiraban dos
chicos que no tenía más de 12 años. Eso ¿no es tracción a sangre? Es tracción a
dignidad… y a engaño.
Se le muestra
una ciudad floreciente. Acá vas a tener de todo: vas a tener trabajo, vení, yo
te doy a esto, esto, esto… ¿cuántos chicos sometidos? ¿cuántas mujeres
sometidas? ¿cuántos talleres clandestinos?, ¿cuántos prostíbulos? Cuánta cosa
que huele y es esclavitud. Y Dios hoy nos dice: “mire la humillación de mi
pueblo”. Nosotros nos tapamos la cara ante Dios pero El nos pide que nos
destapemos los ojos ante esta realidad. Porque nos dice Jesús: el día del juicio
te voy a juzgar por lo que hiciste por estos pequeños, y lo que hiciste por un
migrante sometido a la trata del trabajo, la trata del cartón, la trata de la
prostitución, a cualquier tipo de trata humana me lo hiciste a mí… …Si no
tenemos el coraje de mirar a Jesús, de ver a Jesús, en estos hermanos nuevos
esclavos, no entraremos en el Reino de los Cielos.
Somos
cristianos que hemos clausurado nuestra conciencia y en vez de vivir en un
barrio cerrado, vivimos con un corazón cerrado. ¡Qué lujo que es vivir con un
corazón cerrado!
El Evangelio
nos narra la historia de esos hombres que traían al paralítico y como lo querían
poder delante de Jesús, había mucha gente y no podían, levantaron las tejas del
techo y lo pasaron por arriba para que Jesús lo viera. Trabajaron, lo
organizaron, buscaron la escalera, de todo, para que ese hombre, esa mujer -era
hombre- fuera curado.
Bueno hoy
estamos aquí porque muchos de ustedes encabezados por Gustavo, por Juan, han
levantado el techo y nos han metido acá en la presencia de Dios en la presencia
de la comunidad a tantos hermanos… …que no están, que están en los prostíbulos,
que están tirando el carro con cartones, en tantos prostíbulos clandestinos.
Hará quince
días en los diarios salió ese hombre que con una balsa cruzaba del Paraguay con
6 chicas menores engañadas para hacerlas trabajar en prostíbulos.
Hoy también se
nos pide que abramos el techo de nuestra sociedad, el techo de nuestra
conciencia y nos animemos a bajar y a poner delante de Jesús a todos nuestros
hermanos y a ponerlo con trabajo.
Quizás el
problema no se solucione, ni este año, ni el que viene, ni en diez años. Simona
me decía recién, hace un rato, pero por lo menos para nuestros hijos, Padre.
Sembrar para el futuro la libertad de los esclavos. Esa libertad que no tienen,
esa libertad que nos han hecho creer que teníamos desde el año 1813.
Nuestro país
alberga tratantes de esclavos: Hombres y mujeres que venden y compran personas.
Hombres y mujeres que hacen lo mismo que aquellos capataces egipcios con los
israelitas: les pegan, los obligan a trabajar más, les sacan los documentos para
que no puedan moverse. Todo eso que ustedes saben.
Eso lo
queremos mirar desde Dios hoy. Y clamar a nuestro Dios: Señor mira a tu pueblo,
Señor mira estos hombres y mujeres esclavizados.
Como somos
cristianos también le pedimos a Dios tocar el corazón de estos hombres y
mujeres que esclavizan porque ellos también son esclavos. Esclavos de otra cosa:
de la codicia, de la soberbia, de la suficiencia, de la maldad. También te pido
por ellos pero por sobre todo te vengo a pedir por nuestros hermanos humildes…
…que son sometidos a esa esclavitud.
Mirando la
zarza ardiente que es Dios, nos ponemos solo en la presencia de Dios y
escuchamos que nos dice lo mismo que a Moisés: “He visto la humillación de mi
pueblo y he escuchado sus gritos cuando los maltrataban sus mayordomos. Yo
conozco sus sufrimientos… …y he escuchado sus lamentos y por esta razón estoy
bajando para liberarlos del poder de los egipcios. Y para ayudarte y hacerlo
subir a un país grande y fértil”.
Señor bajá
para liberar a tu Pueblo del poder de la oscuridad.
Te pedimos
Señor… …Que levantemos techos, que abramos puertas, que gritemos esta realidad.
Y que lloremos. A nuestro pueblo le falta llorar.
Card.
Jorge Mario Bergoglio
SJ |