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Para el AÑO SACERDOTAL 2009 - 2010
San Pío de Pietrelcina O.F.M. Cap.
Exposición de monseñor Domingo S. Castagna,
arzobispo emérito de Corrientes
El
hombre
humilde
En el intento de presentar hombres en quienes se manifieste “la
santidad sacerdotal”, he aceptado la oportuna sugerencia de dedicar
esta reflexión al Padre Pío (San Pío de Pietrelcina). Hace pocos
días he tenido el privilegio de postrarme ante su venerable
sepultura, en San Giovanni Rotondo. Es un santo contemporáneo,
fallecido en el año 1968 y recientemente canonizado por el Siervo de
Dios Juan Pablo II. Me podría detener, con éxito para algunos
espíritus anhelantes de fenómenos extraordinarios, en lo que
aparentemente atrajo la atención del mundo. Me refiero a los
estigmas, los milagros, las bilocaciones y el conocimiento
prodigioso de las conciencias. Mi intención es descubrir el grado de
santidad sacerdotal que lo distingue y destaca entre sus hermanos
sacerdotes. El secreto de la misma es, ciertamente, la humildad. Un
pobre frailecillo que no pretende ser más que un “pobre
frailecillo”. Lo que identifica su personalidad sacerdotal es obra
exclusiva de Dios. Así se deja hacer por el Espíritu hasta adoptar
los rasgos que lo conforman con su Señor y Maestro, sobre todo la
pobreza, el martirio y la inintegibilidad humana de la Cruz.
Insólito sendero
Es impresionante el sendero de santidad
que Dios le anima a recorrer. Se enferma, corre el riesgo de quedar
fuera de su amada Orden; debe permanecer mucho tiempo entre los
suyos en Pietralcina hasta que la obediencia le impone instalarse
definitivamente en San Giovanni Rotondo. Desde una conciencia clara
de su pobreza y limitación emprende el camino de la obediencia y,
sin preocuparse de las calificaciones de quienes se interponen a su
paso, se mueve con absoluta libertad. Como en su hermano Francisco
su vida es un desarrollo de la pobreza y humildad de Jesús. Se
conforma de tal modo con el Señor que, sin pretenderlo, ni
imaginarlo, es arrollado por la cruz hasta advertir casi espantado
que las llagas aparecen misteriosamente en sus manos, sus pies y su
costado. Es lógico que la ciencia busque causas psicológicas al
fenómeno. En la “lógica” de Dios es común que no las encuentre. No
es mi intención examinar este aspecto extraordinario de su vida. Es
un sacerdote que elige ser un frailecillo desconocido y humillado.
En parte lo logra con creces. Sus llagas son suyas, impresas en su
propia carne y cruz, y constituyen la expresión paulina de su amor a
Cristo. El sacerdocio ministerial, confiado a su debilidad, lo
coloca ante el pueblo para obrar “in persona Christi”. Se identifica
de tal modo con Quien lo envía que experimenta físicamente los
sufrimientos de la Pasión. El pueblo cristiano, que capta la verdad
sin fanatizarse, ve en él a Jesús crucificado. El Padre Pío no sólo
obra “in persona Christi”, por el ministerio, sino que acaba
lográndolo en su vida personal.
Para ver y
escuchar a Jesús
El Señor no encuentra
obstáculo para manifestarse a quienes se acercan a su humilde
“frailecillo”. La humildad de su sacerdote lo torna transparente a
su presencia. Los peregrinos, quizás sin medirlo con exactitud,
quieren ver a Cristo, dejarse interpelar y perdonar por Cristo.
Intimida su conocimiento de las conciencias pero no causan temor
humano. El frailecillo italiano, vehemente y, por momentos, dueño de
un lenguaje severo, atrae los corazones heridos y sabe depositar en
ellos el bálsamo de la misericordia del Padre. Por ello lo buscan y
saben interpretar correctamente sus expresiones. Ama a Cristo y ama,
desde la cruz, a sus hermanos pecadores. Dedica su vida -más de
diez y seis horas diarias- a escucharlos, reconfortarlos y
absolverlos. Como a Jesús, su Señor y Maestro, los pecadores lo
crucifican y él los redime. Su capacidad de identificarse con la
Víctima divina, que celebra fervorosamente en la Eucaristía, nace de
su hacerse pequeño y pobrísimo con Ella. En el Padre Pío se hace
visible, para quienes lo buscan, el mismo Jesús humillado hasta el
“anonadamiento”. Basta comprender, desde el misterio del sufrimiento
inocente, la persecución a que es sometido en el interior de la
misma Iglesia. Finalmente Dios acude en auxilio de su siervo humilde
y la verdad de su vida santa deshace el error y la maledicencia.
Vive y muere crucificado
Su sometimiento a la voluntad
de Dios es inquebrantable. Sabe identificar las instancias humanas:
el Papa y quienes colaboran con él, sus superiores religiosos y los
hermanos más humildes de su comunidad. “Instancias” que no siempre
le facilitan las cosas. Está siempre dispuesto, hasta imponerse un
heroico silencio ante las manifestaciones de la incomprensión y del
desprecio. Está crucificado con Cristo, sobre la cruz del ministerio
sacerdotal, antes y más allá de los dolorosos estigmas. Su sencillez
de “menor” lo aleja de consentir con lo extraordinario que sorprende
a quienes acuden a él. El santo no es consciente del grado de
santidad adquirido. Se considera honestamente como el mayor de los
pecadores. La humildad no le permite exagerar nada. Dice con
exactitud lo que piensa de sí o guarda un discreto silencio. La
gente promueve su fama de santidad, él se halla en las antípodas de
las calificaciones que sus seguidores le dirigen. Por eso es un fiel
instrumento de la gracia. Testimonia, con su propia vida que la
“gracia” es gratuita, que no la merece ni la podría merecer con los
gestos más notables de su entrega generosa. La humildad dista mucho
de ser un sentimiento de “baja autoestima”. Aprende a convivir con
su existencial necesidad de Dios. Se emociona hasta las lágrimas
ante las expresiones del amor de Dios en el misterio de la Cruz de
Jesucristo.
Está para los
pecadores
Siente como un flagelo, más
doloroso que las llagas que lo crucifican, los pecados de quienes
acuden a su ministerio del perdón. Su misma severidad, en ciertas
ocasiones, está íntimamente animada por el amor y la compasión. Le
duele que sus penitentes no abandonen definitivamente el pecado y
den múltiples vueltas para no reconocer su gravedad. Es tierno con
el sinceramente arrepentido aunque sus pecados sean muchos y graves.
La prontitud con que acude al confesionario, las horas que le dedica
-más de diez y seis diarias- constituyen su crucifixión junto al “Cordero
de Dios que perdona el pecado”. Su vida sacerdotal deja al
descubierto la secreta fisonomía de todo buen sacerdote. Desde muy
joven acepta vivir crucificado con su amado Señor y Maestro. Al
recibir la Ordenación sabe que su destino es dejarse devorar por sus
hermanos pecadores, hambrientos de perdón. Así vive y muere. San Pío
de Pietrelcina no es más que una auténtica personificación de la
misericordia de Dios ante un mundo necesitado de perdón y santidad.
Todos acuden a él no por carismas humanamente destacables sino por
su conmovedora transparencia de Cristo. La transparencia es efecto
inmediato de la humildad. El sacerdote humilde desaparece como Juan
Bautista para que sus amigos y fieles se encuentren con Cristo. Sabe
que el mundo necesita al Salvador pero, también, que lo necesita a
él como mediación de Quien viene a resolver el problema principal
del pecado.
Su secreto: la Eucaristía y el Rosario
En el mensaje
existencial de San Pío se destaca el ministerio de la reconciliación
y el soporte personal del culto a la Eucaristía y de la humilde
devoción mariana del Santo Rosario. A veces parece una ardilla
asustada por causa de los embates del enemigo y de la magnitud de
una misión que excede sus fuerzas y su salud. De la oración continua
y constante extrae la vitalidad que lo agiganta. No es consciente de
lo que la gracia realiza en su pequeño ser, simplemente se somete a
ella y la deja hacer. ¡Qué fácil es pensarlo y decirlo! Pío de
Pietralcina es un modelo inteligente para el sacerdote de hoy. Está
crucificado en su confesionario, clamando al Padre perdón para los
pecadores. Se ha despedido de la comodidad de “hombre tranquilo”
para hacerse cargo -olvidado de sí- de los sufrimientos de la
humanidad. En su profunda humildad se hace ver el Cristo que el
mundo necesita.
Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo emérito de Corrientes |