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PASIÓN Y SERVICIO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN - Iglesia Católica; Documentos; Obispos; Homilía en el 75º Aniversario de la Acción Católica Argentina (Luján, 12 de noviembre de 2006) - Mons. Guiaquinta
  AICA Documentos - Monseñor Carmelo Juan Giaquinta
 

PASIÓN Y SERVICIO
PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN

 

Homilía de monseñor  Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, en el 75° aniversario de la Acción Católica Argentina
(Luján, el 12 noviembre 2006)

 

 

I. REUNIDOS EN LUJÁN PARA DAR GRACIAS A DIOS
POR LOS 75 AÑOS DE LA A.C.A.

 

1. El Evangelio de hoy (Mc 12,38-44) trae dos escenas. La primera, la amonestación de Jesús a los escribas, miembros de la clase dirigente de Israel, que abusaban de su prestigio para aprovecharse de la buena fe del pueblo. La segunda, Jesús contempla a la gente que hace su ofrenda pecuniaria al Templo: mientras unos, que aparentemente dan mucho, dan sólo algo de lo que les sobra, una viuda, que casi no da nada, da todo lo que tiene.

 

2. Con el marco de esta lectura evangélica, nos congregamos en este templo, tan significativo para los católicos argentinos. Primero, para dar gracias a Dios por los 75 años de la Acción Católica Argentina. Segundo, para meditar, un instante, el lema que hoy los alienta a ustedes: “Pasión y servicio: para construir nuestra Nación”.

 

3. 75 años son muchos y son nada. Según desde donde se los mire. Son casi nada en la historia de la humanidad. En cambio, en la vida de una persona, significan una existencia madura, casi longeva. En la vida de las asociaciones, de cualquier tipo, 75años es una fecha notable, que casi nunca se logra en la Argentina. En los 190 años de la Argentina como estado independiente, 75 años son bastantes, veinte años menos que la mitad.

Si un solo día de existencia alcanza y sobra para dar gracias a Dios, cuánto más 75 años, 27.375 días. Y en esos veintisiete mil días, cuántas alegrías y cuántas penas, de la Acción Católica y de la humanidad, a cuyo servicio fue constituida. Por todo ello hemos de dar gracias a Dios, Padre nuestro providente.

 

 

II. DAR GRACIAS A DIOS POR LOS DOLORES SUPERADOS

 

4. Conviene que recordemos algunos dolores de la humanidad. Sobre todo, los totalitarismos que, allá, por 1931, cuando nacía la Acción Católica, crecían en Europa y amenazaban al mundo entero: el comunismo, el nazismo, el fascismo. Me animo a decir que la Acción Católica fue en Europa una respuesta del laicado a los totalitarismos de entonces. Y que gracias a su siembra sobre el Bien Común de la sociedad civil, y a los laicos formados en ella, que supieron resistir pacíficamente la prepotencia totalitaria, Europa pudo resurgir del caos.

Hoy aquellos totalitarismos han caído. Sin embargo, ha tomado nuevos bríos la mentalidad de dominar al ser humano y a los pueblos. De muchas maneras. Por el mercado, que se considera un poder indiscutible. Por la guerra preventiva, como vimos en Irak. Por los medios, que manipulan la opinión pública. Por las mafias, que se apropian de la organización política. Por los nuevos muros que se levantan para dividir a los pueblos: Estados Unidos de Méjico, Israel de Palestina, España de África.

 

5. También conviene que recordemos los dolores de la Argentina en estos 75 años. Son también dolores de la Iglesia y de la Acción Católica. Recordemos algunos. La secuencia de los golpes militares desde 1930, que, empeñados en redimir a la Argentina, la hundieron más y más. La guerrilla revolucionaria. El terror de Estado. La debilidad de la democracia que, a pesar de sus veintitrés años, estalló en la crisis moral y política del 21 de diciembre de 2001. Si bien vamos superando muchas de sus consecuencias económicas, la enfermedad moral y política de la Nación persiste todavía en estado grave, como lo muestran los tristes hechos de San Vicente del pasado 17 de octubre, y el vergonzoso clientelismo organizado oficialmente en Misiones para lograr el cambio de la constitución provincial.

 

6. A la luz de la historia vivida y del presente de la humanidad: me pregunto si la Acción Católica no está llamada a ser de nuevo una respuesta del laicado a diversos modos de organizar la vida en la sociedad que, disfrazados de democracia, atropellan la dignidad de la persona humana y fomentan la discordia social.

 

 

III. DAR GRACIAS POR LAS ALEGRÍAS VIVIDAS

 

7. Así como hay desgracias superadas, por las que damos gracias a Dios, hay también alegrías vividas en estos 75 años, que son regalos suyos inmerecidos. Y por ellas también damos gracias: las figuras gigantescas de los Papas que han timoneado la nave de la Iglesia, el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, el X° Nacional en Corrientes (2004), el III° de los Laicos (2005), el Concilio Vaticano II, las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, la creación de las diócesis argentinas, figuras eximias de fieles laicos, mujeres y varones, que han vivido en grado heroico su compromiso bautismal en el mundo, asesores que se han prodigado en el acompañamiento espiritual del laicado organizado, etc., etc. Por todos esos dones, y los que sólo Dios conoce, le damos infinitas gracias.

 

 

IV. “PASIÓN Y SERVICIO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN”

 

8. Hace poco, en la Asamblea Federal de Rosario, ustedes formulaban el propósito de “trabajar para que la Acción Católica sea constructora del Bien Común de la Nación, generadora de espacios de diálogo y comunión, y protagonista de un cambio positivo de la realidad sustentado en los valores”. Ayer, los Obispos argentinos, al final de la Asamblea Plenaria, dirigiéndonos a los fieles cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, decíamos algo semejante: “Los invitamos a un mayor protagonismo en la construcción de la sociedad civil, que nos permita convertirnos en ciudadanos activos y asumir nuestra responsabilidad personal en la concreción de ese conjunto de condiciones que llamamos ‘Bien Común’”.

 

9. Sin duda que la Argentina, para superar su crisis endémica, ha de asumir el desafío de que sus habitantes se conviertan “en ciudadanos activos”. No ya meros habitantes, como dijimos en otra ocasión, que sólo usufructúan la Nación y exigen derechos, sino ciudadanos responsables que a diario cumplen sus deberes para con ella y se dedican a construirla.

No podemos, sin embargo, quedarnos en una declamación retórica de lo que deben hacer los otros. Los fieles cristianos hemos de ser amantes del Bien Común, dedicados con pasión a procurarlo, cumplidores a conciencia de las leyes encaminadas a su consecución, amantes del diálogo político, buscadores infatigables de toda brizna de verdad que posea el otro, intransigentes con la maldad en la conducta personal, capaces de enfrentar el mal con el bien, fuertes para resistir pacífica y eficientemente toda prepotencia e injusticia.

 

10. En esto la Iglesia y la Acción Católica pueden hacer mucho. Aparentemente pueden poco. Pero no dudemos de que es mucho. Será poco cuantitativamente, como fue lo que dio la viuda del Evangelio, que leímos al comienzo. Ella dio todo. Esto es lo que importa. En manos de Dios, eso pequeño se vuelve de un poder colosal. El cristiano puede hacer por la sociedad lo que nadie puede hacer: darlo todo. La Acción Católica tiene aquí su lugar: “pasión y servicio” para cultivar en los cristianos la conciencia de ser ciudadanos responsables, dispuestos a promover en todos la certeza de la propia dignidad que no se negocia, y a desterrar toda forma de prepotencia que envenena y debilita la vida social.

 

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia

 
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