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“Bendito sea el reino que ya viene” - Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, para el Domingo de Ramos (5 de abril de 2009)
  AICA Documentos - Monseñor Antonio Marino
 

“¡BENDITO SEA EL REINO QUE YA VIENE!”
(Mc 11,9-10)

 

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata para el Domingo de Ramos (Parroquia San Francisco de Asís,
La Plata, 5 de abril de 2009)

 

Queridos hermanos:

La conmovedora y popular celebración del Domingo de Ramos nos congrega hoy para dar inicio a la Semana Santa. Entramos en un tiempo especial de gracia. Un tiempo sagrado en el que buscamos renovarnos en nuestra mentalidad, para llevar de manera más digna el nombre de cristianos. Un tiempo privilegiado, en el que hacemos el esfuerzo de concentrar nuestra mirada en el misterio pascual de Cristo, o sea en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Redentor.

Al comenzar la celebración, hemos rememorado el ingreso triunfal de Cristo en la ciudad de Jerusalén. Lo mismo que la muchedumbre entusiasta de aquel día, también nosotros hemos levantado nuestros ramos y lo hemos aclamado con nuestros cantos. En Él reconocemos a nuestro Salvador, el que nos trae el Reino de Dios: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc 11,9-10).

Pero al entrar en el templo, el clima festivo ha cedido paso a la contemplación de Cristo en su pasión, como servidor humilde y doliente. Pocos días separan las aclamaciones populares del domingo y la increíble hostilidad del día viernes, donde tanto las autoridades civiles y religiosas, así como la multitud, pedirán la muerte de Jesús. El que poco antes era aclamado, ahora quedará sólo, acusado y agredido, insultado y humillado, sin que nadie lo defienda. Debemos esforzarnos por descubrir la explicación para este cambio tan brusco.

La pasión de Cristo y su muerte en la cruz son la culminación de su ministerio y la conclusión de sus enseñanzas. Por eso debemos prestar especial atención a la lección que nos dejan y a la gracia que nos ofrecen. Porque el drama del rechazo de Jesús se repite también hoy. Y también hoy y a lo largo de la historia, la sabiduría de la cruz de Cristo sigue apareciendo como escándalo para la razón humana. Pero para los que de veras creemos en Él, la humillación de su pasión y su obediencia a la voluntad divina hasta la muerte, siguen siendo el camino que nos lleva con Él a la resurrección y a la Vida verdadera.

¿Qué esperaban los israelitas en el tiempo de Jesús? Sin duda, la venida del Reino de Dios, anunciado en las Escrituras como advenimiento de la paz y de la alegría perpetua, de la victoria definitiva de Dios sobre las fuerzas que se oponían a su reinado. La dominación extranjera, las injusticias, las enfermedades y la misma muerte encontrarían su fin. Un descendiente de David se sentaría en su trono y sería el instrumento humano mediante el cual Dios reinaría definitivamente en Israel y en toda la tierra.

Cuando Jesús comenzó a predicar, lo primero que dijo fue esto: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,15). Con Él, el Reino de Dios se ha acercado al hombre, es una realidad próxima en la cual se entra cambiando de mentalidad: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. De esta manera descubrirían la presencia del Reino. La predicación de Jesús y sus parábolas se refieren sin cesar a este Reino de Dios, y exigen cambio de vida y fe en sus enseñanzas. También los milagros son signos de la venida del Reino. Basta recorrer los Evangelios para convencernos de todo esto.

Hemos visto como, por un momento, la multitud reconoce que, por Jesús, el Reino ya venía: ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! Pero pocos días más tarde Jesús estaba sólo. Las autoridades religiosas y el poder civil lo condenaban. Sus discípulos huyeron. Nadie salía en su defensa. La multitud tornadiza incitada por los sumos sacerdotes, ahora clamaba con saña: “¡Crucifícalo!”, prefiriendo al malhechor Barrabás antes que a Jesús.

¿Qué había pasado? Jesús acabó decepcionando a sus seguidores. ¿No continuaban acaso bajo la dominación extranjera? ¿No seguían pagando los tributos? Si este hombre que anunciaba el Reino de Dios fuera el Mesías, ¿no debería traer con él los bienes de la paz y la justicia, la reivindicación de la gloria de Israel y la victoria sobre toda opresión? A pesar de milagros clamorosos, ni la suerte del pueblo había cambiado ni los males del hombre habían sido suprimidos.

En el relato de la Pasión que hemos escuchado, aparece a cada paso el drama del Reino de Dios que no es entendido y del Rey Mesías que es rechazado como impostor. Después de consagrar el vino dice Jesús: “Les aseguro que  no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (14,25). Ante el Sanedrín, el Sumo Sacerdote lo interrogará: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito? Jesús respondió: Sí, Yo lo soy” (14,61-62). Pilato también lo interrogará: “¿Eres Tú el rey de los judíos? Jesús respondió: Tú lo dices” (15,2). Y luego interrogará a la multitud: “¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?” (15,9). Conocemos la respuesta: “¡Crucifícalo!” (15,13). Caído en manos de los soldados romanos, éstos lo golpean con brutalidad y se burlan diciendo: “¡Salud, rey de los judíos!” (15,18). Y como saboreando la victoria obtenida, “los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: ¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz para que veamos y creamos!” (15,31-32). Por último, de José de Arimatea se dice “que también esperaba el Reino de Dios” (15,43).

Tampoco para sus discípulos más fieles fue fácil entender la lógica de la venida del Reino de Dios. Sólo después de Pascua entendieron, cuando el Maestro resucitado les recordó las enseñanzas anteriores y les abrió la inteligencia para que entendieran el sentido de las Escrituras Sagradas que hablaban sobre Él. La efusión del Espíritu Santo sobre ellos, en Pentecostés, completó la comprensión del misterio del que habían sido testigos oculares sin penetrar en él.

Hermanos, aquí está la gran lección que hoy debemos llevar en nuestra mente y guardar en el corazón. Quiere Jesús que seamos ciudadanos de su Reino e instrumentos de su extensión en este mundo. Quiere que anunciemos este Reino cuya plenitud se encuentra en el futuro, pero cuyos inicios se dan en este mundo, a través de nuestra obediencia a Dios y nuestros actos de amor. Pero ¿lo hemos entendido? Para esto celebramos la Semana Santa,  para entrar en la lógica de Dios, que es la lógica de Cristo.

Jesús comparó los inicios del Reino de Dios con la pequeñez de un grano de mostaza (Mc 4,30-32). Su crecimiento es tan oculto y misterioso como la germinación de una semilla (Mc 4,26-29). Habló de la necesidad de que grano de trigo cayera en tierra para morir y luego resucitar multiplicado en la espiga (Jn 12,24). En éstas y en otras parábolas, Jesús enseñaba con el ejemplo de su propia vida.

Nosotros creemos en un Dios burlado, que no baja de la cruz, ni se salva a sí mismo. Un Dios omnipotente que muestra la omnipotencia de su amor dejándose maltratar. Un Dios que instaura su Reino desde la debilidad y la obediencia humanas de su Hijo humillado, destrozado, clavado en la cruz. Un Dios que por las enseñanzas de Jesús quiere “que en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, las voluntades se dispongan a la reconciliación (…) los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión (…) que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz;  que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza” (1).

Esta es la sabiduría de los ciudadanos del Reino que debemos aprender: el mal de este mundo no es derrotado simplemente por la fuerza física, sino por la fuerza superior de un amor mayor. Hay mucha fecundidad en la muerte del simple grano de trigo. Hay continuidad entre la pequeñez e insignificancia del grano de mostaza y el arbusto frondoso en cuyas ramas se refugian las aves.

Que estos ramos benditos que llevaremos a nuestras casas, sean una proclamación de nuestras convicciones. Ellos nos interrogan: ¿hemos o no comprendido las enseñanzas centrales de Jesús? Él quiere que las apliquemos y vivamos en el interior de nuestras familias, en nuestro lugar de trabajo, en la calle y todos los ámbitos donde se desarrolla nuestra actividad.

Si hemos aclamado a Cristo con los ramos de este domingo, debemos anhelar que se instale en nuestra sociedad la verdadera justicia y no la parcialidad; la concordia y no la irritación; la verdad completa y no las verdades parciales que se convierten en mentiras; la solidaridad que nos lleva a superar nuestros intereses mezquinos para abrirnos con desinterés a nuestros hermanos sumergidos en el dolor y la indigencia. La preocupación prioritaria por los que en el presente corren un real peligro de muerte, víctimas de la inseguridad, o de leyes que permiten la muerte del niño que se está gestando, y no sólo la vengativa y unilateral mirada hacia los muertos del pasado.

Entremos, pues, en esta semana santa, con el deseo de que sea realidad para nosotros lo que cada día pedimos en la oración que nos enseñó Jesús: “Venga a nosotros tu Reino”, que es también lo que hemos aclamado al comienzo de la celebración: “¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”

 

Nota:

(1) Plegaria eucarística de la reconciliación II.

 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata

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