AÑO JUBILAR DIOCESANO
Mensaje de
monseñor
Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, con motivo del
lanzamiento del Año Jubilar Diocesano
(23 de
octubre de 2006)
Queridos hermanos:
Por la gracia de Dios, nuestra querida Diócesis de Lomas de Zamora,
festejará el año próximo sus 50 años de vida. Para esta ocasión es
apropiado recordar al Profeta Isaías quien, leído por el mismo Señor
Jesús dice: “el
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la
unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, (...) y
proclamar un año de gracia del Señor"
(Lc 4, 16-30). Estas palabras indican que Él es el Mesías
anunciado por el Profeta por quien llega el día de la salvación, la
“plenitud de los tiempos”. Invito a todos a volver nuestra
mirada a Jesucristo y, al contemplarlo, darle gracias por el don de
su vida. Las bodas de oro que celebraremos han de ser para nosotros
un regalo de Dios, un “tiempo de gracia” en el cual alabemos al
Señor, sobre todo por el don de la Encarnación y de la Redención
realizada por El.
Éste acontecimiento suscita en nosotros diversas actitudes hacia el
pasado, el presente, y en vistas al futuro.
En relación
para con el pasado surge espontáneamente un profundo agradecimiento
por todo aquello que nuestros hermanos, con la gracia de Dios, han
construido a lo largo de este tiempo desde que Su Santidad, Pío XII,
quiso crear en 1957, nuestra querida Diócesis. Agradecemos al Señor
y lo alabamos por todos los dones con que enriqueció a esta querida
porción del Pueblo de Dios. Especialmente por la santidad de vida
manifestada en el anuncio del Evangelio expresado por medio de
diversas iniciativas apostólicas, muchas de las cuales no sólo han
beneficiado a la Comunidad eclesial, sino que repercutieron en
provecho de toda la sociedad.
De cara al futuro queremos pedirle a Dios que nos acompañe en
nuestro peregrinar, para que podamos mantener viva la llama de la
fe, tal como la hemos recibido de nuestros mayores, y logremos
contagiar a muchos hermanos alejados con nuestro testimonio y
nuestro trabajo apostólico, para que Jesús, que es nuestra paz, sea
cada día más conocido y amado. Queremos ser fuertes en Dios para
ayudar a las familias, a los jóvenes, a los ancianos, a los
enfermos, y a todos los que tienen alguna necesidad.
En cuanto al presente, queriendo ser fieles al Señor, lo buscamos
para pedirle, con humildad, la efusión de su Espíritu, a fin de que
cada uno de nosotros reciba ese fuego de ardor apostólico, tal como
el que tuvieron los primeros cristianos, y así nos entreguemos a los
demás hasta el fin, hasta que Dios sea todo en todos.
Buscando este objetivo estamos todos empeñados en el camino de
comunión y de intensa evangelización propuestos por el Concilio
Vaticano II. Y así, en vistas a la Vº Conferencia del Episcopado
Latinoamericano que se celebrará el año próximo en Aparecida, la
segunda quincena del mes de mayo, queremos ser discípulos y
misioneros.
En este año jubilar queremos para nuestras comunidades el sello de
la renovación, para que, alentados por el espíritu de conversión,
logremos hacer de cada ambiente una casa y escuela de comunión,
implementando aquello que nos pide la Iglesia para lograr una
verdadera renovación que nos ayude a ser más acogedores, abiertos y
misioneros (como el Consejo de Pastoral; el Consejo de Asuntos
Económicos; y todo aquello que sirva a la comunión y a la
participación).
Será provechoso que desde ahora preparemos a los agentes que nos
permitan lanzarnos, en sintonía con la V Conferencia de Aparecida, a
la gran misión en todo nuestro continente.
Tal como he indicado, es la presencia de Jesús en medio nuestro, la
que nos invita a mirar este año jubilar con alegría y con esperanza,
conscientes de que la fuerza de su Espíritu, como estuvo presente en
estos 50 años transcurridos, quiere darnos toda la fuerza para que
seamos sus testigos ante este mundo hambriento de Dios. Por esto
deseo convocar a todos, a vivir con convicción, profundidad y
entusiasmo, estas Bodas de
Oro que abarcaran desde la Navidad del 2006 hasta el 24 de enero de
2008, Fiesta de Nuestra Señora de la Paz.
Esta magnífica oportunidad es un motivo para acrecentar la
participación en la vida sacramental, particularmente la
reconciliación y la Eucaristía; difundir por todos los medios la
Palabra de Dios; intensificar la devoción a la Inmaculada Virgen
María y fortalecer la fe y la unidad de nuestro Pueblo.
Durante este
período, conforme al sentir de la Iglesia, podrán obtenerse
Indulgencias cuando, además de cumplir con las condiciones comunes
(estar en estado de gracia; poseer la disposición interior de un
desapego total del pecado, incluso venial; realizar la confesión
sacramental de los pecados; recibir la sagrada Eucaristía y orar por
las intenciones del Romano Pontífice),
se realice una peregrinación piadosa
tanto sea a la
Iglesia Catedral, como al Santuario de Don Orione en Claypole, o al
Santuario de la Sagrada Familia de Nazaret en Banfield, o al Templo
de las Carmelitas Descalzas de Luis Guillón y allí se participe, sea
individualmente como comunitariamente de algún acto edificante para
la vida espiritual.
Que María Santísima, Nuestra Señora de la Paz, nos conceda la gracia
de ser dóciles al Espíritu de su Hijo para que todo los que vivamos
en este año jubilar sea para la Gloria de Dios y el bien de nuestros
hermanos, especialmente los más pobres.
En Jesús, nuestra paz, con alegría y esperanza
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora
23 de octubre de 2006 |