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AÑO SACERDOTAL
Mensaje de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo de Zárate-Campana con
motivo del inicio del Año Sacerdotal
convocado por el Santo Padre
(18 de junio de 2009)
Queridos sacerdotes Queridos hermanos y hermanas todos de esta diócesis
de Zárate-Campana
El lema señalado por el Papa
para motivar a una vivencia profunda del sacerdote a lo largo de este
tiempo es: “FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”. El día 19 de
junio, celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Un
servidor lo hará en la iglesia catedral de Santa Florentina, en Campana,
junto con los sacerdotes de la misma catedral y del Obispado. Cada uno
de los sacerdotes lo hará en sus respectivas parroquias, o en las
iglesias adscriptas a sus respectivos movimientos o asociaciones de
fieles. El Santo Cura de Ars, puesto como modelo de sacerdote por el
Santo Padre, intercederá en todo momento por nosotros.
Para nuestra diócesis, a la
que hemos consagrado solemnemente al Sagrado Corazón de Jesús el 9 de
mayo próximo pasado, esta fiesta adquiere una relevancia especial, pues
nos convoca como Iglesia particular, en unión con la Iglesia universal a
vivir el infinito amor del Corazón del Hijo de Dios, que nos da a
conocer plenamente al Padre, porque “Él (Jesucristo) con su presencia y
manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo
con su muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la
verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio
divino” . Es la ocasión propicia para pedir a Dios, con gran confianza,
con amor filial: «SEÑOR SANTO Y FIEL, DANOS LA GRACIA DE LA FIDELIDAD»,
porque todo lo bueno y santo lo tenemos de su gracia y de nuestra
aceptación, a la manera como San Pablo nos dice: “Por la gracia de Dios
soy lo que soy” (1 Cor. 15,10). Casi al término del Año Paulino Jubilar,
con multitud de gracias recibidas, pedimos particularmente el don de
vivir nuestro sacerdocio con alegría, renovada esperanza y espíritu
evangelizador, siendo lo que somos, sacerdotes de Jesucristo.
I
EL
SACERDOTE VIVE DEL CORAZÓN DE CRISTO
El Corazón de Cristo es
signo del gran amor que Dios tiene por todos nosotros. Es fuente de
conversión. Recibir «juntos» ese don, requiere de conversión porque la
unidad no se da sin conversión de los corazones. Rogamos que,
contemplando el Rostro de Cristo, sea para nosotros fuente de conversión
pastoral, porque “(…) el corazón humano se convierte mirando al que
nuestros pecados traspasaron” .
Sin Corazón de Cristo no hay
dinamismo evangelizador. El dinamismo de la evangelización se alimenta
de la acogida del Evangelio como Palabra que salva, de la Presencia
vivificadora de Jesucristo, en el Espíritu, de la Presencia y acción de
su Cuerpo, que es la Iglesia. Aunque sea algo que ya sabemos, dejemos
entrar en el corazón nuestro, todavía más que en nuestra mente, lo que
significa: «Eucaristía, Fuente y Culmen». En nuestro Plan Pastoral así
lo hemos asumido: “De todo ello, la EUCARISTÍA es la plenitud. El mismo
Señor dijo: "Yo soy el pan de la Vida" (Jn 6, 35). Y Eucaristía dice
relación estrecha con caridad, vida cristiana efectivamente vivida, en
lo personal y como Iglesia. Nuestro Papa Benedicto XVI, en «Sacramentum
caritatis», hizo esa relación fundamental (…) con (…) Deus caritas est".
Por esto, la «Sacramentum caritatis», iluminadora para nosotros y
nuestro Plan pastoral, posee (…) una visión en la cual "la celebración
eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la
existencia eclesial"” .
No ignoramos el obrar de
males y obscuridades en nuestro derredor (los cuales, quizá, algunas
veces hagan triste acto de presencia también dentro de nosotros). Pero
Dios que se hizo Hombre ha vencido todo mal, no hay obstáculo que se
contraponga a su gracia, si somos dóciles a Él, que es el Señor. El
Santo Padre nos lo afirma también: “A pesar del mal que hay en el mundo,
conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos
en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he
vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la
fuerza para mirar con confianza el futuro” .
La esperanza y la confianza
no defraudan. Lejos de una mirada rutinaria que puede nublar nuestros
ojos, lejos también de cierta desconsideración, que puede obnubilar,
será la virtud de la humildad la que nos ayudará a ensanchar el corazón
y la mente y nos moverá a hacer un «espacio profundo» dentro de nosotros
mismos, a los fines de «recibir en la escucha» lo que el Espíritu nos
dice, a través de quienes hacen sus veces, en la convocación de este
providencial Año Sacerdotal. El Señor es fiel; si somos dóciles a Él,
nada nos quitará la fuerza para mirar con confianza la realidad de
nuestro ministerio y la sed de Dios de nuestro pueblo. El sacerdote vive
del Corazón de Cristo. Se trata de purificar nuestro espíritu, en
absoluto desde el miedo, sino desde el «temor de Dios», que es Don del
Espíritu Santo, y desde el Don de la «piedad» en su sentido más pleno.
Temor de Dios, y piedad,
¡tan relacionados con la virtud teologal de la esperanza!.
II
SACERDOTE
DE CRISTO PARA LA EUCARISTÍA EN UNA NUEVA PRIMAVERA
El Año Sacerdotal está
llamado entonces a contribuir a la intensificación de la verdadera
identidad sacerdotal y de los medios que la alimentan. Como lo hemos
dicho, en la verdad y desde la humildad: “Porque todo el que se ensalza
será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc. 18, 14). El
sacerdocio es un Don que hemos recibido, para darle gloria al Señor, por
el bien de su Pueblo que es la Iglesia. San Pablo nos dice: “Qué tienes
que no hayas recibido?” (2 Cor. 4,7).
En la solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo queremos renovar el carisma
recibido, el Don que Jesús nos entregó en el momento de su muerte: su
Cuerpo y su Sangre, don entregado como pan de vida bajado del cielo: “Yo
soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá
eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn.
6, 51).
La Iglesia hace la
Eucaristía. La Eucaristía hace la Iglesia. Renovar y dar nuevas fuerzas
a nuestro sentido eclesial será también una gracia. Más que
«autorreferencia» se trata de profundizar en identidad y misión. La
Eucaristía es el sacramento de la comunión cristiana; es el sacramento
de la comunión, que realiza la unidad de cada uno de nosotros con
Jesucristo, y, por tanto, obra el misterio de unidad entre nosotros,
como comunidad participante del único Pan: “Ya que hay un solo pan,
todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque
participamos de ese único pan”, nos dice San Pablo (1 Cor. 10,17). Como
diócesis, venimos trabajando el valor de la comunión y de la
misionariedad como ejes de nuestro caminar como Iglesia. Precisamente,
qué don precioso sería comprender también vivencialmente que la
Eucaristía es el sacramento de la comunión y de la misión, una
Eucaristía celebrada y vivida, una Eucaristía que hace que nuestra vida
sea transformada, en la justicia, paz y gozo en el Espíritu.
Hay situaciones muy
difíciles, es cierto. E incluso, a veces, casi abrumadoras. Veamos
esperanza. Si lo pedimos con confianza, el Señor nos dará una nueva
primavera de la misión sacerdotal, y una nueva primavera pastoral. Como
el amor es difusivo de sí mismo, será éste un Año para redescubrir la
belleza y la importancia del sacerdocio y de cada sacerdote, y para
rezar y trabajar sin descanso por el aumento, perseverancia y
santificación de las vocaciones sacerdotales, como lo pide el Señor en
el Evangelio: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la
cosecha” (Mt. 9, 37-38). Ya hemos visto un resurgir de las vocaciones
sacerdotales. El Papa Benedicto XVI ha querido “(…) invitar
particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a
percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros
días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas
Comunidades han contribuido positivamente” .
III
TESTIMONIO EVANGÉLICO EN
LA VIDA SACERDOTAL, UN SIGNO DE LOS TIEMPOS
En la actualidad, diría,
cual signo de los tiempos, necesitamos que los sacerdotes, con su vida y
obras, manifiesten ante el mundo un auténtico testimonio evangélico,
como nos refiere el Papa, recordando las palabras de un predecesor suyo:
“Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha
más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha
a los que enseñan, es porque dan testimonio"” .
El llamado lo recibieron los
Doce de parte de Jesús para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14),
aprendieran de Él, bebieran de sus palabras y vieran sus obras y su
testimonio. Fue después de ello cuando los mandó a predicar. La carta
del Papa llama también a los sacerdotes en nuestros días a asimilar el
"nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles
hicieron suyo” . Es el centro irradiador del testimonio.
De dicho centro irradiador
proviene la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad
contemporánea, en su misión en el culto divino, como evangelizador y
dinamizador de la vida eclesial. Cual prolongación y «sacramento» de
Jesucristo, el Buen Pastor, el sacerdote ha de vivir su misión desde su
espiritualidad sacerdotal, basada ésta en la vida interior y del
ejercicio de las virtudes sacerdotales, del sentir con la Iglesia y de
la corresponsabilidad asumida en la caridad pastoral. Desde este centro
de nuestra misión veremos con renovada luz el valor inmenso del celibato
sacerdotal, como lo decimos también en nuestro Plan: “Reafirmamos en
nuestro Proyecto pastoral nuestra convicción en el motivo central del
celibato como la entrega a Cristo y con él a la Iglesia, y constituyendo
al mismo tiempo una forma de caridad pastoral que se hace consagración
total y testimonio escatológico ante los hombres, bases muy sólidas para
vivirlo gozosamente en la plenitud, como valor positivo del amor” .
Fidelidad de Cristo.
Fidelidad a Cristo. Fidelidad a la Iglesia. En la Biblia, fidelidad,
amor y verdad se identifican.
Este Año sacerdotal es Año
de bendición. Que sea verdaderamente nuestro asumido programa de vida.
Con la ayuda de la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre de la
Iglesia. Y la intercesión piadosa del Santo Cura de Ars.
Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo de Zárate-Campana |