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MISA EXEQUIAL
DE MONS. ALFREDO ESPOSITO CASTRO, CMF
Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo de Zárate-Campana
(Sábado 2 de enero de 2010)
Estamos hoy congregados para despedir, en la fe, a nuestro hermano
Obispo, Mons. Alfredo Mario Esposito, quien, aunque nacido en Nápoles,
el 20 de mayo de 1927, era de nacionalidad argentina puesto que su padre
su padre se desempeñaba como cónsul argentino en aquella ciudad de
Italia, y allí vivía la familia. Fue ordenado sacerdote en la
Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María
(los Padres Claretianos) el 1 de agosto de 1954; elegido obispo de
Zárate-Campana el 21 de abril de 1976 por S.S. Pablo VI, el Papa que
creó esta diócesis. Su ordenación episcopal la recibió por imposición de
manos y oración consecratoria de S.E. Mons. Pío Laghi, entonces Nuncio
Apostólico, y tomó ese mismo día posesión de su cargo pastoral, el 4 de
julio de 1976.
Hoy
lo despedimos, habiendo partido a la Casa del Padre el día 1 de enero,
en la festividad de la Virgen Madre de Dios, en pleno Año Sacerdotal,
convocado por S.S. Benedicto XVI.
Todos recordamos la hombría de bien y la piedad de Mons. Esposito.
Podemos decir de él, como en una síntesis espiritual, que la experiencia
del Espíritu y de María Santísima han sido el centro de su vida. En
efecto, el seguimiento de Cristo era, en su espiritualidad, una
experiencia de vida que sólo es posible por la acción del Espíritu,
Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu también de nuestra Madre la
Virgen, en tanto Esposa del Espíritu Santo. Ese Espíritu que es como el
gran Centro integrador de todas las dimensiones de nuestra vida y
nuestra misión, el gran Protagonista de la misión, como lo llama la
recordada Evangelii Nuntiandi, y el principal agente de la
dimensión misionera de toda la pastoral. Así lo experimentó el fundador
de la Congregación a la cual perteneció, el Obispo San Antonio María
Claret, y nuestro hermano Alfredo Mario lo siguió, pues se sintió ungido
por el Espíritu para anunciar la Buena Nueva a todos los hombres, y en
especial a aquéllos que le habían sido encomendados.
Monseñor Alfredo Mario, en síntesis todavía más justa, fue forjado en la
fragua del Corazón de María. Esto es esencial para comprender su
personalidad, su vocación, el desempeño de su misión como Obispo.
Nuestro hermano Obispo no nos ha dejado, como loablemente lo hacen otros
prelados, un «testamento espiritual». En realidad, lo ha sido todo su
testimonio, en especial su sufrimiento en Cruz, aceptado con Amor. He
tomado, por ello, dos ejes –permítaseme llamarlos así- a la manera de un
testamento espiritual.
El
primero de esos ejes lo tomé de su Homilía el día de su ordenación
episcopal, en 1976, en el nacimiento de la diócesis de Zárate-Campana, y
expresa su «pasión por la Iglesia» y por la unidad y la concordia en
Ella. Nos decía: “Sí, Jesús vive entre nosotros de una manera especial
desde ahora. Él dijo a los Apóstoles: “Cuando dos o tres de ustedes
están unidos en mi Nombre, allí estoy yo” (Mt 18,20). Pues bien, estamos
de un modo especial en la caridad, desde este día, “en el Nombre del
Señor”. No ciertamente por meros motivos humanos, por laudables que
sean. Menos aún, por intereses mezquinos. Pobres o ricos, grandes y
chicos, enfermos y sanos, con responsabilidades de gobierno o simples
ciudadanos, con todo lo que somos… estamos unidos, desde ahora y para el
tiempo que vendrá, en una realidad que llamamos una Iglesia local, que
no es otra cosa que el misterio grande de la Iglesia Universal, que se
hace carne y se concreta, por decirlo así, en una modalidad y forma
local”.
Todos quienes han conocido bien a Mons. Esposito saben cómo él amaba
profundamente la diócesis. Incluso ya estando enfermo, y emérito, vino
en la recurrencia del 4 de julio (considerada «moralmente» la fecha de
fundación de esta circuncripción eclesiástica) desde 1994 hasta 1999, ya
al final enclavado en silla de ruedas.
Tanto amó a esta diócesis que, cuando cumplió sus bodas de oro
sacerdotales en 2004, imposibilitado por completo de desplazarse, lo
acompañaron los sacerdotes de la diócesis que él había ordenado, y
también otros, junto con amigos, feligreses, en una eucaristía que
presidió el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, en la capilla de la Clínica
de San Camilo, en Buenos Aires.
El
otro «eje» de su testamento espiritual no escrito lo he tomado del, sí
escrito, «Testamento espiritual» del Papa Pablo VI, en sus
consideraciones sobre la Iglesia, su profundo sentido de pertenencia a
Ella: “La paz del Señor sea con nosotros (…) siento que la Iglesia me
rodea: oh, Iglesia santa, una y católica y apostólica, recibe mi supremo
acto de amor con mi bendición y saludo”(n.1)
En
su despedida de este mundo, nos decía ese gran Papa: “Y respecto a lo
que más importa, despidiéndome de la escena de este mundo y yendo al
encuentro del juicio y de la misericordia de Dios: debería decir tantas
cosas, muchas. Sobre la situación de la Iglesia; que escuche las
palabras que le hemos dedicado con tanto afán y amor” (n.6).
Escuchar las palabras de enseñanza, dichas con dulzura, con Amor, con
ánimo y deseo de enseñar, con humildad, amando al mundo, sin confundirse
con él, como también prosigue el Papa Pablo: “Sobre el mundo: no se
piense que se le ayuda adoptando sus criterios, su estilo y sus gustos,
sino procurando conocerlo, amándolo y sirviéndolo” (n.6).
Creo que podríamos perfectamente poner estas palabras, hoy, en labios de
nuestro hermano Mons. Alfredo Mario, él, que se ocupó de promover e
impulsar las misiones populares (tales como la de Campana y la de
Zárate, en 1979; y la del partido de Pilar, en 1982), él, que promovió
la creación de escuelas católicas para la niñez y juventud, que fundó el
Seminario “San Pedro y San Pablo” (¡qué contento estaría de haber visto
su re-fundación, el pasado año!) y que promovió en todos los sentidos el
rol del laicado, en sus instituciones, asociaciones, movimientos.
No
pueden faltar hoy unas sentidas palabras de agradecimiento franco a la
Sra. Laura Squarici, su enfermera, o más bien, «su ángel tutelar», quien
lo ha cuidado desde el 2 de noviembre de 1993, hasta el día de ayer, en
que entregó su alma al Señor. Es el 7mo. Obispo del cual la Sra. Laura
ha cuidado, en todos los casos hasta el momento de la muerte.
Es
también la ocasión de agradecer a la Fundación «Pérez Companc», la cual,
desde el hoy distante 1992, hasta el presente, le ha brindado toda la
atención que necesitaba y se hizo cargo del cuidado de su enfermedad, en
la Clínica “San Camilo”. Vaya un agradecimiento sentido a las Hijas de
San Camilo, las hermanas, que lo han cuidado con tanto afecto y
devoción, y al personal médico y sanitario de ese lugar.
Quien habla ya había tenido ocasión de tratar con él desde abril de
2003, cuando recién estaba electo Obispo titular de Uzalis y auxiliar de
Mercedes-Luján, en la primera Asamblea episcopal de la que participé.
Fueron numerosas las ocasiones de departir, siempre amable, siempre
sacerdotal, humilde y digno. Como Obispo de esta diócesis, pasé la
celebración del cumpleaños en San Camilo (cumplimos años el mismo día)
en 2006; Mons. Alfredo Esposito estaba radiante, contento, habían
concurrido también algunas familias, principalmente de la ciudad de
Campana, que lo han visitado y atendido hasta el día de ayer, con
esmero, agradecimiento y devoción. Gracias también a ellos, no puedo
nombrar a todos y cada uno, pero saben bien a quiénes me refiero.
En
las distintas ocasiones en que tuve la dicha de verlo, la última vez que
pudo dirigirme la palabra, con gran dificultad, asintió a mi solicitud
de ofrecer todos sus sufrimientos, que lo hacía con gran espíritu de fe,
por la Iglesia diocesana, por los sacerdotes, religiosos, religiosas,
por las vocaciones, las familias, y todo el Pueblo de Dios, en especial
por aquéllos más alejados, los pecadores, quienes ya no tenían razones
de creer ni de esperar, los que más sufren, los más pobres y los
abatidos.
Mons. Esposito no ha dejado bienes materiales, que no poseía. El
Obispado ha tomado a su cargo todo el servicio fúnebre de este hermano
nuestro, y ha sido providente el contar con el área tumbal, en el templo
criptal de «Santa Forentina y los Santos Padres de la Iglesia hispana»,
que hemos restaurado recientemente y donde reposará este hermano nuestro
en la espera de la Resurrección gloriosa. Como símbolos, este hermano
Obispo había entregado ya su anillo episcopal a su hermana Rita, quien
vive en las Islas Canarias, y con quien hoy por la mañana hemos
mantenido una conversación telefónica, y legó también para ella su cruz
pectoral. Como dije, no dejó otros bienes. La mitra de la ceremonia de
su ordenación, que le fue puesta hoy en su último adiós, y su sencillo
báculo de madera simple, que ahora está sobre su féretro, permanecerán
en la ciudad de Campana como perenne recuerdo de quien fue el primer
Obispo diocesano, con sencillez, y a la vez con toda la carga del
simbolismo que merecen.
Gracias, por todo tu testimonio, querido Monseñor Alfredo Mario Espósito.
Más bien, no te decimos definitivamente «adiós», te decimos «hasta
pronto», «hasta el Cielo».
«Hasta el Cielo», fiel y santo Pastor de la Iglesia.
Amén.
Notas:
ESPOSITO CASTO, Alfredo Mario, S.E., Homilía de Mons. Alfredo Mario
Esposito, CMF, tenida en el día de su ordenación episcopal y en el
nacimiento de la Diócesis de Zárate-Campana, el 4/7/76, en la iglesia
catedral de Campana, Provincia de Buenos Aires, Argentina (inédita,
obrante en el archivo del Obispado de Zárate-Campana).
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, en:
hacer clic aquí
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, op.cit.
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, op.cit.
Mons. Oscar Sarlinga,
obispo de Zarate-Campana |