Homilía de monseñor Luís Stöckler, obispo de Quilmes,
en la ordenación diaconal de Roberto Abdala y Roberto Angeli
(25 de marzo de 2009)
Seremos ahora testigos de la ordenación de dos hermanos nuestros
quienes según la tradición de la Iglesia serán consagrados por la
imposición de manos y la oración del obispo para el servicio en el
pueblo de Dios. A diferencia de otros ministerios que se confían a
los laicos y laicas por un tiempo, sea corto o largo, el diacono es
sellado para siempre. La marca de su ministerio es imborrable. Lo
propio de este ministerio es ser signo sacramental de Cristo, quien
no vino a ser servido sino para servir. Este sello del diácono no se
borrará tampoco, cuando estos hermanos nuestros, Dios mediante, sean
ordenados presbíteros. Por el contrario, la Iglesia lo confirmará
por cuanto llama a presidir a la comunidad solamente a aquellos
quienes han sido conformados con Cristo, el Siervo de Dios, y han
manifestado que quieren dar la vida por los hermanos.
El
carácter irrevocable del diaconado, en la tradición de la Iglesia no
solamente latina sino también oriental, se señala además por la
decisión personal, que el candidato en esta instancia debe tomar
para siempre, y manifestar públicamente, con respecto a su estado de
vida. El que está casado confirma su matrimonio para siempre; el que
es célibe asume esta condición para toda la vida. Hace un bien
enorme este testimonio a la sociedad actual, que necesita hombres y
mujeres, sobre todo jóvenes que están convencidos de valores
absolutos, por los cuales están dispuestos a entregar la vida.
Nuestro papa Benedicto XVI en estos días lo expresó a los jóvenes en
Angola, cuando les decía: “¡Ánimo! Atrévanse a tomar decisiones
definitivas, porque, en verdad, éstas son las únicas que no
destruyen la libertad, sino que crean su correcta orientación,
permitiendo avanzar y alcanzar algo grande en la vida. Sin duda, la
vida tiene un valor sólo si ustedes tienen el arrojo de la aventura,
la confianza de que el Señor nunca los dejará solos.” Y lo que el
Papa agregó, vale para este momento: “Ustedes son una semilla que
Dios ha sembrado en la tierra, que encierra en su interior una
fuerza de lo Alto, la fuerza del Espíritu Santo. No obstante, para
que la promesa de vida se convierta en fruto, el único camino
posible es dar la vida por amor, es morir por amor. Lo dijo Jesús
mismo: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero, si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo,
se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se
guardará para la vida eterna" (Jn 12,24-25).
Ustedes dos, Roberto y Bachi, serán en adelante servidores de la
vida, y de vida eterna, cuando acompañen a los hermanos y hermanas y
sus familias en los momentos fuertes de su existencia. Con Jesús, el
buen samaritano, han de compartir los sentimientos de su bondad para
con todos, con preferencia por los pobres. Dios se valdrá de ustedes
para engendrar nuevos hijos e hijas suyos, cada vez que se acerquen
los niños, jóvenes y adultos para recibir el bautismo. Reafirmarán y
convalidarán por siempre esta vida, cuando los novios les pidan la
bendición de su matrimonio. Alimentarán esta vida cuando como
ministros ordinarios de la comunión entreguen el cuerpo de Cristo a
los hermanos, especialmente a los enfermos que no pueden acudir a la
asamblea. Y serán ustedes en adelante también los que consuelan a
las familias en los momentos de dolor y dirigen la oración por sus
difuntos. Todo esto siempre como simples servidores, no para lucirse
u ocupar primeros puestos. ¡Gástense sin límites! Y cuando terminen
el día cansados, díganse: “Somos simples servidores, no hemos hecho
más que cumplir con nuestro deber” (Lc 17, 10).
Lo
que acontece en la ordenación de los ministros sagrados es
comparable con lo que sucedió, cuando la Virgen contestó al
ángel:”Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu
palabra”. En aquel mismo instante ella se transformó
irrevocablemente en la madre de Dios. La presencia misteriosa de
Cristo en el elegido para el ministerio sagrado también es
irreversible. Es una gracia que compromete para siempre. Pidamos a
María que cuide este don en estos hijos que ahora serán consagrados
para ser signos de su Hijo, Siervo de Dios y de los hombres.
Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes