Sábado 28 de noviembre de 2020

Tornielli: "El Crucifijo bañado por las lágrimas del cielo y el Papa, solo"

  • 28 de marzo, 2020
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
Editorial del director del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede, Andrea Tornielli

El director editorial del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede, Andrea Tornielli, describió las sensaciones de la meditación del papa Francisco para pedir el fin de la pandemia del coronavirus, tras la que impartió la bendición Urbi et Orbi extraordinaria con indulgencia plenaria.



“El protagonista de la oración que en la tarde del 27 de marzo -anticipo del Viernes Santo- celebró el papa Francisco en una plaza vacía de San Pedro sumida en un silencio irreal, fue Él. El Crucifijo, con la lluvia torrencial que irrigó su cuerpo, añadiendo a la sangre pintada en la madera el agua que el Evangelio nos dice que brotó de la herida infligida por la lanza”, aseguró.



Tornielli sostuvo que el pontífice “parecía pequeño, y aún más curvado al subir los escalones del atrio, no sin esfuerzo y en soledad”, al hacerse intérprete de los dolores del mundo para ofrecerlos al pie de la Cruz: “Maestro, ¿no te importa que estemos perdidos?”



“La sirena de una ambulancia, una de las muchas que en estas horas cruzan nuestros barrios para ayudar a los nuevos contagiados, acompañó con las campanas el momento de la bendición eucarística Urbi et orbi, cuando el Papa, aun solo, reapareció en la plaza desierta y azotada por la lluvia, trazando la señal de la cruz con la custodia”, detalló.



Texto del editorial

El protagonista de la oración que en la tarde del 27 de marzo -anticipo del Viernes Santo - celebró el Papa Francisco en una plaza vacía de San Pedro sumida en un silencio irreal, fue Él. El Crucifijo, con la lluvia torrencial que irrigó su cuerpo, añadiendo a la sangre pintada en la madera el agua que el Evangelio nos dice que brotó de la herida infligida por la lanza.



Ese Cristo Crucificado que sobrevivió al fuego, que los romanos llevaron en procesión contra la peste; ese Cristo Crucificado que San Juan Pablo II abrazó durante la liturgia penitencial del Jubileo del 2000, fue el protagonista silencioso e inerme en el centro del espacio vacío. Incluso María, Salus populi Romani, encapsulada en la vitrina plástica que se había vuelto opaca debido a la lluvia, pareció que cedía el paso, casi desapareciendo, humildemente, ante Él, levantado en la cruz por la salvación de la humanidad.



El papa Francisco parecía pequeño, y aún más curvado al subir los escalones del atrio, no sin esfuerzo y en soledad, haciéndose intérprete de los dolores del mundo para ofrecerlos al pie de la Cruz: “Maestro, ¿no te importa que estemos perdidos?” La angustiosa crisis que estamos experimentando con la pandemia “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades" y “ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: ¡Despierta, Señor!”



La sirena de una ambulancia, una de las muchas que en estas horas cruzan nuestros barrios para ayudar a los nuevos contagiados, acompañó con las campanas el momento de la bendición eucarística Urbi et orbi, cuando el Papa, aun solo, reapareció en la plaza desierta y azotada por la lluvia, trazando la señal de la cruz con la custodia. Una vez más, el protagonista fue Él, ese Jesús que inmolándose quiso hacerse alimento para nosotros y que también hoy nos repite: "¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?... No tengan miedo".
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