Lunes 13 de julio de 2020

Mons. Buenanueva: "La Pascua de Jonás (y la nuestra)"

  • 8 de mayo, 2020
  • San Francisco (Córdoba)
El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió con la comunidad su tercera Carta Pascual

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió con los fieles su tercera Carta Pascual, titulada “La Pascua de Jonás (y la nuestra)”. En su mensaje, recordó cómo Jesús “echó mano de las peripecias de Jonás para hablarnos de su propia Pascua” y se preguntó: “¿Podrá esta página de la Escritura iluminar también la Pascua tan particular que estamos viviendo?”.

Propuso leer juntos “este delicioso relato bíblico” y, con él, lo que estamos viviendo. “Es Pascua: Dios está pasando por nuestra vida. ¿No lo percibimos? ¿O también nosotros, como Jonás, preferimos escaparnos y no reconocer a Jesús resucitado?”.

De ese modo, a lo largo de 34 puntos, reflexionó con los fieles sobre la importancia de este tiempo que se presenta de un modo tan particular. Comparando este momento histórico con el relato sobre Jonás, monseñor Buenanueva expresó: “No seamos severos con Jonás. Mirémoslo como un espejo que nos refleja. También nosotros nos pasamos la vida huyendo de Dios. Creo que, en esta hora de prueba, nos hace bien pensar en nuestras huidas: ¿Cuáles son? ¿A qué obedecen? ¿Qué miedos nos habitan y nos hacen huir? ¿Nos damos cuenta de cómo huimos de Dios, de su mirada, de su Palabra, de su amor que salva?”.

“Jonás, en el vientre del pez, está aprendiendo a conocer realmente el corazón de Dios, y a hacer suya la experiencia espiritual más honda de un creyente: ‘¡La salvación viene del Señor!’”, expresó el prelado en otro de los puntos, y animó a reflexionar sobre la oración de Jonás y a hacerla propia.

“Más que huir de Dios, el creyente tiene que dejarse llevar hasta los abismos de su pobre humanidad, pues allí lo espera, no el Juez implacable que castiga, sino el que resuelve todo juicio con el perdón y la misericordia. Jonás, orando con una autenticidad hasta ahora desconocida para él, comienza a intuirlo. Es suficiente. Ya está en condiciones de retomar el camino: “Entonces el Señor dio una orden al pez, y este arrojó a Jonás sobre la tierra firme”.

“No temamos bajar también nosotros. Tal vez, como Jonás, podamos aprender a orar con menos formalidad, pero con más humanidad y autenticidad. Es lo que Dios espera de cada uno. Tiene sed de corazones así. ¿Y si esta cuarentena pascual nos ofreciera esa posibilidad? ¿No está siendo un momento de sinceridad ante tantas máscaras, vanidades e hipocresías?”, planteó.

“El relato de Jonás busca un cambio de actitudes. Busca conversión”, consideró el prelado. “Esta enorme ciudad, ante la sola palabra del profeta, vive una conversión que conmueve a todos, empezando por el mismo Dios. A todos, salvo a uno: a Jonás”, señaló. Y volviendo al texto, advirtió cómo “nuevamente resuena la Palabra de Dios, y lo hace con fuerza”.

“Esta vez, Jonás responde inmediatamente… aunque -como veremos- no termina de estar convertido del todo. Lo que mueve a Jonás a ponerse en camino a predicar en Nínive, no es lo mismo que mueve a Dios. Jonás guarda la secreta expectativa de ver destruida la ciudad. Dios, en cambio, quiere su conversión real”, aclaró.

Para entender mejor el mensaje, el obispo destacó: “Jonás predica con fuerza la conversión de la ciudad. Sin embargo, dice algo que Dios no le ha pedido: ‘Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida’ ¿Qué problema hay? Palabras más, palabras menos, es más o menos lo mismo. Jonás cree saber lo que Dios pretende. ¿No será, en cambio, lo que él quiere? ¿No proyecta en Dios sus propios sentimientos de frustración, miedo y violencia? Atentos, porque esto no le pasa solo a Jonás”, alertó.

Finalmente, el prelado se refirió a “La verdadera pascua de Jonás”: “Todos en la ciudad se han convertido y Dios ha perdonado con gran misericordia. ¿Y Jonás? Está que trina”, reconoció monseñor Buenanueva, continuando con el relato de lo ocurrido en Nínive.

“Si el rápido arrepentimiento de los ninivitas lo ha sorprendido, lo que lo deja sin aliento es que Dios mismo se ha dejado llevar por su misericordia. ¡No puede ser! ¿En qué quedamos? ¿Dónde está la justicia de Dios? ¿Tenemos acaso un Dios blandengue y pastelero?”.

“Aquí hay que detenerse. El libro de Jonás no tiene como finalidad narrar la conversión de Nínive. ¿Qué quiere enseñar? El autor ha puesto el ojo en algunas actitudes que ve crecer en su pueblo: ceguera, cerrazón y dureza de corazón (tal vez, frutos de tantos sufrimientos o de miedos). La consecuencia es una imagen completamente deformada de Dios: un justiciero que se deja llevar por sentimientos de amor, odio y venganza. En realidad, proyectan en ese ídolo sus propias frustraciones y sentimientos”, explicó.



“En el capítulo final contemplamos la verdadera conversión de Jonás, su Pascua. Tendrá que desandar el camino de su disgusto inicial al silencio ante la Palabra de Dios. Pero es pascua de verdad, pues revivirán en él los sentimientos de huida que vimos antes. En las palabras que le dirige a Dios deja ver a un ‘nene caprichoso’ que quiere manipular a Dios, haciéndolo sentir culpable. Con gran paciencia, el Señor lo dejará con una pregunta inquietante: ‘¿Te parece que tienes razón para enojarte?’”.

“Desilusionado por el fracaso de su misión (no ha visto arder a Nínive), pero más por el comportamiento de Dios, se siente morir cuando el ricino se seca”, recordó el obispo, compartiendo el diálogo final, “de una gran hondura espiritual”, en el que “Dios le dijo a Jonás: «¿Te parece que tienes razón de enojarte por ese ricino?». Y él respondió: «Sí, tengo razón para estar enojado hasta la muerte». El Señor le replicó: «Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?».”

“Ahora comprendemos el porqué de la huida de Jonás. Huye de Dios porque no cuadra con sus expectativas. Huye porque le repugna que sea como se mostró a Moisés y como lo celebran los salmos: ‘Bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas’.

“Esto último lo saca de quicio: que Dios perdone a sus enemigos. Jonás quiere que Dios sea benigno con él y su pueblo, pero que, con los demás, tenga el rostro justiciero del que no deja pasar una y, sobre todo, castiga a los culpables. Es verdaderamente escandaloso que Dios, a los culpables, los juzgue… y termine perdonándolos”.

“Jonás exhibe un egoísmo exasperante: no solo pretende presenciar la destrucción de la ciudad, rechaza también el perdón de Dios a los Ninivitas, pero, sobre todo, no quiere dejarse ganar por los mismos sentimientos de Dios. Quiere permanecer frío y justiciero”.

“Así como el libro se abrió con la Palabra de Dios que llegó de improviso a la vida del profeta, ahora se cierra con una pregunta abierta, dirigida a Jonás. En realidad, nos tiene a nosotros como destinatarios: ¿hemos hecho realmente la experiencia de la misericordia y el perdón de Dios? ¿Lo comprendemos de verdad? ¿Hasta qué punto el Padre de Jesús es el Dios al que adoramos y en cuyas manos ponemos nuestra vida y esperanzas? ¿Hasta qué punto hemos hecho nuestro el mensaje del perdón que Jesús ha traído al mundo desde el corazón de Dios?”, preguntó.

Dejando atrás el relato de Jonás, monseñor Buenanueva propuso ir al Nuevo Testamento, al relato de Emaús: “Aquí también hay camino, pero no de huida, sino de retorno: dos hombres, desilusionados y decepcionados, retoman su vida de siempre. Se habían entusiasmado con Jesús… pero no ha podido ser. No hay caso: no hay lugar para grandes sueños en la vida de los pobres. Ese retorno tiene el sabor de una derrota y de una resignación”.

“Jesús resucitado, ante todo, se pone a acompañarlos como un Peregrino. Pacientemente les va explicando las Escrituras, pero no como quien da lecciones académicas. Con la Biblia en la mano, va desentrañando el sueño de Dios para la humanidad que pasa por la cruz y el sufrimiento de su Mesías. Esa explicación -lo reconocerán después- ha logrado encender de nuevo el corazón. Finalmente, el Peregrino se da a conocer, ofreciéndose a sí mismo en la fracción del Pan. No basta la Palabra. Hay que experimentar que Cristo es Pan que se parte para ser comido: es amor hasta el fin, servicio y entrega de la vida”, aseguró.

“Y desaparece al partir el pan. Esta Ausencia, sin embargo, deja a los discípulos con el corazón colmado. Ha vuelto la esperanza al corazón y se ha transformado en misión”

Si nuestra vida siempre es búsqueda del Señor y un intento de reconocerlo en medio de nuestra existencia, esa búsqueda y ese intento se vuelven más intensos en las horas difíciles. Como la que estamos viviendo como humanidad, como pueblo y también como Iglesia”.

“En Jonás y sus peripecias, sus huidas, miedos y resistencias, me he reconocido a mí mismo. No he podido dejar de contemplarlo acurrucado en el fondo de la nave a merced de las olas, como escapando inútilmente de la tormenta… y del mismo Dios. Me he visto en su dificultad para orar, en la fría ortodoxia con que cree saber responder a las preguntas que le hacen, en sus reproches y en su cansancio”, reconoció. “Pero, por encima de todo, no puedo dejar de experimentar que, como a Jonás, Dios me sigue buscando, especialmente cuando intento escapar de Él y de la misión que me confía”, añadió.

“Yo también, como aquellos discípulos a los que Jesús arrancó de la desesperanza, hizo arder sus corazones y les descubrió su Presencia en la fracción del Pan, he sentido la necesidad de contar lo que me está pasando en el camino, para animar la esperanza de todos. El mundo que emergerá de esta ‘Pascua-Cuarentena’ llevará las marcas de muchas heridas. La comunidad de los discípulos del ‘Buen Samaritano’ tendrá que dejarse guiar por su Espíritu Vivificador. ‘Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar’, como acaba de señalarnos el Papa Francisco. ¿Qué parte me toca a mí, a nosotros, a nuestra Iglesia diocesana, en esta empresa de imaginación y realismo evangélicos?”, se preguntó.

“Los invito entonces a rezar con los discípulos de Emaús, con Jonás y todos los creyentes que sienten la esperanza de Jesús en sus corazones: ‘Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque el día ya se acaba; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén’.”, concluyó.+

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